El Papa muestra sus cartas (y son las del Evangelio)

Cuando la palabra despierta conciencias: El discurso del Papa León XIV al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede ha sido un momento de gran hondura espiritual y moral

Audiencia del Papa al Cuerpo Diplomático
Audiencia del Papa al Cuerpo Diplomático | @Vatican Media

El discurso del Papa León XIV al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede ha sido un momento de gran hondura espiritual y moral. No ha buscado aplausos ni complacencias, sino despertar conciencias, y eso lo convierte en un acto de valentía evangélica en un tiempo marcado por la confusión y la indiferencia.

No se trató de un encuentro protocolario, sino claramente profético. Al inicio del año y de su pontificado, el Papa levantó la voz como Iglesia para recordar lo esencial, mostrando una audacia que interpela tanto a los responsables políticos como a la sociedad en su conjunto.

Cuando afirmó que “la guerra vuelve a estar de moda”, no utilizó una imagen retórica, sino que nombró una realidad cruel que atraviesa pueblos y conciencias. Denunció el desplazamiento del diálogo por la fuerza, del multilateralismo por la imposición, y el uso de la palabra como arma en lugar de puente. Su advertencia sobre el retroceso histórico —la ruptura del consenso nacido tras la Segunda Guerra Mundial que prohibía violar fronteras y dignidades por la vía militar— no es un análisis técnico, sino una alarma ética.

Desde la fe y el compromiso con la vida, este discurso se escucha con esperanza: no son palabras frías, sino un grito ético y profético. El Papa recordó que la diplomacia auténtica no se construye desde la amenaza, la mediocridad o los intereses económicos, sino desde la escucha, una escucha orientada al bien común y no al interés propio. Quizá, precisamente, eso sea lo que más falta hoy en nuestra sociedad.

Por ello, su llamada a reforzar el multilateralismo es decisiva: sin cooperación entre los pueblos, la paz se convierte en un espejismo. En este marco, colocó en el centro lo irrenunciable: la dignidad humana, siempre inviolable, en un contexto global donde crece el desprecio por la vida.

La defensa de la Organización de las Naciones Unidas como espacio de cooperación para la paz y los derechos humanos no es ingenua, sino necesaria. Al mismo tiempo, invita a recordar su razón de ser y a reclamar una renovación que le devuelva autoridad moral y eficacia real. El mundo necesita instituciones fuertes, pero sobre todo creíbles.

El Papa abordó la manipulación del lenguaje, la persecución de los cristianos, el drama de migrantes y presos, la defensa de la vida en todas sus etapas, el sufrimiento de pueblos heridos por la guerra —como Ucrania y Tierra Santa— y el respeto a la voluntad del pueblo venezolano. También alertó sobre la escalada nuclear y el uso de la inteligencia artificial sin marcos éticos, recordando que el progreso sin conciencia es un riesgo.

El discurso concluyó abriendo una esperanza exigente: la humildad de la verdad y la valentía del perdón. Al evocar a San Francisco de Asís, recordó que la paz se construye desde corazones humildes, artesanos del bien común.

Este encuentro, no fue una formalidad más: fue una interpelación al mundo y a cada persona. Porque la paz no es un eslogan, sino una tarea cotidiana. Y empieza ahora.

El Papa León muestra sus cartas claramente: Las del Evangelio que construye, anuncia y denuncia, y que habla desde las grietas de la humanidad dando voz a la dignidad de las personas.

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