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El tema de la fe nos ha llevado al tema de Dios. Y, dado que no es posible entender el uno sin entender el otro, me ha parecido conveniente decir algo - cuanto antes - sobre el problema de Dios. Para que así podamos comp'render mejor el problema de la fe. No intento convencer a nadie. Simplemente pretendo informar de datos que, a mi juicio, es conveniente conocer. Porque se trata de datos que, con frecuencia, no se tienen en cuenta. Y pienso que son datos de enorme importancia.
El Dios de Jesús es el Padre. Del que Jesús habla constantemente. Es el Padre bueno. Y es bueno con todos. El Padre que manda su sol sobre justos y pecadores; y la lluvia sobre buenos y malos. El Padre que acoge al hijo perdido, sin reprocharle nada, sin pedirle explicaciones, ni exigirle cuentas. El Padre que quiere tanto a su hijo extraviado, que, cuando vuelve a la casa, muerto de hambre, el Padre le pone lo mejor que tiene y le organiza una fiesta por todo lo alto. Pero, sobre todo, es el Padre que se nos da a conocer y se nos revela en Jesús. De forma que, cuando el apóstol Felipe le dice a Jesús "enséñanos al Padre", Jesús le contesta: "Felipe, ¿todavía no me conoces?". Y añade el mismo Jesús: "Felipe, el que me ve a mí, está viendo al Padre" (Jn 14, 8-10). Ver a aquel hombre, Jesús, que acababa de cenar con los demás y como los demás, en aquel hombre bueno se veía a Dios, se conocía a Dios. En el hombre Jesús, se revelaba Dios. Es decir, en Jesús, conocemos a Dios. Por eso, es una tesis fundamental de la teología del Nuevo Testamento que Jesús es el Revelador de Dios y la Revelación de Dios.
El Dios de Pablo es el Dios de Abrahán, el Dios de las promesas hechas a Abrahán (Gal 3, 16-21; Rom 4, 2-20). O sea, es el mismo Dios en el que Pablo, como buen israelita, sirmpre había creído y al que había adorado desde niño. Pablo no cambió su idea de Dios. Ni, cuando él relata su experiencia en el camino de Damasco (Gal 1, 11-16; 1 Cor 9, 1; 15, 8; 2 Cor 4, 6), utiliza para nada el vocabulario o el lenguaje propio de la "conversión", como bien ha observado S. Légasse. Ahora bien, es a partir de la idea de Dios, que tenía todo buen israelita, desde donde Pablo explica a Jesús. Pablo lo dice así: "cuando Aquél que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo...." (Gal 1, 15-16).
Pues bien, esto quiere decir que, en el caso de Pablo, conocemos a Jesús desde Dios. ¿Desde qué Dios? El Dios de Abrahán, el "Dios de nuestros padres", como lo denominan las tradiciones del Génesis. El Dios que las tribus nómadas del desierto. En este caso, el Dios desconocido, que se pierse en la noche de los tiempos, es el que nos explica a Jesús.
Por el contrario, en el caso de Jesús, conocemos a Dios desde Jesús. Es decir, en la humanidad, en la bondad, en la cercanía y en la entrañable generosidad de Jesús, ahí es donde conocemos a Dios y en quien conocemos a Dios.
El Dios de Pablo es el Dios que se reveló a Moisés en la zarza ardiendo (Ex 3, 1-6) y en la teofanía sobrecogedora (entre truenos y relámpagos) del Sinaí (Ex 34, 29-35); el mismo Dios que se reveló a Isaías en el Templo, entre ángeles, humos y temblores que hacían tambalearse los pilares del recinto santo (Is 6, 1 ss). El Dios de los ejércitos, el Yahvé Sebaot, que vence y destroza a sus enemigos....
El Dios de Jesús se revela a los discípulos en la pesca del lago: es lo que sintió Pedro y le hizo postrarse ante Jesús (Lc 5, 1-11). Pero el Dios, que Pedro percibió en Jesús, no es un Dios que se localiza en "lo sagrado" del monte santo o del templo consagrado. El Dios de Jesús se revela en "lo profano" del trabajo y la convivencia, que jamás produce miedo, sino que siempre ofrece acogida, salud, pan, respeto, tolerancia, cercanía, sobre todo cercanía a los más despreciados y desgraciados. Cuando Felipe preguntó por Dios (el Padre), Jesús le dijo: "Felipe, ¿tanto tiempo viviendo conmigo y todavía no me conoces?" Felipe preguntaba por Dios. Y Jesús se presentó como Dios. En Jesús, se veía y se palpaba a Dios.
Según es el Dios, en el que cada uno cree, así es la fe que cada cual tiene. Por eso Pablo nunca pudo hablar de la fe como Jesús habló de ese asunto. Para Pablo, la fe no relaciona con el "otro mundo". La fe que presenta Jesús nos mete de lleno en "este mundo". Se dirá que lo uno es compatible con lo otro. Es más, que lo uno es complementeario de lo otro. Y es verdad. Pero no es lo mismo sibirse al cielo y, desde la otra vida, mirar a la tierra y organizar esta vida, que meterse de lleno, encarnarse, en el espesor y hasta en la dureza de esta vida y de esta tierra. Y desde aquí, a fuerza de generosidad y persevenrancia, hacer soportable este mundo, con la esperanza de que (si todo esto es cierto y desde nuestras dudas y oscuridades) Dios nos concederá la plenitud de vida que anhelamos.
Es "peligroso" pretender organizar "esta" vida desde la "otra" vida. Yo prefiero esperar en la "otra" viviendo con honradez (en cuanto eso me es posible) en "ésta". Porque ya estoy cansado y escandalizado de quienes se ven a sí mismos como portavoces de los designios divinos. Y así, desde las verdades y decisiones absolutas de la otra vida, no dudan en complicarle esta vida a mucha gente.
Insisto: según es el Dios en el que uno cree, así es la fe que tiene. Y así es también la vida que vive.
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