"Los discípulos se alegran al ver esa carne lacerada"

Jesús y Tomás
Jesús y Tomás

Es de noche. Las puertas están cerradas. No, no para descansar. Por miedo. Juan (20,19-31) comienza así: un interior, una habitación, un grupo reunido, íntimo. Los discípulos están juntos, pero no se sienten a gusto. Las paredes protegen y aprisionan. Afuera está el peligro, adentro está el vacío dejado por lo que ha sucedido. La cruz no está lejos en el tiempo. Es más, aún pesa sobre ellos. Las pocas frases nos preparan para un drama al estilo de Beckett: el espacio es reducido, los gestos serán mínimos, cada palabra tendrá su peso.

Todo calla. Y «vino Jesús». El verbo irrumpe. ¿De dónde? No se explica cómo. Está en medio de ellos. No en la puerta, no en los márgenes. De repente está en el centro. Y habla enseguida: «La paz sea con vosotros». Una palabra sencilla, un saludo. Pero dentro de esa habitación cerrada suena como una estocada.

Jesús y Tomás
Jesús y Tomás

Muestra las manos y el costado. No cubre las heridas recientes, sino que las expone, como si fueran la prueba de su identidad, su documento más infalsificable. Y es precisamente a través de esas heridas por donde se le reconoce. Como en ciertos cuadros de Caravaggio, donde la luz insiste en las llagas y no en las aureolas: la identidad pasa por lo que ha sido lacerado.

Los discípulos se alegran al ver esa carne lacerada. El paso es brusco. Del miedo a la alegría. Jesús repite: «La paz sea con vosotros». Luego añade: «Como el Padre me envió, así yo os envío». No hay tiempo para quedarse quietos, encerrados, protegidos. Jesús sopla sobre ellos. Un aliento, un simple flujo de aire ligero, un acto mínimo, físico, nada espectacular. La vida pasa con un soplo, con un contacto casi imperceptible.

La escena podría terminar aquí. Pero no. Juan introduce una ausencia: Tomás no estaba allí. No lo vio. Y cuando los demás le cuentan —«Hemos visto al Señor»—, él no lo acepta. El relato no basta. Quiere tocar. Quiere meter el dedo en las heridas, la mano en el costado. Es una petición concreta y obstinada. No niega por principio. Pide un contacto.

Pasan ocho días. La habitación vuelve a estar cerrada. Todo parece idéntico. Y, sin embargo, ya no puede ser como antes. Y Tomás esta vez está allí. Y de nuevo: «Vino Jesús». De nuevo sin explicación. De nuevo en el centro. «La paz sea con vosotros». La misma palabra, en el mismo espacio.

Luego se dirige directamente a Tomás. Jesús retoma sus palabras: las conoce, las ha escuchado. Jesús escucha también la ausencia. «Pon aquí tu dedo… extiende tu mano», dice. La distancia se anula. No sabemos si Tomás toca realmente. El relato no lo dice. Solo registra la respuesta: «Señor mío y Dios mío». Una frase que llega después de la duda, no antes. Sin esa duda no habría habido fe.

Jesús concluye con una frase que queda en el aire: «Bienaventurados los que no han visto y han creído». El relato sale de la habitación y se extiende más allá de los presentes.

La habitación permanece. Las puertas se volverán a abrir, tal vez. Pero lo que ha sucedido no termina ahí: la historia continúa fuera de campo, más allá de esa puerta. Quien escribe, Juan, de hecho, admite: «Jesús, en presencia de sus discípulos, hizo muchos otros signos que no se han escrito en este libro». El Evangelio admite su propia incompletitud, deja fuera más de lo que cuenta. Juan no retiene a su lector dentro del texto, sino que lo empuja más allá, hacia esa zona de la experiencia y la imaginación donde ver, creer y vivir ya no están separados.

¿Para qué sirve, entonces, lo que está escrito? Es lo suficiente para «tener vida». La palabra final no es «verdad», doctrina de la fe, sino «vida». El relato no pretende cerrar una cuestión. Todo lo que se ha escrito sobre los hechos de Jesús tiene una única dirección: llevar al lector hacia una posibilidad.

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