Andén del desamparo
La huelga de ferroviarios del pasado día 11 de febrero como excuso para elevar un clamor en favor de una solidaridad más extensiva y universal.
Los vagones de nuestro Alvia procedente de Coruña se fueron vaciando. Cerré el libro que me mantenía fuera del mundo y sus raíles y temí lo peor. No daba crédito a que me habría de separar de ese confortable asiento calefactado. El tren no continuaba. De repente nos vimos desamparados en una ciudad desconocida, Ourense, sin saber qué hacer. Eran las nueve de mañana del 11 de febrero. Llovía a mares y hacía frío.
He tardado dos días en llegar a mi hogar en la Navarra profunda. He debido bajar a Madrid y pernoctar en otra ciudad. Cuatro trenes, dos autobuses, pata y coche de por medio. Me dicen que Renfe asumirá gastos… Algunos sindicatos minoritarios optaron por seguir con la huelga de ferroviarios, pese a que la inmensa mayoría de los trabajadores daban por buenos los acuerdos alcanzados con el Ministerio de Transportes.
Quiero creer que el maquinista que nos dejó colgados en Ourense vivió, siquiera puntualmente, algún escozor de conciencia, que le quemaban las llaves del tren en su bolsillo, que en algún momento en la taberna en la que malgastaría la jornada visualizó un andén vacío y colmado de almas desamparadas. El problema de nuestra civilización no es tanto este o ese otro gobierno, sino la terrible filosofía tan extendida del “sálvese quien pueda”. Mientras que no nos acordemos del otro, de sus maletas, de su tiritar, de su desamparo y sólo pensemos en nuestros intereses y los de “los nuestros” habrá poco que hacer. Mientras que no ganemos en conciencia colectiva, en “interser” (Thich Nhat Hanh), en ser junto a los demás, el futuro no podrá alborear. La solidaridad habrá de tornar más universal, no se deberá limitar a los de mi exclusivo vagón o particular afán.
Para los viajeros del frustrado Alvia ha sido una prueba puntual de tolerancia y paciencia, pero hay muchos que siguen en ese andén del desconcierto, que no acarician el cartón de ningún billete, que no les alcanza para coger ninguna pensión en ningún barrio, que no saben en realidad a qué tren apuntarse cuando finalice la huelga, pues desconocen si habrá algún lugar en el que serán acogidos.
Antes que la ideología que confronta están los principios que aúnan, los valores universales de la empatía, la amabilidad y la solidaridad. Estas letras son por supuesto para los sindicatos que nos dejaron abandonados, que levantan puño pero cierran y hasta qué punto corazón. Son también defensa de las políticas que no dejen abandonados a nadie, reivindicación de que no haya ningún andén de gente desconcertada, desasistida, para que cada quien goce de asiento confortable y calefactado rumbo a su destino.