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Guillermo Gazanini Espinoza / 20 de marzo.- El inicio de la Semana Santa de nuevo devuelve nuestra mirada a los misterios de nuestra salvación, buscar el rostro del Señor y ver en el Hijo de Dios la realización del amor divino, impacta nuestro sentidos y nos llena de estupor.
La inauguración de la Semana Santa 2016 podría ser, nuevamente, la repetición del ciclo de una historia por demás conocida. El cristianismo se ocupa de transmitir lo que todos sabemos, que un hombre, montado en un burrito, asciende a la Ciudad Santa y es proclamado Rey al grito de Hossana. En nuestra tierra es particular la confección de palmas de las más variadas formas y tamaños, ramos de manzanilla –una planta aromática y curativa- que agitamos en la procesión de la misa de esta día para aclamar al Hijo de David y Rey de Israel. Palmas que elevamos en el templo y llevamos a casa para poner en la entrada de nuestras casas, unos bajo el signo de la esperanza por la llegada del Rey del Universo; otros, en la mirada supersticiosa y mágica que implica tal objeto como amuleto contra las insidias del enemigo.
En la liturgia católica, este día nos dispone para comprender la celebración de la Pascua: la Cruz y la resurrección. Jesús llega a la Ciudad Santa para concluir su peregrinación en indicar su Señorío, realeza y poder para entregarse a sí mismo. En la época del materialismo y el egoísmo, la entrega total no es entendible, es absurdo pensar en la donación sin límites para que otros tengan vida en abundancia.
Jesús subió a Jerusalén realizando signos para demostrar su mesianismo y realeza. Es el centro de atención que debería estremecer nuestra razón en medio de la vorágine de la violencia. No es el rey que sube al vehículo fastuoso como signo de poder ni usa las trocas poderosas de millones de pesos, más que transportes son modernos tronos de intimidación, lujo y avaricia.
En Jesús se comprende la bienaventuranza de los humildes cuando sube a un borrico, es rey que rompe los círculos de la violencia y los arcos de la guerra, rey de la paz, de los pobres y de la sencillez. Hossana al Hijo de David, bendito el que viene en el nombre del Señor, Hossana… Alabanza de júbilo que pone a los pies del rey los mantos cantando las palabras de los salmos y dar cuenta de la nueva era que comienza en Cristo. Sin embargo, en nuestra realidad, el clamor del Hossana se transforma en el grito de súplica para implorar la gracia, la bendición y la conversión de nuestros corazones ante el mal que parece corrompernos en todos los niveles, personal, institucional, eclesial.
¿Quién es este? (Mt 21,10) “¿Quién es para nosotros Jesús de Nazaret? ¿Qué idea tenemos del Mesías, qué idea tenemos de Dios? Esta es una cuestión crucial que no podemos eludir, sobre todo en esta semana en la que estamos llamados a seguir a nuestro Rey, que elige como trono la cruz; estamos llamados a seguir a un Mesías que no nos asegura una felicidad terrena fácil, sino la felicidad del cielo, la eterna bienaventuranza de Dios. Ahora, hemos de preguntarnos: ¿Cuáles son nuestras verdaderas expectativas? ¿Cuáles son los deseos más profundos que nos han traído hoy aquí para celebrar el Domingo de Ramos e iniciar la Semana Santa?” (Benedicto XVI. Homilía del Domingo de Ramos 2012).
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