"El bautismo deja de ser solo un rito de purificación y se convierte en un acto de solidaridad radical"

Bautismo de Jesús
Bautismo de Jesús | Cerezo

Jesús llega caminando a lo largo del curso del Jordán. Mateo (3,13-17) lo describe así, sin énfasis: un hombre que avanza junto a los demás, siguiendo el curso del río. No hay solemnidad en su entrada, no hay anuncio. Lo vemos llegar como se llega a los lugares comunes de la vida, paso a paso. Se pone en fila y espera. Es un detalle decisivo: aquel a quien el relato presenta como figura central, no ocupa el centro, no atrae la mirada, no toma la palabra. Se queda en el espacio común. En lugar de distinguirse, se confunde.

El Jordán es un río cargado de memoria. Sus aguas no son claras ni inmóviles. Son turbias, agitadas, atravesadas por cuerpos que tal vez buscan un nuevo comienzo en la vida, que entran y salen cargados de culpa, esperanza, cansancio. Juan está allí, sumergido hasta la cintura. No domina el río: está dentro de él. Cuando Jesús se acerca, el Bautista reacciona con un gesto instintivo, casi físico: intenta detenerlo. «Soy yo quien necesita ser bautizado por ti», dice. Es el reflejo de todo intento humano de salvar una distancia, de proteger un orden, tal vez. Juan, al ver a Jesús, reconoce instintivamente una diferencia y quiere protegerla.

Bautismo de Jesús
Bautismo de Jesús

Pero Jesús no lo acepta. Quiere entrar en el agua. Es una insistencia silenciosa, obstinada. Pide hacer el mismo gesto que los demás. Aquí el bautismo deja de ser solo un rito de purificación y se convierte en un acto de solidaridad radical. Jesús no se presenta como alguien que observa desde fuera, sino como alguien que asume el movimiento común. Se sumerge en el agua como quien se sumerge en una historia ya marcada.

Juan cede. Lo sumerge. Durante la inmersión no ocurre nada. Ninguna señal, ninguna voz, ninguna luz. Solo un cuerpo que entra en el agua y vuelve a salir. Es un tiempo suspendido, que recuerda las imágenes ralentizadas de Bill Viola, donde la inmersión es un cruce, una experiencia muda, casi uterina. El momento decisivo no coincide con el gesto ritual, sino que viene después.

He aquí que Jesús sale del agua. Algo se abre. No como una explosión, sino como una hendidura. Los cielos se abren sobre él, como si la realidad misma se resquebrajara por un instante. No hay triunfo: el Espíritu desciende «como una paloma». Un movimiento ligero, animal, frágil. No irrumpe: planea. Es un signo que contradice toda imaginería de poder, como ciertas figuras pintadas por Chagall, suspendidas en el aire sin peso, sin gravedad.

Luego, la voz. No un discurso articulado, ni un mandato operativo o una misión. Simplemente: «Este es mi Hijo, el amado». Dice una sola cosa: que Jesús es amado. Mateo invierte toda lógica de reconocimiento. La identidad nace de una mirada que dice: tú eres amado. Y lo dice mientras Jesús todavía está mojado, todavía mezclado con el agua de los penitentes. La grandeza no nace de la separación, sino de estar sumergido, empapado. Es una lógica desestabilizadora, que agrieta toda idea de poder como elevación. No hay aplausos, no hay una multitud que comprenda. Es un acontecimiento casi íntimo, que tiene lugar ante un número limitado de personas inconscientes.

Este bautismo no cierra el relato. Al contrario, lo abre. Todo lo que seguirá —palabras, gestos, conflictos— nace de aquí. De este gesto inicial: entrar en el agua de los demás, aceptar no estar separado, dejarse decir amado antes de demostrar nada. Es un comienzo que no establece un privilegio, sino una pertenencia a la vida común, a los gestos ordinarios, a los deseos de todos.

El cielo que se abre no anuncia una huida del mundo. Más bien dice que el agua enturbiada por los cuerpos humanos no es un obstáculo, sino un lugar de revelación.

También te puede interesar

Lo último

stats