Kakuma vuelve conmigo: acompañar a las personas, el gran tesoro
Vuelvo de Kakuma y, sin embargo, no he vuelto del todo. Hay viajes que se explican con mapas y fotografías; este solo se explica desde dentro. Por eso quiero compartir con vosotros, antes de que el tiempo suavice la emoción de estos días, lo que Kakuma ha dejado en mí.
El campo de refugiados de Kakuma está en el condado de Turkana, al noroeste de Kenia, cerca de Sudán del Sur. Es un lugar que acoge a personas refugiadas de muchos países que huyeron buscando seguridad y la posibilidad de un futuro mejor. Suena lejano, lo sé. Y sin embargo, desde que he vuelto, me doy cuenta de que nunca ha estado tan cerca.
Lo que uno no olvida
Hay imágenes que se quedan grabadas como si nos hubieran sellado con fuego. Un aula abarrotada con noventa niñas preparando sus exámenes finales. Me acompañan todavía su concentración, su alegría y su tenacidad. Cerca de allí, un grupo de chicos nos explicaba con orgullo su proyecto de avicultura: no era solo un proyecto educativo, era una escuela de responsabilidad, de creatividad, de autonomía.
También recuerdo la escuela inclusiva «New Cush», donde cada niño es nombrado «alumno con capacidades diferentes». Esa forma tan sencilla de nombrar encierra una verdad enorme: cada niño tiene dones, potencial y un lugar en la comunidad. Y recuerdo, sobre todo, a las familias que cuidan a sus hijos e hijas con discapacidad en circunstancias tan difíciles. Su amor me recordó que el cuidado es una de las formas más poderosas de defender los derechos de las personas.
Y luego están los nombres propios de la esperanza. Fabiola, fundadora de Amazing Flour Foods, que con el apoyo del proyecto Pathfinder ha construido un negocio con valentía y creatividad, y en su historia se ve cómo una oportunidad puede devolver dignidad e independencia. Los casi cien jóvenes del Centro Arrupe, aprendiendo informática e inclusión digital en el Digital Inclusion Program y en las iniciativas de la SNHU, abriendo puertas a nuevas oportunidades laborales. La Peace House Design Shop de Kalobeyei, donde la creatividad, las habilidades y el emprendimiento devuelven a las personas el protagonismo sobre su propia vida.
La palabra que lo explica todo
Si tuviera que resumir en una sola palabra lo que he visto en Kakuma, esa palabra es acompañar. Todo en nuestra misión comienza y encuentra su sentido en el acompañamiento: el gran tesoro del JRS y de la espiritualidad ignaciana. En Kakuma, acompañar no es una idea abstracta. Está presente en un aula con noventa niñas, en un padre o una madre que cuida a un hijo con discapacidad, en un joven que aprende competencias digitales, en una mujer que construye un negocio con valentía y creatividad.
Acompañar es, sencillamente, caminar al lado de las personas. No resolver la vida de nadie desde fuera, ni mirar de lejos, sino compartir el camino. Es lo que hace cada día el equipo del JRS en Kenia a través de la educación, la inclusión, el apoyo psicosocial y los medios de vida, poniendo en el centro las necesidades, la dignidad y el potencial de cada persona.
Y ahí entendí algo importante: la educación, la protección, el apoyo psicosocial, los medios de vida… en Kakuma no son actividades aisladas. Responden a la persona en su totalidad. Porque la persona refugiada o migrante no es una beneficiaria de proyectos aislados; es una persona con sueños, relaciones, talentos y derechos.
Lo que me llevo a casa
Al volver, me quedo con tres lecciones que quiero compartir con vosotros.
La primera es que todo adquiere sentido a través del acompañamiento y de un modelo de intervención integral. Vi cómo nuestro marco estratégico se hace carne en la vida cotidiana: en un club de chicas, en un proyecto de avicultura, en un aula inclusiva, en un centro de formación digital, en un negocio liderado por personas refugiadas.
La segunda es que necesitamos espacios para compartir y soñar junto a nuestros equipos de terreno. Las conversaciones con docentes, trabajadores sociales, responsables de medios de vida, familias y jóvenes me recordaron que la estrategia solo es creíble cuando se arraiga en la experiencia vivida de las personas a las que servimos.
La tercera es que estamos llamados a tender puentes y generar conexiones. La creatividad y la audacia del equipo de JRS en Kakuma me conectaron con tantas otras realidades del JRS en todo el mundo. ¿Cómo pueden aprender unos equipos de otros, en medio de una diversidad tan rica?
Hospitalidad que devuelve el gesto
Estos días de regreso han coincidido con la celebración del Día de la Hospitalidad, y no pudo ser más oportuno. Porque Kakuma me ha recordado que la hospitalidad no consiste simplemente en acoger a las personas en un lugar. Consiste en crear las condiciones para que cada persona sea reconocida, participe, aprenda, trabaje y sueñe. Consiste en caminar juntos.
Kakuma no termina cuando uno sube al avión. Sigues pensando en esas noventa niñas, en Fabiola, en los jóvenes del Centro Arrupe, en las familias con niños más vulnerables. Y uno se pregunta, desde la tranquilidad del regreso: nosotros, con tanto, ¿hacemos sitio? ¿Qué haríamos mañana si alguien llamara a nuestra puerta con lo puesto?
Gratitud
A todo el equipo del JRS en África Oriental y del Sur, a JRS Kenia y, muy especialmente, al equipo del campo de refugiados de Kakuma: gracias por vuestra hospitalidad, vuestro compromiso y vuestro amor. De vuestro acompañamiento brota mucha esperanza.
He regresado de Kakuma, pero aquellos encuentros siguen acompañándome. Y esa es, quizá, la mejor definición de acompañamiento que conozco.