"La palabra clave es: 'velad'" "Este es el vértigo: lo absoluto puede irrumpir en lo ordinario"
Aún no se ha producido ninguna catástrofe, pero todo podría suceder en cualquier momento. Mateo (24, 37-44) nos mantiene en vilo, recordando el tiempo pasado del diluvio universal e imaginando que ese tiempo está nuevamente cerca.
No había nada sensacional en los días que precedieron a la catástrofe. ¿Qué hacían las personas? «Comían y bebían, se casaban y se desposaban»: comían, bebían y hacían el amor. Pero precisamente aquí, en el corazón de la costumbre, se abre la puerta a lo impredecible. ¿Qué hacían las personas que estaban en sus casas antes de que un misil cayera sobre sus cabezas en Gaza o en Járkov? La catástrofe llega mientras se vive. No mientras se comete un mal extraordinario, sino mientras se está inmerso en el ciclo habitual de las cosas. La catástrofe no interrumpe una orgía de maldad, sino un aperitivo. El mundo se acaba entre los fogones y una copa de vino.
Este es el vértigo: lo absoluto puede irrumpir en lo ordinario. No, no como un castigo por quién sabe qué, sino como una brecha. El texto no insiste en la culpa, sino en la inconsciencia: «no se dieron cuenta de nada». El drama no es la acción, sino la distracción.
Jesús continúa su discurso de forma muy visual, mostrando imágenes mínimas, cotidianas, como una película de Ozu. Dos hombres en un campo: uno será tomado, el otro dejado. Dos mujeres en el molino: una será tomada, la otra dejada. Sin explicación. Sin distinción aparente entre los dos. No se trata de buenos y malos, de merecedores e indignos. Jesús se refiere a pequeñas historias, de neorrealismo, pero sin riqueza narrativa.
El juicio no cae desde arriba, sino que está inscrito en la capacidad de velar. Esto es lo que le importa a Jesús. La palabra clave es: «velad». Lo que está en juego no es saber el día y la hora —imposible—, sino vivir el tiempo con una conciencia vigilante. Hay quienes viven como si nada pudiera cambiar jamás y quienes, aunque corten el pan, permanecen abiertos a lo posible. La diferencia no está en los gestos, sino en la actitud.
Como en el relato de Kafka Ante la ley, el hombre que espera toda su vida ante una puerta abierta nunca entra porque permanece fijo en lo que espera, sin darse cuenta de que el tiempo pasa. La invitación de Jesús es opuesta: no esperar fuera, sino vivir dentro, estar preparados en todo momento.
Y luego destaca en el relato la imagen final: un ladrón, de noche. El dueño de la casa no sabe si vendrá ni cuándo, pero si lo supiera, obviamente estaría despierto. Es una paradoja fulminante: el ladrón como metáfora de lo esperado. El visitante no viene a la luz del sol, sino a escondidas, furtivamente, en la oscuridad. No hay aviso previo: solo silencio y sorpresa. Es un cambio radical de la espera religiosa: lo que importa no es conocer el futuro, sino estar presente en el presente.
En todo el pasaje no se habla de templos, oraciones ni rituales. Se habla de campos, de molinos, de sueño, de puertas de casa. Pero algo vibra, como si estuviera a punto de suceder algo imprevisible, irremediable. La espera lo es todo.
El Jesús que cuenta Mateo no pide que se construyan arsenales espirituales, sino que se mantenga encendida una lámpara. Lo inesperado puede llegar mientras se corta el trigo, se gira una muela, se recoge la mesa. Ningún gesto es demasiado pequeño, ningún momento demasiado insignificante. La vida verdadera no es la que posponemos para cuando todo sea perfecto. Es la que nos sucede mientras esperamos otra cosa.
Quizás, el diluvio no es el agua que nos inunda, sino el tiempo que pasa y fluye como el agua, sin que lo veamos. Y el despertar, entonces, no es una trompeta que suena, sino una grieta en la rutina.
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