Un milagro




Don Alejandro Mendoza cogió su revólver y se apuntó a la sien, decidido a disparar en segundos. Estaba sentado en su sofá, ante la lujosa televisión de plasma.



Era un empresario de éxito. Lo tenía todo... y no tenía nada. Hastiado por la ingratitud de la sociedad, de sus trabajadores, incluso de su familia, no sentía el menor pesar, sólo alivio de dejar este atroz mundo cuanto antes, para evitar más sufrimientos.

Hacía mucho que no asistía a la iglesia y no entendía la dureza de Dios, que parece consentir tantas injusticias en silencio en esta vida, cual sutil y retorcido suplicio.

El momento de irse estaba muy preparado. Sólo olvidó un detalle: apagar la televisión. Emitieron imágenes, ¿por casualidad?, de una insignificante monjita, sor Consuelo, que asistía en sus casas a los vecinos más necesitados en Albera, un pueblo del sur. Ayudaba a los que más sufren a tener una vida mejor.

Entonces don Alejandro, con lágrimas en los ojos, arrojó lejos el revólver, se puso de rodillas, y tornó a orar humilde y agradecido por la grandeza de Dios.
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