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Que acabe ya la guerra

Pika-Don, el gran estruendo

Sursum Corda: Guillermo Gazanini
06 ago 2015 - 16:19

Guillermo Gazanini Espinoza / 06 de agosto.- Mucho se ha escrito sobre las explosiones atómicas devastadoras de dos ciudades japonesas en 1945. Esa hecatombe fue el parteaguas de la historia y los testimonios aún nos sobrecogen. A setenta años, las campanas de la paz suenan en el mundo para que el silencio levante el grito del nunca jamás, aunque la capacidad destructiva está latente en los arsenales mundiales; las lecciones de Hiroshima y Nagasaki enfrentan las paradojas de la humanidad que clama por la paz, pero empecinada en destruir justificada por el terror nacionalista o el fundamentalismo religioso. No hay día en donde no dejemos de conocer cómo, en nombre de la verdad, los seres humanos son esclavizados, sometidos, asesinados. Azorados por la brutalidad de dos bombas que mataron a cientos de miles, sólo movemos la cabeza reprobando las sádicas imágenes que degüellan, crucifican y empalan a los semejantes, por el horror de intervenir contra la vida de otros seres humanos en el seno materno, por el sacrificio al amparo de la impunidad. Y sí es paradójico porque justifica la destrucción a menor escala a la que nos estamos acostumbrando.

Günther Anders (1902-1992), el filósofo pacifista polaco judío, soldado en la Primera Guerra Mundial, meditó sobre los riesgos de la técnica como instrumento de destrucción de la humanidad. Sostuvo correspondencia con Claude Eatherly, comandante de los B29 responsable de la selección del objetivo civil aquella mañana del 6 de agosto de 1945. Lo que siguió después fue descrito en Más allá de los límites de la conciencia. Los pilotos fueron el último eslabón de una larga cadena destructiva. Sus existencias tuvieron que sortear la delgada línea entre la razón y la locura al saber del genocidio cometido. Los muchachos de los B29 cumplieron órdenes por la libertad y la democracia, pero los efectos retroactivos de la bomba atómica calaron hasta el límite de su alma. Y el arrepentimiento no podría ser suficiente. Anders lo reclama en su primera carta, lo define como monstruosidad del ser humano que sirvió como pieza de un sistema. Las bombas no ponen fin a las guerras, fueron instrumentos del terror legal.

Un misionero español quien sería General de la Compañía de Jesús, el padre Pedro Arrupe (1907-1991) describió lo que una mañana “rompió con la monotonía de los meses anteriores”. Una “luz potentísima” se había disparado frente a los ojos del jesuita. En sus memorias describe la importancia estratégica del puerto de Hiroshima, “el segundo cuartel militar del imperio japonés” jamás bombardeado de forma inmisericorde como otras ciudades del archipiélago. Arrupe y otros treinta y cinco jesuitas vivían en el noviciado de Nagatsuka, a seis kilómetros de la explosión. Lo que sigue quedó para la historia. “Durante unos momentos, algo seguido de una roja columna de llamas cayó rápidamente y estalló de nuevo...llamas de color azul y rojo seguidas de un espantoso trueno y de insoportables olas de calor, era un mar de fuego sobre una ciudad reducida a escombros”. El área destruida fue de más de trece millones de metros cuadrados según las Memorias de Pedro Arrupe, la respuesta inmediata de la Compañía de Jesús fue la misión imposible y sobrecogedora de auxilio médico de los miles de sobrevivientes del Pika-Don, el gran estruendo de la bomba atómica.

A setenta años de la explosión atómica, el mundo es irreal, violento e inmisericorde. Entre los seres humanos existe alguien en la cadena de mando, oficial o ilegal, capaz de ordenar la destrucción y otro dispuesto a hacerlo por la causa. Desde Hiroshima y Nagasaki, pasando por los gulags, las limpiezas étnicas balcánicas, hasta la instauración de los estados teocráticos terroristas, la fiera en el hombre ruge como el Pika-Don descrito por Arrupe.

La crisis de conciencia de Eatherly le condujo a una especie de expiación y libertad. A través de la correspondencia, el filósofo Anders quiso advertir que todos somos responsables y las omisiones aniquilan al complacer la destrucción cuando nos hacemos ciegos a la venganza o prestamos oídos sordos a los gritos de tormento mientras miramos con lástima cada vida segada por el egoísmo justificante de los sistemas legales o inmorales. Hiroshima y Nagasaki no son nombres en el pasado de ciudades levantadas sobre las ruinas del invierno atómico, son los espejismos de la monstruosidad del ser humano empecinado en la destrucción y soledad. Hiroshima y Nagasaki no son cosa del pasado. Todos estamos próximos al posible final… Y esta es la advertencia en un mundo más violento capaz de consumar los más inauditos horrores sea con un artefacto nombrado Little Boy, una pistola o cualquier elemento que aniquile la existencia a todo ser humano.

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