La historia de Nieves Corona / Nahimana
#8MPascua
Escribo también para todas las mujeres.
Para animarlas a recuperar las memorias de sus ancestras, a volver a escucharlas, a buscar sus huellas en la tierra, en la palabra, en los silencios familiares.
Nahimana
Una historia contada a dos voces: Jazmín Solís Bustamante, de 17 años, tataranieta de Nieves, y Lucha Castro, de 73 años, bisnieta. Diálogo de memoria, historia y linaje.
PARTE UNA: A LUCHA CASTRO. PREÁMBULO DE MEMORIA COMPARTIDA
Hola
Soy Metzli Jasmin Solís Bustamante, tengo 17 años y curso el sexto semestre de la carrera de técnico agropecuario en el CBTa 213 de Ej. Benito Juárez, Chihuahua, México. Soy hija de Eva Yazmin Solís Bustamante y nieta de José Inés Solís Castro.
Quiero expresarle mi más sincero agradecimiento y profunda admiración. Su libro "Una lucha colectiva" fue una luz que me inspiró y me acompaño en el proceso de la creación de la leyenda de Nieves Corona. Atrevés de sus páginas encontré una llama que me impulso a mirar la historia con otros ojos y a dar forma a la leyenda, como un homenaje a la dignidad de las mujeres, que resisten incluso cuando el mundo intenta silenciarlas.
La admiro profundamente, no solo por su inteligencia y su valentía, sino por la firmeza con que ha decidido caminar de lado de la justicia y los derechos humanos. Su voz es semilla y también es raíz: abre caminos, pero también sostiene a quienes venimos detrás buscando sentido y esperanza.
También quiero compartirle que al escribir la leyenda de mi tatarabuela Nieves me encontré con resistencia. Hubo quienes la leyeron y trataron de suavizar su sentido, de apagar el tinte feminista con el que fue concebida, como si la fuerza de las mujeres debiera decirse en voz baja o acomodarse a miradas ajenas. Sin embargo, esa resistencia, lejos de detenerme, reafirmo en mí la importancia de escribirla así: con verdad, con memoria y con dignidad.
Esa convicción también encontró eco más allá de mí: con esta leyenda obtuve el segundo lugar a nivel estatal en el concurso de Inter cebetis (en Chihuahua y en México los Cebetis son Centros de Bachillerato Tecnológicos Agropecuarios), un logro que siento no solo como un reconocimiento personal, sino como un pequeño triunfo para todas esas voces que insisten en ser escuchadas.
Me llena de orgullo y emoción sentirme, aunque sea en espíritu, cercana a esa misma admiración por mujeres sabias y luminosas como Nieves, ella en mi leyenda representa la memoria viva de las mujeres que curan, que enseñan, que resisten y que transforman el dolor en sabiduría.
Me llena de orgullo saber que llevo en mis venas la sangre de Nieves, como una herencia simbólica qué me une a su historia y a su fuerza. Y siento que usted y yo compartimos algo valioso: la pertenencia a esa misma memoria de mujeres que no se rinden, que resisten y que se levantan una y otra vez, porque su voz no puede ser borrada.
Gracias por recordarnos que la palabra puede ser fuego, pero también abrigo. Que la lucha no solo se libra en las calles o en los tribunales, sino también en la conciencia y en la escritura.
Me permito compartirle la leyenda que escribí.
PARTE 2: HIJA DEL VIENTO
Antes de que el nombre fuera dicho, antes de que la tierra fuera dividida por manos de hombre, antes de que el fuego se alzara contra las mujeres…
El viento ya la conocía.
Dicen que una noche, bajo un cielo cargado de presagios, los ancianos guardaron silencio.
No por miedo… sino por respeto.
Porque la tierra habló. Y dijo:
“Nacerá una hija que no pertenecerá a un solo mundo. Caminará entre fuego y polvo, y donde otros vean muerte… ella hará brotar vida. La señalarán, la respetarán. Intentarán apagarla.
Pero el fuego no reclamará su sangre. Y cuando su nombre sea olvidado por los hombres, la tierra lo repetirá… hasta volverlo eterno”.
En el norte indomable del Estado de Chihuahua, México donde la tierra se abre bajo el sol y el viento no pide permiso para hablar, existe una historia que no fue escrita… porque nació para ser recordada.
Una historia que no pertenece al tiempo, sino a la memoria y a la sangre.
