¿Y si el cielo no se mide en metros cuadrados, sino en los nombres que hemos acogido en nuestro corazón?
Incluso uno solo de estos pequeños
¿Y si el cielo no se mide en metros cuadrados, sino en los nombres que hemos acogido en nuestro corazón?
¿Y si el cielo no se mide en metros cuadrados, sino en los nombres que hemos acogido en nuestro corazón?
Hoy la Iglesia nos invita a celebrar la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado. La Iglesia nos invita a mirar con los ojos de Dios a quienes han tenido que dejar su tierra, y especialmente a los más pequeños. El lema que nos propone el Papa León XIV es muy concreto: «Incluso uno solo de estos pequeños».
El Evangelio que acabamos de escuchar nos presenta la parábola de los dos hijos. Un padre pide a sus hijos que vayan a trabajar a la viña. El primero responde “no quiero”, pero luego se arrepiente y va. El segundo dice “sí, voy”, pero al final no va. Jesús nos pregunta: “¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?”. Lo que cuenta no es la palabra bonita, sino la conversión del corazón que se traduce en hechos.
Esta parábola nos interpela a todos. También a nosotros, como Iglesia y como sociedad, ante la realidad de las migraciones. Vivimos tiempos complejos donde la realidad migratoria se está convirtiendo en un chivo expiatorio de los males sociales y donde las personas migrantes se instrumentalizan en la política. Por eso hoy Dios nos pregunta a cada uno y cada una: ¿Qué estás haciendo por estos pequeños?
Hoy el Papa, que está haciendo su visita en Francia, pone el acento en los niños, niñas y adolescentes migrantes y refugiados. En su mensaje para esta Jornada, reclama una respuesta internacional centrada en la dignidad y los derechos de los menores, víctimas de guerras, violencia, trata, explotación y separación familiar. Nos invita a superar la indiferencia, a acogerlos como a nuestros propios hijos y a reconocer en cada menor migrante la presencia de Cristo. El lema «Incluso uno solo de estos pequeños» resuena con aquellas palabras de Jesús: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí».
Detrás de esas palabras hay historias concretas. Menores que cruzan fronteras solos, huyendo de la violencia, buscando seguridad, educación, una familia. Jóvenes que sueñan con poder estudiar, jugar, simplemente vivir. El Papa insiste en desplazar el eje del debate: no se trata solo de gestionar flujos, sino de proteger plenamente los derechos humanos, con una respuesta coordinada, solidaria y eficaz.
Volviendo al evangelio, ¿A cuál de los dos hijos nos parecemos hoy? ¿Somos de los que dicen “sí” con la boca, pero luego cierran la puerta, apagan la televisión cuando salen noticias de pateras, normalizamos o incluso alimentamos discursos de miedo y rechazo? ¿O somos capaces de dejar que el Evangelio nos incomode, nos mueva, nos convierta en personas que actúan?
En nuestra tradición cristiana, la hospitalidad es una forma concreta de vivir el Evangelio: reconocer al otro como hermano o hermana, acoger su dignidad y abrir espacio real para su vida, su historia y su esperanza. No es solo un gesto amable; es una opción espiritual y humana. La hospitalidad no solo cambia al que entra, sino también al que abre la puerta: quien acoge descubre que el otro ensancha su corazón, rompe prejuicios y lo hace más humano y más creyente.
La espiritualidad ignaciana nos ayuda a discernir dónde está Dios en este tiempo. Nos invita a preguntar: ¿dónde está el Señor en el rostro del migrante, del refugiado, del menor que llega solo? ¿Dónde me llama a elegir en libertad, contra el miedo, a favor de más humanidad? La hospitalidad se convierte así en una clave para leer nuestro tiempo: frente a la hostilidad que levanta muros, el Evangelio nos propone mesas largas, puertas abiertas, tiendas en el desierto donde ofrecer descanso y compañía.
Cada Eucaristía es una escuela de mesas compartidas. De hecho, la eucaristía es una escuela de Hospitalidad. Aquí nos sentamos juntos, diferentes, con nuestras historias, y Jesús nos acoge a todos. En esa mesa aprendemos a no tener miedo del otro, a compartir el pan, a reconocer que todos somos invitados, que nadie es dueño de la casa. La hospitalidad no es un “tema social” más; es una forma de vivir el Evangelio y una clave para comprender este tiempo parcheado por la hostilidad.
Hoy, en esta Jornada, el Señor nos pregunta: ¿hay sitio para mí en tu vida, en tu hogar, en tu comunidad? Y llega sin hacer ruido, con la cara de un niño migrante, de una madre refugiada, de un joven que busca trabajo y dignidad. Nos pregunta mirándonos a los ojos: “¿hay sitio para mí?”. Y la respuesta cristiana no puede ser ambigua. La respuesta es humilde y valiente: “Pasa, esta casa es también tuya”.
Pero esta respuesta no puede quedarse solo en el deseo. La parábola de los dos hijos nos empuja a la acción concreta. ¿Qué puerta puedes abrir tú esta semana? Cada cual puede pensar a que le llama el Señor hoy, en lo concreto, con tu familia, tu vecino, tu compañera de pupitre,… qué se yo.
El Papa apela a la “responsabilidad de todos” para tutelar a los menores migrantes que padecen sufrimientos indescriptibles. Nos recuerda que las instituciones públicas y privadas están obligadas a proteger a estos niños y adolescentes, a favorecer la reunificación familiar y a garantizar el acceso a la educación. Pero esta responsabilidad no es solo de los gobiernos; es de cada bautizado, de cada comunidad que se dice cristiana.
Por todo eso, no tengamos miedo de la hospitalidad. No es ingenuidad; es una apuesta valiente por un futuro mejor para todos, que alimenta humanidad a nuestras comunidades y ciudades.
Al terminar esta Eucaristía, dejémonos interpelar por el Evangelio y por el mensaje del Papa. Preguntémonos: ¿a cuál de los dos hijos me parezco? ¿Qué gesto concreto puedo hacer esta semana para pasar del “sí” de las palabras al “sí” de los hechos?
Que el Señor, que nos acoge cada día con los brazos abiertos, nos dé un corazón grande, capaz de acoger. Que nos ayude a ser puertas abiertas en nuestras familias, en nuestra parroquia, en nuestro colegio, en nuestro trabajo, en nuestra ciudad. Porque en cada pequeño acogido, en cada puerta que se abre, es Jesús mismo quien llega y nos dice: “Gracias por hacerme sitio”.
Homilía | JMMR 2026: Incluso uno solo de esos pequeños (Mt 21, 28-32)
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