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El pequeño debate de estos días en este blog, en torno al complicado tema de la verdad, nos puede llevar a una discusión interminable, que vendría a ser como “el cuento de nunca acabar”. Por eso, me parece conveniente hacer algunas indicaciones que espero nos venga bien a todos tenerlas en cuenta.
Ante todo, para las personas a quienes les preocupa la ortodoxia doctrinal, por fidelidad al magisterio eclesiástico, supongo les podrá venir bien saber que la Jerarquía de la Iglesia nunca ha definido dogmáticamente en qué consiste la verdad, ni cómo los cristianos tenemos que entender la verdad. Y, menos aún, jamás se ha elaborado un concepto oficial de lo que es la verdad, es decir, una definición de la verdad a la que todos los católicos tengan que atenerse. Llevo más de medio siglo dedicado al estudio y enseñanza de la teología; y jamás he oído hablar de esa presunta “definición oficial” de lo que es la verdad.
Si, del ámbito de lo dogmático, pasamos al terreno del análisis histórico, lingüístico, bíblico, religioso, filosófico, científico, etc. de lo que se puede, se suele o se debe entender como “verdad”, entonces, nos encontramos con tal diversidad y hasta multitud de conceptos, que resulta casi imposible enumerarlos y, mucho más, analizarlos. Y no digamos, si lo que se intenta es llegar a un consenso o enunciado comúnmente aceptado. Nunca ha existido eso. Y creo que nunca existirá.
Estando así las cosas, me parece acertada la propuesta que, ya en 1778, hizo G. Lessing: “El verdadero valor de un ser humano no viene determinado por su grado de posesión, supuesto o real, de la verdad, sino más bien por la honestidad de su esfuerzo en pos de alcanzarla. No es la posesión de la verdad, sino más bien la búsqueda de la misma, lo que ensancha su capacidad y donde puede hallarse su siempre creciente perfectibilidad. La posesión nos convierte en sujetos pasivos, indolentes y orgullosos. Si Dios ocultara toda la verdad en su mano derecha y en su izquierda no escondiera más que el firme y diligente impulso para perseguirla, y se me brindara la oportunidad de escoger únicamente entre una de las dos, tomaría con toda humildad su mano izquierda, aun con la condición de errar siempre y eternamente en el proceso”.
Finalmente, a quienes sugieren que se limiten las posibilidades de entrar en el blog, les agradezco su sugerencia, pero prefiero correr el riesgo de equivocarme, antes que incurrir en el despropósito de impedir a nadie (sea quien sea) que pueda expresar lo que piensa, con tal que lo haga siempre con el debido respeto a los demás.
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