Ucrania: la guerra que quiere cansarnos
"Coincidir en Kyiv con el Presidente de la Generalitat y su delegación y con el Alcalde de Barcelona, me reafirmó en algo que llevo tiempo sintiendo: hay que ir, hay que ver y hay que escuchar. Porque desde lejos la guerra corre el riesgo de convertirse en cifras: tantos drones, tantos misiles, tantos muertos, tantos heridos"
He vuelto a Kyiv. Y he regresado con una sensación difícil de explicar: la guerra no ha terminado; se ha hecho cotidiana. Ya no se trata solamente de lo que ocurre en el frente. Hay otra guerra, quizá menos visible desde fuera, que intenta desgastar a la población, alterar cada gesto de la vida cotidiana y conseguir que vivir en Ucrania sea cada día un poco más difícil.
Llegando a Kyiv, mirábamos por las ventanillas. En algunos tramos, las explosiones habían arrancado las grandes pantallas instaladas junto a la carretera para proteger del ruido y, al otro lado, aparecían viviendas dañadas o destruidas. No hacía falta que nadie nos explicara demasiado. La carretera hablaba. Las cicatrices de la guerra estaban allí. Moverse tampoco es sencillo. Hay momentos y lugares en los que desplazarse por carretera entraña riesgos. Por eso cada trayecto se prepara, se coordina y se procura hacer de la forma más segura posible. Cosas tan normales como ir de una ciudad a otra han dejado de ser normales.
Durante una visita a un hospital, junto al Presidente de la Generalitat y su delegación, escuchamos una explosión muy fuerte. No había sido en el lugar donde nos encontrábamos. Seguimos durante unos instantes visitando heridos, pero poco después la visita tuvo que interrumpirse: el hospital tenía que prepararse para recibir heridos. Y aquello me impresionó. En Ucrania una agenda puede terminar en segundos porque acaba de producirse un ataque y hay vidas que salvar. Lo que para nosotros era una visita institucional y humanitaria para estrechar lazos de cooperación y conocer la realidad, para médicos, enfermeras y personal sanitario volvía a convertirse de repente en emergencia. Esa es la guerra.
Hemos visto almacenes de alimentos destruidos por los bombardeos. Y uno se pregunta: ¿qué sentido tiene atacar aquello que alimenta a la población? También se están viendo afectados recursos sanitarios, infraestructuras, energía y lugares esenciales para la vida cotidiana. Porque una guerra no se libra solamente destruyendo posiciones militares. También se hace la guerra cuando se intenta hacer insoportable la vida de la población. Cuando dificultas que haya alimentos, electricidad, medicamentos o una casa donde dormir, estás atacando algo mucho más profundo: la posibilidad de seguir viviendo con normalidad. Y ahí está una de las cosas que más me preocupan de lo que he visto. Tengo la impresión de que Putin juega al desgaste: día y noche, dron tras dron, alarma tras alarma, ataque tras ataque.
En Kyiv las sirenas forman parte de la vida. Estás hablando, cenando, trabajando o intentando dormir y vuelve a sonar una alarma. Y después otra. Miras el teléfono, preguntas, esperas: ¿drones?, ¿misiles?, ¿hacia dónde van? Para nosotros puede ser una experiencia de unos días; para ellos es su vida. La noche, demasiadas veces, ya no significa descanso. Significa incertidumbre. Y el terror no consiste únicamente en que una bomba caiga sobre tu casa o en el hotel en el que te alojas. También consiste en vivir preguntándote cuándo llegará la próxima. ¿Cómo se duerme así durante meses? ¿Cómo estudia un niño? ¿Cómo trabaja una madre? ¿Cómo vive un anciano? Y, sobre todo, ¿cómo se soporta durante años?
