La soga olvidada. La libertad duradera nace del despertar interno del propio pueblo iraní.
Antes de que se desatara la furia del imperio sobre Irán, una soga pendía junto a Saleh Mohammadi, el joven de dieciocho años que había sido detenido el pasado 15 de enero de 2026 en Qom cuando las rabiosas protestas contra el régimen. Los oscuros ayatolás se disponían a ahorcarle. Junto a él había otros catorce luchadores de la libertad que aguardaban el cruel ajusticiamiento. Era inevitable pensar que cuando los misiles comenzaron a volar por aquellos cielos, podrían devolverles la vida, alejar de ellos la salvaje soga.
Llegamos a pensar que la dictadura criminal de los clérigos bien podía necesitar un último empujón, aunque la ofensiva no fuera de fuerzas para nada ejemplares. Llegamos a considerar que la brutal arremetida de Israel y los EEUU podría tener también que ver, siquiera en pequeña medida, con la salvaguarda de los derechos humanos. Sin embargo, había muy poco o nada de eso. En la mente de los señores de la guerra resta poco espacio para la sencilla humanidad. La agresión a gran escala que contemplamos en directo en los medios va más bien de exhibir músculo, de afirmar poderío, de hundir rivales a cualquier precio.
De repente las sentencias ya se han firmado y ejecutado, no la de Saleh y los otros luchadores. La muerte se ha cebado en otros súbditos. Van por más del millar de muertos en Irán, entre ellas las ciento setenta y cinco escolares de Minab, en la provincia sureña de Hormozgan. En Beirut otra vez sirenas, destrucción y escombros. Entre todo ello también ya dos centenares de cadáveres.
Seguramente Saleh Mohammadi ahora respire algo más tranquilo, pero el dolor se ha multiplicado y sólo es el comienzo de una nueva y terrible guerra. En realidad, no sabemos qué ha sido de la despiadada soga. Ni siquiera nuestro hábil espía “Chat Gtp” da cuenta de ella. ¡Ojalá no haya debido ahogar a ningún valiente! ¡Ojalá los ayatolás entretenidos en parapetarse se hayan olvidado de la muerte que querían infligir a los héroes del aún prometedor Irán libre!
¿Qué es lo que ocurre cuando los pueblos enfrentan, durante largo tiempo y sin progreso aparente, regímenes criminales, cuando los valedores de la dictadura no ceden, cuando los civiles caen por miles y miles porque su crueldad no tiene límites? Es cierto que la emocionalidad se desata y quiere ver las calles de Teherán festejando la libertad, pero la mente, siempre más cauta, nos hace conscientes de las eventuales y peligrosas consecuencias de soluciones rápidas con decisivo concurso ajeno.
Si por lo menos el presidente de los EEUU evocara derechos humanos en Irán, alguna pista sin exceso de baches le podíamos ceder, algunas alas le podríamos permitir desplegar, algo de gasolina le podríamos prestar..., pero tristemente no parece sea el caso. Esta guerra terrible de machos de lejano desierto, de capricho por la hegemonía en ese castigado Oriente, no termina de ganar nuestros corazones.
A la postre quizás resulte que el nacionalismo español que, por razones históricas, tanto nos costó plenamente abrazar, nos lo pretende inculcar ahora el propio Trump. Sus aviones militares, que rumbo al conflicto desatado, no permitimos despegar de nuestro suelo, nos invitan a un cierto y muy discreto orgullo patrio.
La libertad duradera nace del despertar interno del propio pueblo. Las potencias externas pueden ayudar, pero no imponer. Los pueblos han de forjar su mañana, sacar a sus propios dictadores. Están llamados a tomar las riendas de su futuro, a derrocar a sus propios tiranos. Las libertades han de conquistarse a pulso, por alto que sea el coste. El "Rugido del león" se desató en medio de la selva de Oriente Medio, pero por duro que semeje, no parece la fórmula más apropiada que otras potencias liberen al pueblo oprimido. Es difícil sacarlas de su propia, interesada y anestesiada agenda.
“No a la guerra” abierto y acogedor, sin réditos, ni reojo electoral; sin necesidad de ubicar el anhelo en ningún mapa político. “No a la guerra” brotado de las entrañas sin necesidad de interpretación en clave nacional. “No a la guerra” no es una sólo una chapa ornamental sobre un vestido de seda de Dior, un interés puntual, un alarde calculador. Es exigente compromiso interno, primer paso hacia una coexistencia y tolerancia imprescindibles. Es un suspiro del alma agotada por una violencia ancestral. Representa nuestro siguiente estadio evolutivo, la nueva tierra en la que por fin no dirimamos nuestros conflictos a sangre y fuego.