La imagen exitosa de Benedicto XVI



Guillermo Gazanini Espinoza / 01 de agosto.- Los análisis sobre la imagen pública buscan incidir sobre los mejores elementos para persuadir, apuntalar empresas o destacar marcas a fin de lograr competencias exitosas generando percepciones favorables entre consumidores, electores, simpatizantes o públicos especiales. En los políticos se busca la imagen de poder y seguridad conjugando señales amistosas al electorado de tal forma que el candidato o funcionario sea agradable, no repulsivo, moderno, fresco, capaz de producir sensaciones o sentimientos de aceptación, de distinción, enterado de los problemas y decidido para resolverlos, actual, bien informado, lo que no significa culto. Se ensaya la sonrisa, ademanes, ropa, el nudo y color de la corbata para proyectarlo como un estadista, influyente y conseguir el voto del electorado o satisfacer sus aspiraciones a los cargos públicos. Es típico el ejemplo de dos políticos del siglo XX cuando la imagen puede ser el éxito o el fracaso en alguna candidatura: el primer debate en televisión entre John Kennedy y Richard Nixon en las elecciones de 1960. La película “Nixon” (1995) de Oliver Stone, exageró la debacle del vicepresidente ante el senador por Massachusetts, pero que fue real: un candidato republicano, nervioso, sudoroso, frente a un demócrata joven, impávido, bien vestido, moderno, una figura del poder que ocupó, por escaso margen, la malograda presidencia de los Estados Unidos. En fin, la manufactura del poder.

En la religión la cosa no es diferente. Las iglesias electrónicas o televangélicas hacen del cristianismo la religión del éxito y la prosperidad contra las ideas pauperistas y de humildad de las iglesias tradicionales. Pastores televangélicos son mesías de congregaciones en arrebato frenético invocando los dones del espíritu mientras él grita, gesticula y reprende al mal enfundado en trajes de línea y accesorios exquisitos e imposibles para la mayoría de los bolsillos de sus ovejas. La respuesta es a través del dinero como prueba porque a Dios no se le ofrecen migajas, saben usar lo justo en la imagen para construir megaiglesias y el rebaño lo entroniza como un profeta espiritual y líder temporal.

El lector tiene presente la final de la Copa del Mundo Brasil 2014. No fue únicamente la disputa entre dos países, también el curioso encuentro entre dos hombres a quienes, desde el 4 de julio, el periódico vaticano L’Osservatore Romano apostó en la final. El Mundial fue un torneo en redes por likes y retuits donde los pontífices circularon en memes prefigurando la rivalidad simpática y fraterna, reunir al Pontífice emérito y reinante en alguna estancia de la residencia Santa Martha para seguir el partido en apoyo a las camisetas nacionales.

Benedicto XVI no es un deportista ni aficionado -de hecho rehuía a la práctica de cualquier deporte en el Seminario y él lo veía como un “suplicio”-, por causas de su edad se va temprano a la cama –el partido comenzó a las 10 de la noche, tiempo de Roma- pero fueron informados del resultado favoreciendo a Alemania lo que desató la creatividad en memes donde se veía a un caballeroso Francisco entregando la Copa del Mundo al Papa emérito sonriente, jovial, levantando los brazos en señal de triunfo de la selección que apabulló al anfitrión.

El lector coincidirá que la imagen de Benedicto XVI en las redes sufrió una evolución desde el inicio de su pontificado, aceptándolo como el anciano sabio y agradable, imponiendo reverencia y respeto para creyentes y no creyentes. Es un fenómeno que llama la atención frente a las teorías de la imagen construida sobre elementos persuasivos al publico común y corriente. Un asesor de imagen, quizá, no sugeriría imitar la de un anciano de pelo revuelto y encorvado, enfundado en una sobria sotana blanca; sin embargo, Benedicto XVI sabe cómo influir y usa los signos y símbolos del poder pontificio impactando a millones de seres humanos.

