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¡Adiós al frentismo!

adios al frentismo | Ayuntamiento de Limoge

Era postrera rabia izada, eran de los últimos puños lanzados a los cielos. “Encara hi ha combat…”, proclamaba el cantautor Lluis Llach en el 74. “Compañeros, si sabéis dónde duerme la luna blanca, decidle que la quiero, pero que no puedo acercarme a amarla, porque aún hay combate…». 

Trataron de acabar a la brava con la “luna blanca” y su sueño de un nuevo mundo de justicia, solidaridad y libertad. El “frentismo” se manifestaba todavía inevitable. Manifestaba su razón de ser hasta no hace mucho, pero ya en nuestro presente y entorno deja de ser el caso. Aquello era antes del tiempo de las “Danas”, antes de que los aguas jugaran con los coches y el fuego tornara cenizas nuestros preciados bosques… "Había combate"antes de que la entera vida empezará a correr peligro sobre la tierra, antes de que surgieran adversarios comunes, desafíos planetarios, retos de orden global. 

La hora apremiaba y no se hallaba en realidad otra salida. Lo había expresado antes con claridad y rotundidad aquella libertaria que se avino a participar de la “alta política”. La primera mujer ministra española, Federica Montseny, proclamó en "Unión Radio" de Madrid en agosto del 36: “Ya no somos republicanos, socialistas, comunistas, anarquistas…, ahora somos todos antifascistas.”

Los "frentes populares" eran antes, cuando no había otro remedio, cuando asomaba la noche cerrada en cualquiera de sus múltiples formas. Entonces "el combate", la barricada estuvieron justificados. La Europa de los años treinta se vio sacudida por la amenaza de un autoritarismo sumamente violento al servicio de las clases dominantes. Había que echarse a la calle, hacerle frente al fascismo, al nazismo, al franquismo rampantes con sus mismas armas, pero ya no es el caso. Por más que la extrema derecha esté ganando importantes posiciones en los gobiernos de América y Europa, nadie se va a echar al monte. Vox no lleva revólver en cinto, por más que su entrada en el gobierno represente un considerable retraso en materia de libertades y conquistas sociales. Esos progresos será necesarios defenderlos con la fuerza del argumento y la ilusión contagiante.

Más que hora de frentes, es momento de superar el paradigma de la confrontación. Más que “frentes amplios”, es llegado el tiempo de “consensos amplios” para atender juntos a los grandes problemas globales que tenemos delante. Vox no tiene a su vera ninguna fuerza paramilitar, no desean, al día de hoy, romper las reglas del juego democrático. La pureza y coherencia de nuestras convicciones y valores son los que están llamados a restarle base electoral. 

La inercia de la historia sigue impidiendo el imprescindible reciclaje. Ya no combatimos contra nadie sino contra los veranos que acaban con el oxígeno, contra los huracanes que nos visitan con demasiada asiduidad. Hoy el frentismo nos polariza gratuitamente. La confrontación permanente con la extrema derecha puede, además, terminar haciéndola más fuerte. Es preciso hacer de la política un ejercicio didáctico, constructivo y esperanzado. El frentismo está acabando con la convivencia. El grado de confrontación al que se ha llegado en la Asamblea de Madrid, en las propias Cortes Española son claro ejemplo de ello.

Es preciso ganar crecientes porciones de ciudadanía en la lucha contra el cambio climático, es preciso abaratar los precios de las viviendas, combatir juntos el hambre y la pobreza, difundir cultura de paz, de armonía entre las naciones y multilateralismo… pero para atender con éxito esos desafíos los “frentes” no ayudan. La Italia, la Francia, la España insumisas… han de comprender que no “podemos” seguir en la línea de la dura confrontación. La izquierda debe sacar de su bolsillo el mechero pirómano. Torres como la de Limoge sigan cantando las horas. No tanto trabajar para impedir que avance "el lobo", sino para conseguir que nuestros ideales, los objetivos llamados a ser de la entera comunidad, progresen. Una política verde y de progreso, capaz de escuchar, resolver y ofrecer horizonte sostenible puede restar con más eficacia apoyos a las fuerzas involucionistas. 

Es preciso suscitar anhelo solidario, auspiciar el ideal de la fraternidad humana en detrimento del “sálvese quien pueda…” o del progreso exclusivo de los “míos”. A estas alturas no hay salvación de las partes, ya de clase, de nación o religión. Hemos alcanzado un punto en que nos salvamos o nos condenamos todos. Para ese reto impostergable, sustantivo, prioritario no daremos a nadie por perdido, no dejaremos a nadie fuera.

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