Me impresionó especialmente escuchar los relatos que llegan desde Kharkiv. Allí prácticamente cada día hay que reparar, reconstruir, atender nuevas viviendas dañadas y acompañar a familias que lo han perdido todo. Y, al mismo tiempo, siguen llegando personas desplazadas de otros lugares, personas que huyen buscando un sitio un poco más seguro. Me quedé pensando en algo aparentemente sencillo: reconstruir por la mañana lo que quizá vuelvan a destruir por la noche. Y al día siguiente, volver a empezar. Eso también es resistencia. No solamente la del soldado que está en el frente, sino la de quien abre su tienda por la mañana, la del médico que vuelve al hospital, la del profesor que sigue dando clase, la de quien recoge cristales, tapa una ventana, prepara comida o acoge a una familia que ha tenido que abandonar su casa.
Después de este viaje me queda una pregunta incómoda: ¿se pretende también cansar a la población hasta conseguir que termine marchándose? Porque hacer cada vez más difícil vivir en una ciudad también puede ser una forma de intentar derrotarla. Atacar reiteradamente la energía, los alimentos, las infraestructuras o los servicios básicos; impedir el descanso; mantener a millones de personas bajo la amenaza constante de drones y misiles... Todo esto desgasta. Y Ucrania lleva más de cuatro años resistiendo una invasión a gran escala. Resiste, sí. Pero resistir también cansa.
Coincidir en Kyiv con el Presidente de la Generalitat y su delegación y con el Alcalde de Barcelona, me reafirmó en algo que llevo tiempo sintiendo: hay que ir, hay que ver y hay que escuchar. Porque desde lejos la guerra corre el riesgo de convertirse en cifras: tantos drones, tantos misiles, tantos muertos, tantos heridos. Cuando estás allí, las cifras recuperan rostro. El hospital tiene médicos. La casa destruida tenía una familia. El almacén bombardeado contenía alimentos que alguien esperaba. Y detrás de cada alarma hay personas que tienen miedo. Por eso Ucrania no necesita nuestra lástima. Necesita que no la olvidemos.
Este es quizá mi mayor temor después de regresar. Putin juega al desgaste. Quiere cansar a Ucrania. Pero existe otro peligro: que nosotros nos cansemos de Ucrania antes de que Rusia se canse de atacarla. Que las imágenes dejen de impresionarnos, que las sirenas se conviertan para nosotros en ruido de fondo, que pensemos: «otra vez Ucrania». No. Mientras nosotros discutimos si estamos cansados de esta guerra, hay millones de personas que no pueden apagarla cambiando de canal. Siguen allí: durmiendo cuando pueden, trabajando, reconstruyendo, enterrando a sus muertos, cuidando a sus heridos, criando a sus hijos e intentando vivir.
La solidaridad no puede tener fecha de caducidad. No se trata solamente de ayudar a Ucrania a resistir. Se trata de defender el derecho de un pueblo a vivir, a permanecer en su tierra y a construir su futuro en paz. He vuelto de Kyiv cansada, preocupada y también profundamente interpelada. Y vuelvo con una convicción todavía más fuerte: si ellos no se cansan de reconstruir lo que otros destruyen, nosotros no podemos cansarnos de estar a su lado.
Porque frente a quienes no se cansan de hacer el mal, nosotros no podemos cansarnos de hacer el bien.
Termino con el llamamiento del papa León XIV en el Ángelus de hoy, 6 de septiembre 2026:
«Con gran pesar he seguido las noticias sobre los violentos ataques que recientemente han afectado a varias ciudades e infraestructuras civiles en Ucrania, provocando la muerte de personas inocentes.
Mi corazón se une al sufrimiento del pueblo que lleva años viviendo en la angustia y el miedo.
Hago un nuevo llamamiento para que se ponga fin a la violencia, se detenga la destrucción y se abran los corazones al diálogo y a la paz. Espero que los esfuerzos realizados estos días para reanudar las negociaciones den frutos concretos y abran un espacio para la diplomacia.
Elevemos nuestra oración al Señor, para que prevalezca la concordia en todos los conflictos del mundo.»
