Para esa noche mágica Mi carta a los Magos

Siete peticiones  a los Magos y un deseo apremiante.

Ahora que ya nos hemos librado del barbudo venido de lejos, Papa Noel, es el momento de escribir mi carta a los Magos, que nunca se dijo que fueran reyes, que son más míos, más de siempre, y van asociados a los mejores momentos de mi infancia, donde Papá Noel era un perfecto desconocido.

¡ Y eso que los Magos a mí nunca me trajeron grandes cosas porque eran tiempos de escasez en mi casa y los Magos, entonces, eran bastante elitistas, porque traían muchas cosas  a los niños ricos y más bien pocas a los niños pobres como era mi caso!

 Pero jamás podré olvidar que en un año de mi infancia pude ver personalmente a los Magos, en mi iglesia parroquial, donde estábamos todos los niños del pueblo reunidos con nuestros maestros. Y comenzamos a oír cómo los Magos iban pronunciando, uno a uno, nuestros nombres y cuando nos acercábamos al altar nos daban un abrazo y nos entregaban un paquete con nuestro nombre que abríamos de inmediato. Era difícil esperar tanto tiempo hasta volver a casa.  Allí descubrí que había niños más buenos que yo a los que lo Magos les traían más regalos que a mí. Pero también descubrí que algunos niños del pueblo ni siquiera iban a la iglesia porque no había ningún regalo para ellos.  Cuando crecí un poco entendí que los Magos eran injustos y dejé de creer en ellos, mucho antes  de que me dijeran mis amigos en la escuela que los magos eran los padres. No fue para mí ningún trauma. Algo me decía que los Magos no podían ser tan malvados. Pero reconozco que en aquellos años la felicidad y la emoción de la fiesta de los Magos superaba cualquier expectativa. ¡Qué poderosos eran los magos!

Recordando  aquellos años tan felices de mi infancia, de zapatos tan vacíos y de cariño sobrado en mi casa, quiero volver a escribir hoy mi carta a los magos, sin tanta ingenuidad pero con más emoción y esperanza, si cabe, que entonces.

 Si ayer los Magos traían ilusión hoy pueden traernos cordura y madurez desde la fe que no es irracional pero sí razonable. Hemos crecido y madurado mucho –o hemos envejecido-  y hoy nuestros regalos tienen que ver más con nuestros compromisos y nuestro deseo de una iglesia mejor, más madura, más profética, más cristiana, más encarnada  menos ideológica y menos gloriosa. Más de Cáritas y menos de palio, más profética y menos inquisidora y más crítica consigo misma. Donde no sea tanta noticia que el obispo Novell  se haya casado porque se ha enamorado sino que un joven misionero como mi amigo el P. Tomás García Martín- Moreno, mercedario y paisano mío, esté sacando de la calle y de la posible prostitución a muchos niños y niñas en las zonas más desfavorecidas de la República Dominicana, gracias a la Fundación “La Meced-Niños limpiabotas” que ha logrado cautivar incluso a la ONG “Manos Unidas” y está dispuesta a apoyar alguno de sus proyectos en aquel país.

Queridos Magos:

 Desde la inocencia que aún me queda, porque el Evangelio es inocencia pura y creo en él apasionadamente, os pido, majestades, que me traigáis los siguientes regalos para mi iglesia, que son también para mí:

1 -Quiero un iglesia abierta de puertas y ventanas para que esté bien ventilada y no se acomode en ella el virus de la resignación y de la mirada negativa porque somos menos y mayores y los jóvenes nos miran de soslayo como si fuéramos harina de otro costal. ¿O es que lo somos y no lo vemos?

2 -Quiero una iglesia sinodal en torno al papa Francisco, que camina insegura como él pero con las ideas claras en un proceso firme de renovación que no tenga marcha atrás. No quiero una iglesia clerical y autoritaria que tantos rechazos genera y donde todos no se sienten convocados. (¡Y hacen bien!

3 -Quiero  una iglesia con menos púrpura, menos mitras barrocas y báculos, menos puntillas  y más una iglesia en salida con pectorales de madera y vestida como Dios manda.

4 -Quiero una iglesia que se mira menos a sí misa y más hacia el Reino y hacia los pobres, sin utilizarlos para ganarse buena imagen de caritativa como estamos viendo no pocas veces.

5 -Quiero  una iglesia donde haya cada vez más participación de todos a la hora de escoger mujeres para cargos de alta responsabilidad y los obispos no se elijan a dedo sino con la participación o, al menos, la opinión del pueblo de Dios en estos tiempos de comunicación tan exquisita.

6- Quiero una iglesia donde todos quepan en la mesa de la fraternidad y la fracción del pan, sean como sean y piensen como piensen, porque el Maestro no vino para los sanos sino para los pecadores. Donde seamos más puros y menos puritanos.

7 -Quiero una vida consagrada que se distinga por su renovación evangélica y su simbolismo pequeño como la luciérnaga. No una Vida Religiosa que se cree renovada porque renuncia  a la dimensión contemplativa, ese tesoro del que han dicho maravillas los papas y el magisterio de la iglesia y que ahora algunos cuestionan con la disculpa de servir mejor  a los pobres. ¡Como si la vida contemplativa, sin dejar de serlo, no ha servido a los pobres como nadie! Una vida contemplativa menos de focos, personalismos y titulares y más de oración, silencio y recogimiento interior en la presencia escondida de Dios. Una vida contemplativa que llene de razón, porque la lleva, aquella frase feliz de fray Luis de León: “Dichosos los que huyen del mundanal ruido y sigue la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido”

 Y como me sucedía de pequeño, que solo me traían un regalo de  los muchos que pedía, si vais a traerme solo uno que sea el número 6 que con él vendrán todos los demás.

    Muy agradecido.

NOTA. Os pondré una taza de agua para los camellos.

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