Sinodalidad radical: la Iglesia no necesita maquillaje, necesita Evangelio
Ayer participé en el Fórum Cristianisme de la Comunidad Valenciana, en Castellón, donde compartimos un diálogo con Jesús Bastante sobre la sinodalidad radical y los grandes desafíos de una Iglesia que necesita recuperar la frescura, la audacia y la fuerza revolucionaria del Evangelio.
Fue una oportunidad para hablar con libertad, sin miedo a las preguntas incómodas y con la pasión de quienes creemos en la Iglesia querida y soñada por Jesús..
No necesitamos una Iglesia más moderna para quedar bien con el mundo, con la sociedad . Necesitamos una Iglesia más valiente para parecerse a Jesús.
Porque la palabra radical no debería asustarnos. Radical significa volver a las raíces. Y nuestra raíz no es el poder, ni las normas, ni las estructuras, ni las tradiciones convertidas en fortalezas inexpugnables. Nuestra raíz es Jesucristo. Un Jesús que rompió esquemas, desafió convencionalismos, tocó a los intocables, dignificó a las mujeres, se sentó con los excluidos y puso a los pobres en el centro.
Jesús no vino a fundar una aduana de almas, sino a abrir caminos de vida. No vino a proteger privilegios, sino a revolucionar el mundo desde el amor.
Y me pregunto: ¿en qué momento conseguimos complicar tanto algo que Jesús hizo tan sencillo?
Hemos llenado la Iglesia de documentos, reuniones, estructuras y discursos. Pero cuando alguien tiene hambre, no necesita una comisión que estudie su pobreza. Necesita pan. Cuando alguien está solo, no necesita una declaración sobre la fraternidad. Necesita un abrazo. Y cuando alguien está herido, no necesita que le preguntemos si cumple todos los requisitos para ser acogido. Necesita que le tendamos la mano.
El Evangelio no se escribió para ser archivado. Se escribió para ser vivido.
El papa Francisco tuvo la valentía de sacudir nuestras seguridades y recordarnos que la Iglesia no puede vivir encerrada en las sacristías mientras el mundo sangra. Nos habló de una Iglesia en salida, de un hospital de campaña y de la revolución de la ternura.
Yo he tenido el privilegio de descubrir el significado de esas palabras en Ucrania. Frente a un joven que ha perdido las piernas, una madre que llora a su hijo o una familia que ha visto desaparecer su hogar bajo las bombas, todas nuestras discusiones internas se vuelven pequeñas.
Allí nadie pregunta primero en qué cree el herido. Primero intentamos salvarle la vida.
Hemos llenado la Iglesia de documentos, reuniones, estructuras y discursos. Pero cuando alguien tiene hambre, no necesita una comisión que estudie su pobreza. Necesita pan. Cuando alguien está solo, no necesita una declaración sobre la fraternidad. Necesita un abrazo. Y cuando alguien está herido, no necesita que le preguntemos si cumple todos los requisitos para ser acogido. Necesita que le tendamos la mano
La compasión no pide documentos de identidad. El amor no pregunta de qué lado estás antes de tenderte la mano.
Ahora, con León XIV, tenemos el desafío de consolidar los caminos abiertos, profundizar en la corresponsabilidad y convertir la sinodalidad en una realidad. Porque no basta con escuchar si después siguen decidiendo siempre los mismos.
Una Iglesia que escucha a todos, pero donde deciden siempre unos pocos, no es sinodal: es una Iglesia que ha aprendido a organizar reuniones, pero todavía no ha aprendido a compartir responsabilidades.
Y aquí quiero detenerme especialmente en las mujeres.
Las mujeres no somos invitadas en la Iglesia. ¡Somos Iglesia! Durante siglos hemos sostenido comunidades, educado, acompañado, evangelizado, cuidado a los enfermos y transmitido la fe. Hemos estado siempre disponibles para trabajar, pero demasiadas veces ausentes cuando llega el momento de decidir.
No pedimos privilegios ni queremos reproducir un clericalismo con rostro femenino. Queremos una Iglesia donde la dignidad bautismal tenga consecuencias reales.
