El cardenal primado de México opina sobre la “deserción” actual en la Iglesia Cardenal Aguiar: "Necesitamos una nueva evangelización, mediante la sinodalidad y desde una iglesia misionera"

Cardenal Aguiar
Cardenal Aguiar

"El Vaticano II terminó con una gran esperanza pero, lamentablemente, a los pocos años después, se generó una polarización intraeclesial entre tradicionalistas y reformadores y, con la división, se perdió la oportunidad de hacer fecundo el dinamismo proyectado por el Concilio"

"Hoy pagamos las consecuencias de la siempre lamentable división interna de la Iglesia institución, que no acaba de sanar"

"La crisis de la familia, que al romper con frecuencia el vínculo de la fidelidad, también la familia se vuelve incapaz de transmitir la fe; se pierde así a la principal y fuerte instancia social transmisora de la fe católica"

"Es indispensable que los fieles católicos aprendan a escuchar la Palabra de Dios de manera personal y en pequeñas comunidades, donde compartan su respuesta"

En la actualidad hay una creciente preocupación por el abandono incesante de católicos en la iglesia que ha suscitado muchos interrogantes y muchas reflexiones  en los últimos tiempos sobre las causas que provoca esta desbandada o ”deserción”, que puede calificarse de preocupante.

 Yo mismo he abordado este tema en mi último libro: ¿Pueblo mío, a dónde vas?, (Editorial: Nueva Economía Social) intentando  buscar algunas causas y sugerir alguna que otra propuesta, desde la humildad de mi análisis y, sobre todo, desde los más de treinta años de trabajo pastoral en la iglesia en muchos y variados frentes.

 Con esta preocupación, me acerco virtualmente al cardenal de México, don Carlos Aguiar Retes, hombre cercano y renovador, para hacerle algunas preguntas sobre este tema tan actual e interesante.

PREGUNTA 1

A) ¿Cuáles son las causas de esta “deserción”?

RESPUESTA:

1 La fractura cultural producida por el cambio de época.

Indudablemente en la segunda mitad del siglo XX hemos vivido un cambio de época, previsto desde los inicios de ese siglo, por las corrientes de pensamiento, como lo visualizó José Ortega y Gasset en sus lecciones “En torno a Galileo”, o por la novela del sacerdote Robert Hugh Benson, “Señor del mundo”. Cambio que asumió y profundizó el Concilio Vaticano II y que planteó la indispensable reforma eclesial para afrontar un fenómeno, que iniciaba con desconocimiento de las graves y profundas consecuencias que traería, y que las aceleró el desarrollo de las tecnologías de comunicación, a partir de los años noventa.

En cuanto a la Iglesia, el Concilio Vaticano II terminó con una gran esperanza pero, lamentablemente, a los pocos años después, se generó una polarización intraeclesial entre tradicionalistas y reformadores y, con la división, se perdió la oportunidad de hacer fecundo el dinamismo proyectado por el Concilio Vaticano II, para edificar la Civilización del Amor, planteada por San Paulo VI, y concretada por San Juan Pablo II como Nueva Evangelización. Hoy pagamos las consecuencias de la siempre lamentable división interna de la Iglesia institución, que no acaba de sanar.

Familia

2 La crisis de la familia.

Después del puritanismo alcanzado en el Siglo XIX, propiciado por las infidelidades matrimoniales consentidas en la intimidad, pero negadas en la formalidad de la apariencia social, y llegados los aires del liberalismo moral, trajeron lenta pero intensamente el deterioro de la vida íntima en las relaciones sexuales y la prioridad que han ido asumiendo los cónyuges sobre su capacidad de convivencia, por encima de la grave responsabilidad de ser cuna de amor para sus hijos.

Cuando un niño no ha experimentado ser amado, llega a la crisis de la adolescencia con una grave herida para afrontar su identidad y para desarrollar su capacidad de donación y servicio al prójimo. Queda así el adolescente relativamente ciego para discernir la indispensable confrontación entre el egoísmo y el amor y poder esclarecer que el amor genera vida y auténtica felicidad, mientras que el egoísmo provoca división y esclavitud a las tendencias dominantes.

3 La fractura de la transmisión de la fe.

Cuando reconocemos que la característica fundamental del cambio de época es la fractura cultural, consistente en el rompimiento del consenso de valores, que provoca el deterioro de la conducta social, entendemos que una sociedad, por más católica que históricamente haya sido, se vuelve incapaz de ser transmisora de los valores evangélicos, ya que ha quedado roto el consenso de los valores que sustentaba esa cultura. Y agregada la crisis de la familia, que al romper con frecuencia el vínculo de la fidelidad, también la familia se vuelve incapaz de transmitir la fe; se pierde así a la principal y fuerte instancia social transmisora de la fe católica.

Aguiar
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PREGUNTA 2:

  1. B) ¿Cómo debería la Iglesia institución reaccionar ante dicha deserción?

RESPUESTA:

El camino que resta para que la Iglesia transmita la fe es la Nueva Evangelización, nueva en su ardor mediante la espiritualidad de la comunión, nueva en su método mediante la sinodalidad, y nueva en su expresión mediante una Iglesia misionera, una Iglesia en salida a los diferentes foros de la sociedad, priorizando en su acción misionera, los ambientes con mayor deterioro humano. Es así como la Iglesia será capaz de ofrecer un testimonio creíble y atractivo, que facilite el anuncio gozoso de la Buena Nueva, que ha traído Jesucristo Redentor.

PTEGUNTA 3: C) ¿Qué actitudes debería promover la Iglesia para evitar la deserción de sus miembros?

RESPUESTA:

Es indispensable que los fieles católicos aprendan a escuchar la Palabra de Dios de manera personal y en pequeñas comunidades, donde compartan su respuesta. De la escucha y respuesta a la Palabra de Dios hay que pasar al indispensable discernimiento de propuestas y posibles decisiones para colaborar en el desarrollo de condiciones sociales que favorezcan la vida digna de los propios conciudadanos; y abiertos a las necesidades más allá de nuestras fronteras de acción directa, cumpliendo el mandato de Jesús de transmitir la Buena Nueva de la presencia del Reino de Dios en medio de nosotros. En otras palabras, hay que poner en práctica los principios de la Doctrina Social de la Iglesia: común dignidad de la persona, prioridad del bien común, solidaridad, subsidiaridad, cuidado de la naturaleza (Casa Común), y promover la búsqueda creciente y constante de la Verdad, de la Justicia y de la Paz.

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