En abril de 2005, Benedicto XVI tenía 78 años. Muchos arquearon las cejas renuentes a la elección del sucesor de san Juan Pablo II, el cardenal Joseph Ratzinger, el Panzerkardinal o el Bulldog de Dios. Fue blanco de burlas, sátiras y comparaciones que denostaron su personalidad comparándolo con un dictador de que traería una era de oscurantismo a la Iglesia, comparado con personajes de ficción de la saga de la Guerra de las Galaxias y manipulado en publicidades y campañas “antiodio a favor de la tolerancia” francamente grotescas cuando el Papa simula un beso, boca a boca, al Imán Ahmed El Tayyeb

Al inicio de su ministerio, Benedicto XVI no tuvo el impacto como el de su predecesor, sobre él pesaba el “Atleta de Dios”, Juan Pablo II, hecho para las pantallas, desenvuelto en los escenarios, bromista y enérgico en el discurso. En la sociedad de la imagen, Ratzinger no cubrió esos requisitos, su parsimonía y formas pausadas proyectaron al intelectual y tímido académico con un timbre y tono que exigían la máxima atención de los receptores.

Pronto irían minando sus fuerzas, particularmente después de la visita a México en 2012 y frente al destape de los vatileaks, pero Benedicto XVI consiguió un impacto envidiable que fue creciendo hasta su renuncia. ¿Por qué fue posible esto? Quizá una primera clave hay que entenderla desde los gustos especiales de Ratzinger por la sobriedad y belleza de los símbolos, la pedagogía e influjo de la liturgia como la acción de Cristo y deshacerse de elementos papales adversos a la unidad de los cristianos. Al mundo son agradables los títulos y Benedicto XVI renunció a ellos para tender puentes hacia otras confesiones y propiciar el diálogo interreligioso; prescindió de las ínfulas y enfatizó las distinciones del pastor más que las del soberano.

Una segunda clave es la disposición de Ratzinger para entrar en contacto con el mundo usando los elementos del mundo. Esto fue un efecto renovador de la imagen del anciano Papa capaz de trabar un diálogo moderno usando twitter y predicando en 140 caracteres; platicó con periodistas respondiendo a las preguntas más urgentes que cualquiera quisiera hacer a un Sucesor de Pedro y también la hizo de entrevistador cuando en mayo de 2011 se puso en la posición del curioso al interrogar a los astronautas de la Estación Espacial Internacional y del transbordador Endeavour siendo un hito, nunca un Pontífice había sostenido una conversación directa con otros seres humanos más allá del planeta.

Una tercera clave es la renuncia a la sede de Pedro. El polémico pontificado tuvo un cierre con broche de oro. Todo mundo se preguntó sobre la licitud de la renuncia y si Benedicto XVI estaba legitimado para botar su tarea a causa de la pérdida de las fuerzas abriendo una interesante discusión sobre el trato, vestiduras, título y posesión de los emblemas pontificios. Aunque fueron debatidas las formas para un Papa emérito, el fondo de la renuncia dejó impronta única a la imagen de Ratzinger para decir que el poder no es lo máximo y es necesario dar paso a la virtud suprema de la humildad de cara a Dios. Las palabras “ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino” iniciaron un alud de opiniones, de la conveniencia de renunciar ante la incapacidad, pero elevando a Ratzinger como un campeón de la sinceridad en la sencillez del peregrino agradecido “que empieza la última etapa de su peregrinación en esta tierra. Pero quisiera trabajar todavía con mi corazón, con mi amor, con mi oración, con mi reflexión, con todas mis fuerzas interiores, por el bien común y el bien de la Iglesia y de la humanidad”.

El Papa Benedicto es el signo de contradicción ante las imágenes resumidas, de corbatas y colores, de sonrisas plásticas y cirugías cosméticas a la self-demand, bien construidos y articulados, artificiales, vacíos y arrogantes fincados en la incultura. Quizá los cibernautas ven en la imagen de Benedicto XVI el conjunto de valores que urgen en la sociedad extravagante del pensamiento diluido y reblandecido. La imagen exitosa del hombre que cree en El, del sacerdote que sabe que sólo hay Uno que debe imperar, esa es su identidad cristocéntrica porque Cristo es imagen de Dios, “se ha hecho hombre. En Él, el Crucificado, se lleva al extremo la negación de las falsas imágenes de Dios” (Encíclica Spe Salvi, No. 43). Y eso no puede ser reproducido por los asesores de imagen.
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