Seis años dando de comer al hambriento
El Comedor San Antonio de Padua celebra su sexto aniversario en medio del dolor provocado por el terremoto de Colombia
Seis años dando de comer al hambriento
Comedor San/ El Comedor San Antonio de Padua, en Colombia, cumple seis años. Seis años de servicio, entrega y misericordia; seis años intentando hacer realidad una de las obras de amor al prójimo más sencillas y, al mismo tiempo, más exigentes del Evangelio: dar de comer al hambriento.
Este aniversario, sin embargo, llega en unas circunstancias especialmente dolorosas. El terrible terremoto que ha sacudido Colombia ha golpeado también la zona en la que desarrolla su labor el comedor. El edificio ha sufrido daños, aunque su estructura ha resistido el fuerte movimiento sísmico. Haber levantado en su día una construcción sólida, con ladrillo y cemento, ha resultado providencial.
La situación de algunas de las familias a las que atiende el comedor es mucho más grave. Varias han visto destruidas sus viviendas y necesitan ayuda urgente.
Por eso, este sexto aniversario no puede ser solamente una celebración de lo realizado. Es, sobre todo, una llamada a continuar la obra de amor y misericordia precisamente ahora, cuando más necesaria resulta.
El origen del comedor está profundamente ligado a Prado Nuevo. Hace seis años, un grupo de peregrinos decidió poner en marcha una de las obras de amor y misericordia pedidas por la Virgen: dar de comer al hambriento.
Alejandro, alma mater de este proyecto, recuerda así aquellos comienzos:
«Sentimos la obligación de cumplir con aquello que la Virgen de los Dolores pedía. Se trataba de pasar de las palabras, los sentimientos y las buenas voluntades a las realidades. Pusimos en marcha, de la mano de la Virgen, una iniciativa que trataba de dar de comer a esos niños hambrientos».
Desde el principio hubo una máxima que marcó el camino: «Dad a los pobres lo mejor».
Y así se hizo. No se trataba simplemente de entregar cualquier alimento, sino de procurar a los niños al menos una comida completa al día: carne, hidratos de carbono y su correspondiente jugo de frutas, tan presente en la alimentación colombiana.
Al principio, la comida se preparaba al mediodía y se llevaba directamente a las casas de los niños de un barrio especialmente castigado por la pobreza y por graves problemas sociales.
Pronto surgió una dificultad inesperada. En algunos casos, los alimentos destinados a los pequeños no llegaban finalmente a ellos. Aquello obligó a replantear por completo la iniciativa.
Los promotores del proyecto tomaron entonces una decisión difícil: desprenderse de bienes propios y destinar ese dinero a construir un pequeño comedor donde los niños pudieran acudir personalmente y recibir allí su comida. Era la manera de garantizar que aquello que se preparaba para ellos llegara realmente a sus manos.
Con el tiempo llegó una segunda etapa. El comedor fue ampliado con una planta superior destinada a actividades lúdicas, educativas y espirituales.
Lo que comenzó atendiendo a los niños de apenas un puñado de familias fue creciendo poco a poco. Actualmente, alrededor de 200 niños del barrio se benefician diariamente de esta obra.
El camino nunca ha sido fácil. A las dificultades económicas y materiales se sumaron en determinados momentos la incomprensión y las dudas de personas cercanas. Sin embargo, siempre aparecieron también sacerdotes y personas dispuestas a acompañar espiritualmente una labor cuyo objetivo ha permanecido invariable: atender y querer a estos niños.
También hubo inicialmente reticencias entre algunas familias. Pero el trabajo de los voluntarios, su cercanía y el cuidado puesto en la alimentación de los pequeños fueron derribando barreras.
La mejor explicación terminó siendo la propia obra. Quien alimentaba con cariño a sus hijos, procurando ofrecerles una comida digna y de calidad, difícilmente podía querer hacerles daño. Y así fueron naciendo la confianza y una relación que se ha mantenido durante estos seis años.
Ahora, aquella obra nacida para responder a una necesidad vuelve a encontrarse ante una situación extraordinaria.
El terremoto que ha golpeado Colombia ha causado graves daños en la zona. Viviendas y edificios han quedado afectados y numerosas familias se enfrentan de repente a la pérdida de aquello que habían construido durante años.
El Comedor San Antonio de Padua también ha sufrido daños. Afortunadamente, la estructura del edificio ha resistido. La decisión de construirlo con materiales sólidos, utilizando ladrillo y cemento, ha permitido que el lugar que diariamente recibe a tantos niños permanezca en pie después del terrible movimiento de la tierra.
Pero alrededor del comedor la realidad es dolorosa. Algunas de las familias beneficiarias han perdido sus viviendas. Personas que ya vivían en condiciones muy humildes se encuentran ahora ante una necesidad todavía mayor. A la preocupación cotidiana por alimentar a sus hijos se suma la incertidumbre de haber perdido su hogar.
Por eso necesitamos responder de nuevo. Como hace seis años. Pasando de las palabras a las obras.
Celebrar el sexto aniversario del Comedor San Antonio de Padua adquiere así un significado completamente diferente.
Hoy no se trata únicamente de recordar todo lo conseguido. Se trata de conseguir que el comedor continúe atendiendo a sus niños, afrontar los daños ocasionados por el terremoto y, en la medida de nuestras posibilidades, ayudar urgentemente a las familias que han visto destruidas sus casas.
Cada aportación, por pequeña que parezca, puede convertirse allí en alimentos, materiales, reparación y esperanza.
Quienes deseen colaborar con esta emergencia pueden realizar su aportación a través de la siguiente página de colaboración https://www.virgendelosdolores.es/colabora/ o mediante transferencia bancaria:
IBAN: ES18 2100 4074 2613 0046 5466
Concepto: “AYUDA TERREMOTO COLOMBIA”
Hace seis años, un pequeño grupo decidió que no bastaba con conmoverse ante unos niños que tenían hambre. Había que hacer algo.
De aquella decisión nació un comedor que hoy alimenta diariamente a alrededor de 200 niños.
Ahora la tierra ha temblado. El comedor sigue en pie, pero algunas de las familias a las que sirve lo han perdido prácticamente todo.
Es el momento de volver a transformar la compasión en obras.
Porque dar de comer al hambriento, ayudar al que ha perdido su casa y acompañar al que sufre siguen siendo, hoy como hace seis años, auténticas obras de amor y misericordia.
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