El Padre Ángel pide a la Santina, en comunión con el Papa, que “terminen las guerras”
Su referencia al Papa León enlaza además la piedad popular con una preocupación universal por la paz, en un momento en que la Iglesia intenta alzar la voz frente a la violencia y el rearme
El Padre Ángel volvió a Covadonga con la misma mezcla de ternura y desparpajo de siempre, y ante la Santina dejó una de esas súplicas que son pequeñas solo en apariencia, porque en realidad contienen el dolor del mundo entero. En un tiempo en el que la guerra ha vuelto a ocupar demasiados titulares, el fundador de Mensajeros de la Paz pidió simplemente que cese la violencia y que los poderosos dejen de jugar con la vida de la gente.
“Que termine la guerra, y unidos a la voz del Papa León, que los poderosos dejen de usar las armas”, dijo el sacerdote asturiano ante la Virgen de Covadonga, en una oración que resume muy bien su forma de mirar la realidad con compasión, sin estridencias y con una confianza obstinada en que la paz sigue siendo posible.
Una voz que no se cansa de pedir paz
El Padre Ángel sabe bien que la guerra no es una abstracción, sino una máquina de destruir rostros, hogares y futuros. Por eso su visita a la Santina tuvo algo de gesto íntimo y algo de llamada pública: rezar ante María para recordar que no hay causa justa cuando el precio lo pagan los inocentes.
Su referencia al Papa León enlaza además la piedad popular con una preocupación universal por la paz, en un momento en que la Iglesia intenta alzar la voz frente a la violencia y el rearme.
La fuerza de sus palabras está precisamente en su sencillez. “Que termine la guerra” no es una frase retórica, sino el clamor elemental de quien ha visto demasiada fragilidad como para acostumbrarse al horror.
Y cuando añade que los poderosos “dejen de usar las armas”, convierte la oración en denuncia moral, en una apelación directa a la responsabilidad de quienes deciden desde lejos el destino de otros.
Covadonga como lugar de consuelo
Covadonga, con su carga de memoria y de símbolo, se convirtió por unas horas en un pequeño altar de paz. El gesto del Padre Ángel ante la Santina une lo más cercano y lo más universal: la devoción asturiana y la angustia global, la oración personal y la petición por el mundo.
No es casual que el Padre Ángel vuelva una y otra vez a ese lugar, porque allí la fe se hace afecto, memoria y compromiso.