Especial Bergoglio: un año después
Vuelve a ver el webinar-homenaje al Papa Francisco

Prioridad humana: vencer nuestros prejuicios, salir al encuentro del desconocido, compartir velada, embebernos de lo nuevo.

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678377037_10163203075077379_2314421212395221987_n | cocina gallega

El ganado manda y la vida en la granja es muy atada. La abuela no pudo ir a la “jura de bandera”, ni de su hijo, guardia civil; ni de su hija, policía nacional. Debía cuidar las dieciséis vacas. En realidad, nunca toma vacaciones. No termina de descansar ni siquiera de noche. Ha de estar presente cuando las más preñadas traen terneros a esos establos de techo de uralita y mares de purín de por suelo. 

La madre, que no viaja más allá de la Galicia profunda, invita a cenar a los viajeros. La mesa de mármol está a uno y otro lado de la cocina “bilbaína” de hierro fundido. El vino se calienta por eso antes de llegar a la garganta. Lo mejor de su país y huerta llenará nuestros platos. Si mata a su gallina, habrás de “pecar”, dejar de ser por esa noche el raro vegetariano. Quisieras que esa velada, tan diferente de las habituales, no se acabara…

La geografía es ajena, la compañía también diferente. Los valedores de la ley están desprovistos de todo uniforme junto al resto de la familia. El licor también es de casa y fuera sopla un viento frío de primavera. Discurre larga y amena la conversación y mientras nosotros estamos viajando. Estamos volviendo de nuestro pasado airado, para refugiarnos en esa cocina que termina de quemar nuestros caducos esquemas mentales. Nos determinaremos a salir con el corazón más abierto.

Al entrar en ese “santa santorum” familiar, se imponía descalzarse, quitarse del barro de los caminos, sobre todo desnudarse de cualquier residuo de historial combativo. Cuesta renunciar a la memoria, pero tampoco es preciso llevarla a cuestas a todas partes. A veces necesitamos vaciarnos un poco de nuestra propia identidad para nutrirnos con otras. 

Nos estuvimos castigando durante décadas con la mutua incomprensión. Deberíamos viajar más, calentarnos junto a otros fuegos, saber de sus desafíos diarios, de los piensos que suben y de los antibióticos que hacen tan presente al caro veterinario. Deshaciendo en mi paladar la blanca carne constaté que ya hace tiempo que no existen “los cuerpos represivos”, ni nada que se le semeje. Si hubimos de gritar un día por su "disolución" debió ser ya en otra vida. En su lugar está una madre joven en baja maternal, que trata de ubicarse en la gran ciudad, de luchar contra “la morriña” tras dejar atrás, en medio del inmenso y empapado verde, a la valiente abuela sola con todo el ganado…

Aún con su marcado acento gallego, disponíamos de un idioma común para entendernos. Pese a nuestras culturas diferentes, llegamos a desear que la madre se hubiera puesto sus mejores galas en la hora en que sus hijos besaron bandera. Me sorprendió con la naturalidad con la que hablaban de un acto que en nuestra órbita es visto con recelo, cuando en realidad todos los algodones y sus patrias pueden ser besados e invitan a la rendición. En el largo camino hacia las patrias reunidas sobra cualquier menosprecio. 

“Prioridad humana”, de forma que con el puchero o la sartén podamos expresar y ofrecer lo mejor de nosotros mismos. Quisiéramos entrar en las cocinas gallegas, catalanas, andaluzas..., por supuesto marroquíes, cubanas, colombianas…, dejar de ser los raros que sólo comen con los suyos. No sé si nos lo sugirió el fuego del orujo o el candor de la leña: todo eso de sentirnos separados fue una ficción. Ahora estamos recuperando el tiempo perdido, buscando hogares templados y con bombilla encendida en mitad de la noche. 

“Prioridad” en el ensayo de otras salsas, otras recetas, otras formas de cocinar el ave sentenciada. Teníamos que haber puesto antes de por medio una mesa y matado gallina. La “prioridad nacional” es vencer nuestros prejuicios, salir al encuentro del desconocido, compartir velada, embebernos de lo nuevo. La prioridad es aprender otros cantos, dejar el “Boga-boga” para el final, si es preciso para la medianoche. La distancia que estamos superando sólo sirvió para tomar conciencia de su absurdo, del frío que puede llegar a hacer en las noches de primavera, de lo ignorantes que podemos convertirnos si no llegamos nunca a entrar en la cocina extraña. “Avoa” dejará a las vacas parir solas, se pondrá su traje solemne para ir a futuras ceremonias. “Juraremos” juntos por el día en que todas las banderas e identidades se reúnan, sin “prioridades”, ni exclusión alguna.

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