La fe del carbonero

La fe del carbonero
La fe del carbonero | Archisevilla

He estado en París no hace mucho tiempo. París, la capital del país más descristianizado de Europa, según decían algunos. Un domingo me acerqué a misa en una parroquia moderna, muy cerca de la torre de Eiffel, la iglesia católica Saint Pierre du Gros Caillou, una iglesia sin bancos, sólo con sillas individuales. Me sorprendió verla, llena de fieles y con la presencia de muchos jóvenes. Me pregunté si sería cierto eso de que la fe está creciendo en Francia de manera exponencial, algo que una gran mayoría de sacerdotes españoles con los que he comentado este tema no se lo creen.

Lo cierto es que había muchos jóvenes y familias con sus niños y se desmoronó en mí ese prejuicio que tenía de una Francia atea y fría en lo que a la fe católica se refiere y en cuanto al tema religioso en general. Allí había una comunidad viva y cercana a su párroco algo que pude notar cuando al acabar la Eucaristía el celebrante salió a la puerta de la iglesia y fue saludando uno a uno a cada uno de los feligreses y dedicándoles unas palabras de ánimo y de buenos deseos para el domingo. Se respiraba un ambiente de confianza que ya quisiera yo para muchas parroquias españolas. Mientras esperaba para el comienzo de la eucaristía pude observar a una mujer, relativamente joven, que se acercó a un lampadario para echar una moneda y encender una vela eléctrica y lo hizo con tanta devoción que suscitó en mi admiración y cariño. Era la expresión más pura de la llamada fe del carbonero ¡Ay, pensé, cuántos teólogos y eclesiásticos, yo entre ellos, no tienen esta fe tan arraigada y limpia como la de esta mujer a pesar de sus muchos estudios teológicos y su raciocinio!

Y la envidié sanamente porque esta fe es la que yo he vivido en mi casa desde niño y sigo disfrutando en la vivencia creyente de mi madre con más de noventa años. Ella duerme con su rosario en sus manos y coge el sueño entre avemarías. ¡Dichosa ella! La fe del carbonero, tal vez no sea la fe más trabajada y elaborada pero tiene un valor infinito a los ojos de Dios y debería tenerlo a los ojos de la Iglesia. Confieso que me molestan los sacerdotes que no valoran la religiosidad popular en orden a instaurar una visión y vivencia de la fe más teológica y profesional y luchan contra ella, que los hay. El respeto a la religiosidad popular es el principio de una auténtica evangelización. Dicen que en un ocasión un alumno sorprendió al gran teólogo alemán, Karl Rhaner, gran cruz del mérito con estrella de la orden del mérito de la orden de la República Federal alemana, cuya teología influyó notablemente en el Concilio Vaticano II, quien afirmó que “los cristianos del siglo XXI o serán místicos o no serán cristianos”.

Rhaner y Kung
Rhaner y Kung

El teólogo estaba encendiendo una vela en un lampadario de una iglesia y el alumno fue a pedirle explicaciones por esa fe tan rudimentaria del carbonero que no se correspondían con las altas lecciones tan profesionales y “científicas” de la fe que él explicaba en la facultad de Teología de Friburgo. Y el gran teólogo jesuita le respondió: “Déjalo así por si acaso”. Me parece una anécdota muy significativa de lo que es la auténtica fe. Porque el que es fiel en lo poco es fiel en lo mucho. Me recuerda al momento en que visité a mi amigo Mario Sanz del Castillo en París, hace ya unos diez años. Me pidió que le acompañara en un momento trágico y me envió el billete del avión por mail, porque estaba internado en Los Inválidos por culpa de un cáncer de coxis; uno de aquellos días él pidió permiso al médico para poder salir un día conmigo por Paris y le fue concedido. No fuimos a ver la grandes obras arquitectónicas de la ciudad sino que nuestra ilusión fue -y así lo hicimos- acercarnos a la iglesia de santa Genova, patrona de París, a pedirle por nosotros, por él por su salud del cáncer y por mí por mi recuperación, entonces yo estaba recién operado también. No hicimos grades oraciones solemnes sino que encendimos una vela cada uno. Yo por él y él por mí delante de la imagen de la virgen, santa Genoveva, patrona de París y recuerdo ese gesto como uno de los más entrañables de mi vida. Lo quiero tanto a Mario que puse en aquel aquel gesto toda la fe de la fui capaz. Hoy los dos estamos muy recuperados y no sería capaz de decir que no tuvo nada que ver aquella vela ante santa Genoveva, que los dos encendimos con tanta fe y emoción. “Déjalo así por si acaso”, como decía Rhaner.

Acabo de estar en Madrid en la Feria del libro y he visto cómo la ciudad se está transformando para recibir al Papa León XIV el día 6 de este mes de junio. ¡Ojalá todo este gran despliegue de medios materiales sirva para que seamos confirmados en la fe y en la esperanza y no sea solo un fuego artificial que se queda en nada después de la explosión! Si en verdad hay un renacer de la fe entre los jóvenes que esta visita lo empuje y lo anime y nos anime a todos a cambiar nuestros esquemas caducos y, sobre todo, a superar los pecados personales y estructurales que tanto escándalo han producido en la comunidad humana y nos haga avanzar por caminos de mayor tolerancia -vivimos tiempos muy plurales y polarizados y aderezados con grandes dosis de ternura -parece que se nos ha olvidado ya lo de la revolución de la ternura- para con todos, todos, todos.

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