"Jesús no dice que la pobreza sea buena, ni que el dolor sea deseable. Pero dice que allí el 'reino' está cerca"

Bienaventuranzas
Bienaventuranzas

Jesús ve a la multitud y sube a la montaña. No se acerca, sino que se aleja. El relato de Mateo (5,1-12) comienza, pues, con un gesto de distanciamiento. No comprendemos que no es para huir, sino para cambiar de perspectiva: basta con elevarse unos pocos metros para que el mundo se reorganice. La multitud permanece abajo, ruidosa, indistinta. Y, sin embargo, sube para poder ver a todos y ser visto y escuchado por todos. Se sienta: no arenga, se detiene. La postura ya es un discurso: quien está sentado no quiere conquistar, sino estar, exponer y exponerse.

Los discípulos se acercan. Mateo no dice que entiendan. Solo dice que están allí. Jesús abre la boca y habla. Esta vez no cuenta una parábola y no responde a preguntas. Enumera. Las Bienaventuranzas son una secuencia, una letanía. Pero no son preceptos. No dicen qué hacer. Dicen quién es «bienaventurado», es decir, feliz. He aquí, pues, la lista de la felicidad. Y la lista desconcierta de inmediato: los pobres, los afligidos, los mansos, los perseguidos. Ninguna figura ganadora. Ningún perfil aspiracional. Es un catálogo de existencias frágiles y heridas.

Bienaventuranzas
Bienaventuranzas

La palabra «bienaventurados» suena discordante junto a estas condiciones: es una declaración de sentido contraintuitiva. Es como decir: precisamente aquí, donde no mirarías, ocurre algo. La escritura de Mateo funciona por fricción, como cierta poesía de Celan, donde las palabras no consuelan, sino que resisten. La bienaventuranza, de hecho, no borra la herida; la atraviesa y la supera.

Jesús no dice que la pobreza sea buena, ni que el dolor sea deseable. Pero dice que allí el «reino» está cerca. No promete una compensación inmediata. Utiliza el futuro, pero también el presente. Algunas bienaventuranzas hablan de lo que vendrá, otras de lo que ya es. El tiempo se rompe. Es como en las novelas de Faulkner, donde el futuro irrumpe en el presente y lo deforma. Aquí la promesa no es evasión, sino un impulso tenso que empuja hacia adelante, hacia un «reino».

Jesús no funda una moral heroica, sino una gramática de la existencia expuesta. Los mansos heredarán la tierra, dice. Es una afirmación escandalosa. La tierra, por lo general, la toman los fuertes. Aquí no. Aquí pasa a quienes no tienen fuerza. Es un vuelco que recuerda los cuadros tardíos de Goya, aquellos en los que se desenmascara la violencia y la grandeza aparece en los cuerpos heridos.

Las bienaventuranzas no son eslóganes. Son frases largas, respiradas. No se memorizan fácilmente. No están hechas para las vallas publicitarias, sino para ser escuchadas. Tienen el ritmo de un canto con estrofas rítmicas. Y dentro de este canto hay una geografía moral alternativa: hambre y sed de justicia, misericordia, pureza de corazón, paz. No son virtudes abstractas, pues, sino posturas de vida. Formas de estar en el mundo sin blindarlo.

Cuando Jesús llega a los perseguidos, el discurso se estrecha. La bienaventuranza se vuelve personal: «bienaventurados vosotros». La voz se acerca. Aquí la promesa no oculta el conflicto. Dice claramente que la palabra pronunciada en la montaña genera oposición sin agresividad: desbarata criterios consolidados. Ocurre como en Dostoievski: en sus páginas, la mansedumbre se vuelve intolerable para el orden del mundo. Jesús no invita a ser débiles, sino a no basar el sentido en la fuerza. No glorifica el dolor, sino que lo sustrae del sinsentido.

Las bienaventuranzas no son un nuevo ideal que alcanzar. Son una forma de mirar lo que ya existe. Mateo deja el discurso suspendido en el aire. No sabemos qué sucede inmediatamente después. Pero la mirada permanece fija en Jesús, que habla sentado, en una montaña baja, frente a una multitud cansada. No promete éxito. Y confía al lenguaje la tarea más ardua: decir que, incluso en las vidas descartadas, algo resiste, algo importa, algo ya ha comenzado.

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