#AdvientoFeminista2025 Adviento con mirada de mujer:

Adviento con mirada de mujer:
Adviento con mirada de mujer:
Adviento es, para mí, el tiempo en que la mujer que soy y la mujer que intuyo en cada una,despierta con la claridad de una vigilia antigua. Es un despertar que no admite ingenuidades: sabemos que la luz viene, sí, pero también sabemos que llega a un mundo que resiste la luz, que la combate, que prefiere la comodidad de sus sombras. Y justamente por eso la espera se convierte en un gesto subversivo.
El Adviento, no es un acto blando: es un desafío. 
La espera femenina tiene algo de fuego secreto. No es la espera pasiva de quien aguarda acontecimientos externos, sino la espera transformadora de quien gesta, de quien incuba, de quien prepara silenciosamente una irrupción. En ese sentido, el Adviento es profundamente profético: anuncia lo que aún no es, pero que ya exige conversión; reclama una creación nueva, mientras desmonta nuestras falsas seguridades.
Este tiempo me habla con la fuerza de las antiguas profetisas: “Ensánchate, alégrate, levántate, porque la Vida viene en camino”, aunque los signos visibles sean pocos. Es una voz que desbarata el miedo, que rompe la lógica del cálculo, que incendia la prudencia que paraliza. Y, sin embargo, no hace ruido: actúa desde adentro, desde esa región donde sólo llegan el Espíritu y el coraje.
En Adviento siento que Dios se acerca con una delicadeza que desconcierta, pero también con una firmeza que no admite evasiones. Su venida es humilde, sí, pero también implacable: viene a poner todo en su sitio, a sanar lo que hemos herido, a encender lo que hemos apagado, a exigirnos la conversión que aplazamos. Su paso es suave, pero su llamada no deja intacto a nadie.
Por eso este tiempo es, para mí, un cruce de caminos. Un umbral donde la esperanza deja de ser emoción para convertirse en misión; donde la fe deja de ser refugio para volverse impulso; donde la mujer que soy se siente convocada a hablar, a denunciar, a anunciar, a acompañar, a sostener. Como si mi propio corazón fuera una pequeña llama que el Adviento aviva para que no se rinda ante la noche del mundo.
 Es la certeza de que lo que viene no será cómodo, pero será verdadero. Que la irrupción de Dios desmontará nuestras sombras con una luz sin estridencias pero sin concesiones. Que la Promesa no se detiene. Y que, en esta hora, nos toca velar con una lucidez profética, con una ternura combativa, con una esperanza que no pide permiso.
Porque sólo quien espera ardientemente puede reconocer al Dios que llega. Y sólo quien ha gestado la esperanza en sus entrañas podrá sostenerla cuando al fin se abra paso.
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