Sudaré mi camiseta
Será que el arrebato poco patriótico viene de cuando nosotros también hemos sido nadie, de cuando no hemos tenido patria, ni hogar; de cuando de jóvenes hemos vagado por calles extrañas y envidiado el fuego de otros salones tras el cristal impenetrable…
Sí, "Todos somos Ceuta", pero venimos de pasar la noche en vela sobre su duro alquitrán. Nuestros pies están quemados de pisar ese ardiente asfalto. Nosotros también queremos ser las greñas, la piel sin jabón, el ojo despierto en medio de la oscuridad, el agujero del estómago, el horizonte sin clarear... También queremos ser Ceuta, aunque digan que nos acercamos a robar y vengamos del desierto, aunque nuestra tez sea más morena y el agua bautismal no haya rociado nuestra cabecita recién asomada… Argüirán, no sin razón, que desatamos fácil, cómoda y alejada literatura, pero no podrán contestar su pequeña cuota de lacerante verdad. Tú seguías siendo mi otro yo aunque durmieras a la vera de mi portal y te asearas en la fuente de mi plaza. Hemos visto caer suficientes noches cargadas de incertidumbre y por ello la mínima solidaridad obliga.
Aún desconocemos hasta dónde medrará la crisis. Ceuta ha ocupado ancha geografía, se ha ido agrandando de día en día, traspasado sus fronteras de agua y arena. Ha confrontado sensibilidades, tomado innumerables titulares. La ciudad autónoma desborda las fronteras de fuera, los continentes de adentro. Nos interroga sin focos en lo más íntimo. Gradúa nuestro dar y conservar. Interroga nuestro Occidente acomodado. Nos desplaza de nuestro hundido sofá. Ceuta no sólo era muga contestada, disputa entre nacionalismos, era también linde de algo más sencillo y cotidiano, separación entre vigilia y sueño, entre firme cerrojo y elemental acogida.
"Todos, todos somos Ceuta", pero en la ciudad católica, apostólica y romana conviene recordar que el Nazareno nos exhortó a una fraternidad sin límites. Al día de hoy no conocemos asteriscos, ni letra pequeña, ni excepción en el sagrado evangelio de Jesús. Ceuta suscita diferentes resonancias, pero quizás éstas, en su expresión más abierta, flexible y generosa, podían encontrarse y no disputarse, complementarse y no confrontarse.
Progresemos en los acuerdos de mínimos, en los consensos indispensables. Cuanto menos pasaje a la península para las quinientas chicas, lecho blando al final de la jornada para ellos. Nadie debiera impedir que 1.800 hermanos migrantes sueñen hermoso, descansen en cama. Salga el sencillo colchón, el mínimo techo de la disputa banderiza. Hay derechos y sueños que deberían preceder a la ideología.
La intocable libertad siempre por delante. Cada quien sude la camiseta que quiera, sobre todo si viene de atravesar la larga intemperie de las incomprensiones. Nadie obligue a nadie a vestir su particular camiseta al saltar a un césped. Al fin y al cabo, el verde, bien regado e ingenuo campo de la competición permanece lejos de la vida precaria y su blanca arena, del duro e inclemente desierto.