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A un año de nuestro hermano Francisco
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Hoy, aun año de su muerte, quiero hablar de tres hechos que me enternecieron el alma, tres
hechos de los últimos días de nuestro querido Papa Francisco, el Papa pobre:
1.- Cuando estaba enfermo en el hospital Gemelli, la gente espontáneamente iba a rezar el rosario al
pie de la estatua del Papa Juan Pablo II, quizá por ser la estatua central de la plaza. Ahí poco a poco se
iban organizando pequeños grupos para rezar juntos el rosario. No había sacerdotes o
funcionarios públicos que dirigieran el rezo, no intervenía una liturgia rígida ni protocolos lujosos,
eran simples personas que solo querían que su Pastor mejorara, eran simples personas con fe.
Yo me uní a un grupo, llegué cuando ya habían empezado, pero me les junté y me recibieron con
una sonrisa y haciéndome espacio en el corro. No se necesitaba más, nuestros labios se juntaron
en una oración en lengua vernácula, nuestros corazones se unieron en la esperanza, nuestra fe
nos unía. Recuerdo que me sorprendió ver al pie de dicha estatua tantas flores sencillas, dibujos
de niños, dulces, regalos, velas, estampas, todo indicando el cariño que se le tenía al Papa del
Pueblo, era el altar improvisado que habían hecho con desorden, pero con cariño.
Y Francisco lo vio, lo reconoció, inclusive hizo llamar a una señora que todos los días llevaba flores
amarillas, unas flores que a pesar de no traspasar la seguridad férrea que lo rodeaba, no escapó
a su sensibilidad. Todos recordamos que la saludó, le dio las gracias y la llamó la Señora de las
Flores Amarillas.
Una mujer como la viuda pobre del óbolo (Lc 21,1-4), de quien no sabemos su nombre, pero
recordamos su gesto de fe, confianza y cariño.
2.- El Papa Francisco salió del hospital, pero no estaba bien, entonces lo vimos bajar a San Pedro
con su poncho argentino, vestido de civil, necesitado de rezar ante el altar del templo, o
¿sería que estaba necesitado de saludar, de rodearse del pueblo sencillo? El papa se había
convertido en el Abuelo del Pueblo.
Ahí lo vimos, su último día, pidiendo permiso a su enfermero para “despedirse” de su grey, y la plaza
de San Pedro reluciente con múltiples flores, todas ellas anunciando la alegría, la abundancia
de vida, el colorido del Resucitado.
3.- El Papa Francisco murió al día siguiente, la noticia se esparció inmediatamente, la tristeza
inundó los corazones del pueblo, yo lo viví, yo lo sentí. Por la tarde me dirigí a la Plaza de San Pedro,
vi la misma reacción que en el hospital, grupos de personas organizándose para rezar el rosario,
en su propio idioma, en su sencillez. Yo, necesitaba unir mi voz y mi dolor con el pueblo sufriente.
Y entonces vi, junto a las vallas que rodean al obelisco, un par de ramos tirados, como un
homenaje, como un altar de despedida.
¿Qué era este par de ramos descansando en el suelo comparados con la magnificencia de las
flores del día anterior? Y de nuevo recordé el gesto de la Viuda pobre. Sólo dos óbolos comparados
con los donativos de los grandes señores. Sólo dos ramos, quizá ofrecidos por mujeres incógnitas
a quienes no les importaba el reconocimiento, ni siquiera si llegarían al ataúd de Francisco, sólo
era un gesto insignificante que quizá Francisco vería desde el cielo. Era su adiós al Papa Abuelo.
Mientras los reporteros y las cámaras estaban esperando a capturar más noticias en la Casa
Santa Marta, estas personas, sin ínfulas, se habían acercado a despedirse, porque seguían
teniendo fe en el Resucitante.
En esos momentos comenzó el rosario organizado por la curia, con grandes cantos polifónicos,
micrófonos, luces, cámaras y sillas. Todo fue recitado en latín, la lengua que ninguna madre
enseña. Era de noche.
Lic. Mari Aranda S.L.
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