La historia de Nieves.
Pero antes de ser Nieves, fue alguien más, algo más antiguo, un nombre que no se pronuncia sin respeto.
Sin que aun los caminos existieran y antes de que los hombres cercaran la tierra, una niña corría libre entre los montes. Hija del desierto, hija del viento, nacida entre los suyos; el pueblo Ndee Los que sabían escuchar a la tierra y hablar con el silencio. Antes del agua bendita, antes de nombre impuesto, antes del silencio aprendido… Ella era Nahimana la niña mística, la niña mágica. Su mundo no tenía muros ni culpas heredadas, la tierra era madre, el viento era guía, el agua, vida y el fuego… Maestro. Nahimana no necesitaba traducción para entender la vida, porque ella misma era parte de ella.
Su pueblo, guerrero indomable conocía el precio de la libertad. Enfrentaba con valentía a quienes llegaban con hambre de tierra y miedo a lo desconocido. Eran tiempos de sangre, de incursiones, de huidas bajo la luz de la luna, de niños que crecían aprendiendo que vivir también era resistir.
Y ella aprendió antes que nadie.
Aprendió de sus ancestras, mujeres sabias de su linaje, a encontrar agua donde la tierra parecía muerta, a calmar animales con la mirada, a escuchar lo que otros no podían.
Porque había nacido marcada, no por los hombres… Si no por la tierra misma.
Pero ni el tiempo ni el viento puede esconderse del destino. Una noche sin luna, el fuego cayó sobre su mundo: Voces ajenas desgarrando el aire, llantos, dolor, el miedo entrando en la casa como un viento frío que no pide permiso, caballos rompiendo el silencio, humo que borra los nombres. El pueblo Ndee (Ndee/Apache habitaba una vasta región del norte de México y el suroeste de lo que hoy es Estados Unidos) despertó de golpe, con el corazón en la garganta, sabiendo, sin necesidad de palabras, que algo sagrado estaba por ser arrebatado
Nahimana sintió el cambio antes de verlo.
La tierra bajo sus pies dejo de cantar. Salió de su casa con el alma alerta, y en la mirada llevaba esa mezcla de firmeza y tristeza que solo tienen quienes comprenden lo que está por suceder. A lo lejos, el polvo se levantaba como una herida abierta. Los hombres armados avanzaban sin escuchar, sin mirar, sin entender que cada paso suyo rompía algo que no podría volver a unirse.
Cuando llegaron a ella, no preguntaron.
Las manos que la sujetaron no conocían su historia, no sabían de las vidas que había sanado, de la tierra que había honrado, del amor que había sembrado en cada rincón de su pueblo. Para ellos era solo una presencia que debía de ser arrancada, como si fuera posible desenterrar una raíz sin que la tierra sangre.
Nahimana no lucho.
No por que no tuviera fuerza, sino por que entendia que hay violencias que no se vencen con las manos. Sus ojos buscaron a los suyos entre la multitud rota: rostros banados en lagrimas, miradas suplicantes, brazos estendidos que no alcanzaban.
Y entonces…sonrio.
No era una sonrisa de resignacion.
Era un gesto de amor.
Como si en ese instante quisiera dejarles algo que no pudiera ser arrebatado: calma, memoria, dignidad. Como si les dijera, sin palabras, que aun que su cuerpo fuera llevado lejos, su espiritu permaneceria sembrado en esa tierra.
El viento sopló fuerte, levanto polvo, envolvio su figura, acaricio su rostro como una despedida.
Y la separacion ocurrio, no fue solo una nina a la que se llevaron, fue un lazo, fue una historia, fue una parte viva del pueblo Ndee arrancada de raiz.
La niña del viento fue arrancada de su hogar. Llevada lejos…hacia las tierras de la hacienda del Carmen. Ahí no había espacio para Nahimana, frente a un Dios que no conocía, con palabras que ella no entendia, en una fe que no había elegido el agua toco su frente. La bautizaron y le dieron un nuevo nombre: Nieves, un nombre cristiano, dijeron. Un nombre correcto, un nombre aceptable.
Cuando Nieves llego, venía hecha de silencio.
El polvo del camino aún vivía en su piel, y en sus ojos traía un horizonte roto, como si hubiera dejado atrás no solo un lugar, sino una parte de sí misma. No hablaba mucho, no hacía falta. Había dolores que no cabían en palabras.
