"Un Dios que camina al lado, por el mismo camino, en el mismo polvo"

Haced discípulos
Haced discípulos

Son once, no doce. Lo primero que Mateo nos muestra es un hueco en el grupo. Falta Judas, el que traicionó con un beso y se ahorcó en un árbol a las afueras de la ciudad. No ha sido sustituido, no hay un sustituto del traidor, un interino. Falta, y ellos caminan con el puesto vacío al lado, como una familia a la mesa tras un duelo. Y caminan hacia Galilea, hacia el norte, hacia el lugar donde todo había comenzado —el lago, las barcas, las redes— porque es allí donde Jesús dijo que lo esperaran.

Tomás
Tomás

La montaña. Mateo no dice cuál, no le da nombre, no la describe. Pero en la Biblia las montañas son siempre el lugar donde las cosas cambian. Moisés sube al Sinaí y regresa con la Ley grabada en piedra. Elías sube al Carmelo y el cielo se incendia. Aquí once hombres suben una ladera sin nombre y en la cima encuentran a alguien a quien vieron morir. Mateo narra la escena con sobriedad: nada de ángeles, nada de luz cegadora, nada de toques de trompeta. Un hombre de pie, y ellos llegando sin aliento. «Y cuando lo vieron, lo adoraron; pero algunos dudaron», dice.

Pero algunos dudaron. La frase es un golpe. Lo ven, están ante él, y dudan. En cualquier otro relato fundacional, los héroes ven y creen. Eneas ve el destino y obedece. Moisés ve la zarza y se quita las sandalias. Aquí no. Aquí algunos se arrodillan y otros permanecen de pie, inmóviles, con algo que no cuadra. Mateo no oculta la fisura. La sitúa en el centro de la escena, como Caravaggio, que ilumina el rostro del incrédulo y deja todo lo demás en la oscuridad. La duda está ahí, a dos pasos de la certeza.

Entonces Jesús habla. Se acerca, y lo primero que dice es: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra». Lo dice alguien que tres días antes estaba clavado en un madero entre dos ladrones, con un letrero burlón sobre la cabeza. No dice «he tomado el poder», no dice «he vencido». Dice: se me ha dado. El poder no ha sido conquistado. Ha sido recibido. Alejandro Magno conquistaba ciudades, César cruzaba ríos con las legiones. Aquí, un hombre con las marcas de los clavos en las manos dice: todo es mío. ¿Dónde está la fuerza? En la herida.

Luego mira a esos once —pescadores, artesanos, gente de provincia que nunca ha visto Roma— y dice: «Id y haced discípulos a todas las naciones». A todas las naciones. Ellos, que hablan arameo y un poco de griego de mercado, ellos, que conocen el lago de Tiberíades y poco más. Es como si el capitán de un barco pesquero mirara a su tripulación de cinco hombres y dijera: ahora cruzaremos los océanos y conquistaremos el mundo. La desproporción es total. En toda gran historia de vocación —Abraham que parte sin saber adónde, Frodo que toma el anillo—, quien es llamado nunca está a la altura.

«Bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». El gesto que pide es el más sencillo del mundo: como cuando un niño sale del líquido y respira por primera vez. Toda civilización conoce el paso por el agua —el Ganges, las abluciones, el baño purificador—. Mateo sitúa en el centro de la misión universal el gesto más antiguo y más humano que existe.

«Enseñándoles a observar todo lo que os he mandado», dice. Observar —es decir, hacer, vivir, encarnar en los gestos—. Y la última frase abre horizontes: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo». No dice: os recordaré. Dice: estoy con vosotros. Todos los días. No un Dios que mira desde lo alto y ve puntitos que se mueven como hormigas: uno que camina al lado, por el mismo camino, en el mismo polvo.

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