No queremos cambiar de manos el poder. Queremos cambiar la manera de entenderlo. Porque en el Evangelio la autoridad no consiste en mandar más, sino en servir mejor.
Y necesitamos, sobre todo, una Iglesia donde nadie se sienta extranjero en su propia casa.
Pienso en tantas personas que se han alejado, no porque hayan dejado de buscar a Dios, sino porque encontraron puertas cerradas, miradas de sospecha y juicios antes que abrazos. Personas homosexuales, divorciadas, familias con historias complejas, jóvenes que buscan respuestas y personas que simplemente no encajan en nuestros moldes.
Nuna Iglesia donde nadie se sienta extranjero en su propia casa. Pienso en tantas personas que se han alejado, no porque hayan dejado de buscar a Dios, sino porque encontraron puertas cerradas, miradas de sospecha y juicios antes que abrazos. Personas homosexuales, divorciadas, familias con historias complejas, jóvenes que buscan respuestas y personas que simplemente no encajan en nuestros moldes
No podemos predicar un Dios que ama sin condiciones y convertir su Iglesia en una institución que pone condiciones para sentirse amado.
La Iglesia no puede ser un club de perfectos. Tiene que ser el hogar de una humanidad herida que necesita esperanza.
Y hay algo que me desconcierta profundamente. En estos años de ayuda a Ucrania he visto trabajar juntos a creyentes y no creyentes, empresarios y trabajadores, personas de derechas y de izquierdas, policías, médicos y voluntarios. Personas que piensan de manera muy diferente, pero que se unen para salvar vidas.
Si somos capaces de caminar juntos para llevar una ambulancia a Ucrania, ¿por qué nos cuesta tanto caminar juntos dentro de la Iglesia?
Quizá porque hemos dedicado demasiadas energías a defender nuestras parcelas y demasiado pocas a dejarnos transformar por el sufrimiento de los demás.
La sociedad no necesita que la Iglesia le demuestre constantemente que tiene razón. Necesita descubrir que sabe amar. Los jóvenes no esperan sermones interminables ni reproches porque no vienen a misa. Esperan autenticidad, escucha, libertad, coherencia y testigos que vivan aquello que anuncian.
Y por eso creo que la verdadera revolución sinodal no empieza en Roma, ni termina en un documento. Empieza en nuestras comunidades, en nuestros barrios, en nuestras casas. Cuando dejamos de competir por protagonismos y empezamos a compartir responsabilidades. Cuando una mujer puede decidir. Cuando un joven encuentra su lugar. Cuando una persona excluida vuelve a sentirse querida. Cuando los pobres dejan de ser destinatarios de nuestra caridad para convertirse en protagonistas de nuestra vida.
Hay una imagen del Evangelio que lo cambia todo: Jesús arrodillado, lavando los pies a sus discípulos.
¡Dios de rodillas ante la humanidad! Esa es la revolución cristiana.
Jesús no nos dejó un trono. Nos dejó una toalla. No nos pidió construir imperios religiosos, sino comunidades de hermanos. No nos invitó a conservar privilegios, sino a entregar la vida.
Sueño con una Iglesia con los pies manchados de barro, las manos abiertas y el corazón encendido. Una Iglesia que se equivoque, si hace falta, por intentar amar demasiado, pero que nunca se equivoque por indiferencia.
Porque el gran fracaso de la Iglesia no será perder poder, influencia o prestigio. El gran fracaso será perder la capacidad de conmoverse ante el sufrimiento humano.
Y termino con una provocación que ayer compartí en Castellón y que creo que debería sacudir nuestras conciencias:
¿Y si dejáramos de obsesionarnos con conseguir que la gente vuelva a la Iglesia y empezáramos a preocuparnos de que la Iglesia vuelva de verdad al Evangelio?
Esa es la sinodalidad radical en la que creo. No una operación de maquillaje institucional. No una estrategia para recuperar influencia. Sino una auténtica conversión.
Porque la Iglesia del futuro no será la que más poder acumule, sino la que más se parezca a Jesús. Y esa revolución no puede esperar.