Pero en aquella casa de la familia Corona Calderón, no la recibieron con preguntas.
La recibieron con calor.
La puerta se abrió despacio como se abren los corazones que saben reconocer el cansancio ajeno. No hubo desconfianza en las miradas, sino una ternura callada, profunda… De esas que no necesita explicación.
Creció entre dos mundos que no sabían abrazarse. Aprendió rezos que no nacían de su alma, extrañaba hablar con el viento, la enseñaron a obedecer cuando su espiritu había nacido libre. Le pusieron zapatos con suelas gruesas, pero recordaban la tierra seca bajo sus pies. Caminaba en silencio, pero dentro de ella seguía corriendo el viento. Muchos se habrían quebrado, pero Nieves no. Por que no vino a pertenecer… Vino a trasformar. Resistió, en silencio, en lo invisible. Aprendió lo nuevo sin soltar lo antiguo. Rezo, pero también escucho el susurro de su madre: la tierra. Guardo a Nahimana, como se guarda el fuego bajo la ceniza.
Cuando los primeros pobladores llegaron a vivir en los arroyos en las tierras que algún día serían llamadas Ejido Enríquez y Punta de Álamos, que hoy conocemos como Ejido Benito Juárez, la misma tierra donde sus raíces se aferraron, siguiendo las promesas que la tierra aún no cumplía, encontraron un mundo que no regalaba nada.
Sequías que partían la esperanza, fríos que calan hasta los huesos, tierra dura como si guardara secretos. Pero Nieves no la vio como enemiga, la comprendía. Fue entonces cuando comenzó a guiar.
Ahí, Nieves camino junto a hombres y mujeres que le apostaron todo, Levanto casas donde no había nada, abrió surcos donde el suelo parecía negarse, les enseño a escuchar la tierra antes que a exigirle.
Por que ella no conquistaba la tierra… Ella la entendia. Y la tierra… le respondió.
Pronto comenzaron a buscarla. Mujeres con dolor, niños al borde de la muerte, hombres vencidos por el cansancio. Y Nieves… Sanaba. Hierbaniz y gordolobo para el resfriado, guamis para las infecciones, chaparro amargo para las lombrices, goma de mezquite para el dolor de muelas, sangregrado para las heridas, ceniza de chamizo para sahumar, contrahierba para mordedura de víbora, palabras dulces para el corazón agobiado; sanaba con algo que no se enseña. No había puerta cerrada para quien llegaba con dolor. Su casa, hecha de tierra, de sombra y de calma, olía a monte, a hojas recién cortadas, a remedios que nacían del respeto. Sobre su mesa descansaban ramas, flores secas, raíces guardadas como pequeños tesoros.
Salía al monte al amanecer.
El sol apenas rozaba la tierra cuando ella caminaba entre las plantas, eligiendo con cuidado, pidiendo permiso antes de cortar. No arrancaba, no tomaba de más. Sabía que cada hoja era vida, y que sanar también era saber respetar.
Quienes salían de su casa no solo llevaban un remedio en las manos, sino algo más profundo en el pecho: la certeza de que el dolor, cuando es escuchado con ternura, también aprende a irse.
Dicen que el agua aparecía donde ella señalaba, que la fiebre se iba bajo sus manos, que los partos se rendían ante su calma.
Dicen que la vida la obedecía.
Pero el mundo teme a lo que no puede controlar.
Y cuando los hombres de sotanas llegaron, no vieron a una mujer sabia, conocedora de la naturaleza…
Vieron una amenaza.
Una mujer que no pedía permiso, que no agachaba la cabeza, que unía a otras mujeres en torno al fuego, no para obedecer… sino para que recordaran quienes eran.
Y entonces hicieron lo que siempre se hace con las mujeres que no se someten…
La llamaron bruja.
Encendieron una hoguera. No con la intención de castigarla… sino para borrar lo que Nieves representaba.
Aquella tarde, el cielo se volvió más bajo, como si quisiera mirar de cerca la injusticia que estaba por cometerse. El viento no soplaba: gemía. Y entre ese lamento antiguo, Nieves permaneció de pie, sola… pero no vencida.
Los sacerdotes murmuraban palabras que flotaban vacías, incapaces de tocar lo sagrado que vivía en ella.
Nieves no lloraba.
