Maximiliano Kolbe y el Papa Francisco, espíritu misionero



Guillermo Gazanini Espinoza / 14 de agosto.- Francisco está en Asia y las primeras jornadas de la visita a Corea coinciden con la festividad del gran mártir de la caridad. Y también la historia deparó que, con este viaje apostólico del Papa, se recuerde la segunda etapa de la fundación de la misión en Japón del padre Kolbe cuando el 12 de agosto de 1930, inició la aventura para levantar una de las Ciudades de la Inmaculada junto con otros compañeros franciscanos.

Maximiliano Kolbe llegó a Japón el 25 de agosto y la empresa inició de inmediato en honor al amor de su vida sacerdotal y misionera, la Virgen Madre. En el Monte Hikosan, Nagasaki, en mayo de 1931, Mugenzai No Sono, el"Jardín de la Inmaculada", fue una realidad para impulsar la buena prensa. Lo increíble de esta evangelización fue su sello ecuménico. Maximiliano Kolbe escribiría a sus superiores cómo era de gran ayuda la traducción de artículos al japonés hecha por los pastores metodistas asociados a la Obra del Caballero de la Inmaculada que, en menos de tres años, alcanzó un tiraje de cincuenta mil ejemplares. Los frutos se dieron en la conversión de muchos japoneses que leían El Caballero, pero el futuro de sus apostolados sólo podría tener éxito de acuerdo a la voluntad de Dios para irradiarse por Asia llevándolo a la India, Corea, Singapur.

El viaje apostólico de Francisco se sostiene en el testimonio de los mártires y misioneros que, como San Maximiliano, quisieron abarcar los confines del mundo. En los siglos XVIII y XIX, los cristianos sufrieron el martirio y serán elevados a la gloria de los altares por el Santo Padre; en esa misma tierra, el padre Kolbe suspiró por la conversión de la península en poder de los japoneses, “un país hermoso” como diría de Corea en octubre de 1933. Sin embargo, el misionero fue interrumpido por el egoísmo y la calamidad del conflicto. Sobra decir que la corona del martirio, como la de aquellos coreanos, tuvo por consigna el amor y la fidelidad al Dios único. Las obligaciones con su Orden hicieron que Maximiliano regresara a la Europa de la preguerra y los sueños de las Ciudades de la Inmaculada se verían frustrados por la ocupación alemana, el 5 de septiembre de 1939, hasta llegar a 1941, año de su arresto, cautiverio y martirio.

La Providencia nos reserva esta memoria para mirar el viaje de Francisco como prolongación de las aspiraciones de los mártires. Hoy el Papa ha recordado las penurias y tribulaciones, las divisiones y fragilidad de un país cuya cultura “ ha sabido entender muy bien la dignidad y la sabiduría de los ancianos y reconocer su puesto en la sociedad. Nosotros, los católicos, honramos a nuestros mayores que sufrieron el martirio a causa de la fe, porque estuvieron dispuestos a dar su vida por la verdad en que creían y que guiaba sus vidas. Ellos nos enseñan a vivir totalmente para Dios y haciendo el bien a los demás”. (Francisco. Discurso ante las autoridades de la República de Corea, 13 de agosto), penurias que Maximiliano Kolbe padeció por una “globalización” de la solidaridad cristiana, motor del celo misionero misericordioso que el Papa Francisco urgió en el primer día de su peregrinación al Lejano Oriente.

Maximiliano Kolbe es mártir de la caridad, apóstol “loco de la Inmaculada” cuyas conversiones en Asia fueron la semilla de creyentes que fortalecieron la fe en el Dios de Jesucristo, generaciones que hoy están dispuestas a “ofrecer la sabiduría y la visión heredada de sus antepasados y nacida de su fe, para afrontar las grandes cuestiones políticas y sociales…” (Francisco. Discurso ante las autoridades de la República de Corea, 13 de agosto) Y en base a ese tesoro, donde dejó su impronta el mártir de Polonia, es que Francisco apacienta a las comunidades de esos países lejanos y extraños al nuestro, pero boyantes en el credo cristiano.
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