Sus pies descalzos sentían el pulso tibio del suelo, como si la tierra le hablara, como si debajo de aquel miedo aún latiera la verdad. Sus manos, esas manos que habían curado fiebres, detenido sangrados y recibido la vida de tantos niños, colgaban serenas, llenas de historia. No eran manos de bruja… eran manos de madre, de raiz, de monte.
Sus labios se movieron en un rezo antiguo, más viejo que las campanas, más verdadero que los libros. No era súplica… era memoria. Era la voz de las ancestras corriendo por su sangre, era el eco de su pueblo que se negaba a morir en el olvido. Era el monte, el viento, el agua… hablando a través de ella.
Pero cometieron un error… olvidaron que ella no estaba sola.
Porque las mujeres, las que había sanado en sus manos, las que habían encontrado voz en su casa, las que habían dejado de tener miedo, se levantaron. Una por una hasta ser muchas, con una fuerza imposible de ignorar. Porque Nieves siempre tenía la solución a sus problemas, sus tristezas y sus malestares.
Y en ese momento, el miedo cambio de lugar. Ya no estaba en el pecho de Nieves… estaba en los ojos de quienes la habían condenado. Porque entendieron, aunque no quisieran aceptarlo, que no estaban frente a una mujer cualquiera. Estaban frente a una mujer que había echado raiz.
Y el fuego… nunca toco a Nieves.
Vivió largos años, más de los que el tiempo suele conceder. Como si la tierra se negara a soltarla. Como si el viento aún necesitara su nombre. Y cuando partió… no hubo silencio. Hubo raiz.
Porque en las noches de viento, cuando el desierto parece respirar, algo sigue caminando entre los arroyos de Ejido Enríquez y Punta de Álamos, hoy Ejido Benito Juárez. Sin dejar huellas, pero dejando vida.
Cuando un niño nace y todo parece perdido… una calma inexplicable llena el lugar. Cuando la tierra está a punto de rendirse… alguien encuentra agua donde no parecía haberla. Cuando una mujer siente que ya no puede más… algo dentro de ella se levanta, firme, antiguo, invencible. Como si alguien le susurrara desde muy lejos: “no estás sola”.
Y entonces el viento sopla distinto, con una fuerza transformadora; y la tierra recuerda.
Porque hay nombres que los hombres intentan borrar, pero que el mundo se niega a olvidar.
Nieves no murió, se volvió viento, se volvió agua, se volvió tierra, se volvió memoria viva. Porque los hombres la llamaron Nieves… pero la tierra nunca dejo de llamarla Nahimana.
Y su historia no es solo una leyenda. Es una herida y también es fuerza.
Y algunas lo sabemos… porque no solo su sangre corre por nuestras venas, corre memoria, corre el eco de pasos antiguos sobre la tierra, el murmullo del monte aún nos recuerda su nombre y su legado es nuestra herencia.
Y cuando el fuego vuelve a levantarse en contra de una mujer… como ya lo hizo una vez… algo en nosotras nos llena de fuerza… y el fuego perderá
PARTE TRES: NO ES LEYENDA ES MEMORIA VIVA
Es la historia de mi bisabuela, indígena Apache del pueblo Ndee: Nahimana, la niña mística… bautizada después como Nieves Corona.
Su vida fue resguardada por la memoria oral y sostenida por nuestro linaje femenino, por nuestras ancestras que hicieron de su existencia un testimonio que no podía perderse.
Hoy la nombro para las mujeres de nuestras familias.
Para que al escucharla reconozcamos en ella la raíz de nuestras rebeldías, nuestra manera de amar la libertad y esa fuerza antigua, inexplicable, que nos levanta una y otra vez.
Porque en ella habitó la Ruah: aliento sagrado, fuerza que crea, que sostiene, que transforma. Y desde su vida brotó una espiritualidad feminista, nacida de la madre tierra, del compromiso y de la compasión centrada en el amor..
Escribo también para todas las mujeres.
Para animarlas a recuperar las memorias de sus ancestras, a volver a escucharlas, a buscar sus huellas en la tierra, en la palabra, en los silencios familiares.
Seguramente se sorprenderán de la sabiduría que las habitó, de la fuerza que sostuvieron sin que siempre fuera nombrada, y de la manera en que esa sabiduría sigue viva, esperando ser reconocida en nosotras.
Que su nombre nos habite.
Que su fuerza nos nombre.
Que su fuego nos sostenga.
Porque no es pasado.
Es linaje.
Es raíz.
Es vida viva en nosotras.
Lucha Castro