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Lucha en modo Clotilde
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En mi nueva realidad de persona con cáncer, dialogando conmigo misma, me he preguntado: ¿ mi misma a qué aspiras en este último tramo de tu existencia, antes de hacer el último viaje?
Y mi respuesta ha sido clara, atrevida y profundamente revolucionaria : quiero ser una mujer profeta, mística y santa.
Esta última palabra, SANTA , me parecía durante mucho tiempo demasiado alejada de la teología feminista que he abrazado y desde la que he aprendido a mirar de otra manera a Dios, a las mujeres, al poder, al sufrimiento y a la vida.
Hasta que me encontré con Clotilde.
El libro al que me refiero es La mujer pobre (La Femme pauvre), de Léon Bloy, publicada originalmente en 1897. Clotilde es la protagonista. Y aunque fue escrita hace más de un siglo, me parece una novela sorprendentemente actual, porque rompe nuestros esquemas mentales sobre la santidad como algo pasivo, como resignación o como la virtud de soportarlo todo en silencio.
No es una novela sobre la pobreza entendida solamente como carencia económica. Es una novela sobre la pobreza llevada hasta una dimensión espiritual: qué queda de una persona cuando la vida le va quitando casi todo.
Clotilde Maréchal crece en un ambiente de miseria, violencia, abandono y degradación. Su madre y su padrastro la someten a una existencia humillante. Cuando parece que su vida puede cambiar, aparece el pintor Gacougnol, que la ayuda a salir de aquella situación. Después entran en su vida otros personajes, entre ellos Marchenoir, escritor que se convierte en una figura fundamental, y Clotilde contrae matrimonio con él.
Pero Bloy no le concede la típica redención de una novela convencional. Cada vez que Clotilde parece encontrar algo: amor, hogar, familia, seguridad, la vida vuelve a arrebatárselo. La pobreza material se convierte progresivamente en una pobreza mucho más radical: el desprendimiento de todo aquello en lo que normalmente ponemos nuestra seguridad.
Y ahí está lo más poderoso de la novela.
Clotilde va pasando de preguntarse por qué Dios permite su sufrimiento a descubrir que su relación con Dios no depende de tener, poseer o controlar. La novela convierte su desposesión en un camino místico.
Pero aquí es donde, desde una mirada de teología feminista, la novela me provoca y me obliga a hacer una lectura crítica.
Porque no quiero entender la aceptación de Clotilde como resignación. No quiero volver a colocar sobre las mujeres el viejo mandato religioso de soportarlo todo, callar, obedecer y convertir el sufrimiento en virtud. Esa interpretación de la santidad nos ha hecho demasiado daño a las mujeres.
Clotilde «acepta», sí, pero su aceptación puede ser leída de una manera mucho más profunda: en el sentido que plantea la filósofa Monica Cavallé cuando habla de una aceptación que no significa pasividad ni sometimiento, sino dejar de luchar contra aquello que ya es para poder responder a la realidad desde otro lugar. Aceptar no es aprobar la injusticia. Aceptar no significa renunciar a la libertad. Aceptar puede significar dejar de ser destruida interiormente por aquello que no puedo cambiar, para recuperar la capacidad de actuar sobre aquello que sí puedo transformar.
Desde esta perspectiva, Clotilde no me interesa como modelo de una mujer que «aguanta». Me interesa como una mujer que, después de haber sido despojada de casi todo, consigue que quienes la despojaron no tengan la última palabra sobre quién es ella.
Y eso cambia radicalmente la lectura de la santidad.
Porque la santidad no tendría que ser la obediencia ciega de una mujer sufriente ni la glorificación del sacrificio femenino. La santidad puede ser la capacidad de conservar la dignidad, la libertad interior, la compasión y la capacidad de amar cuando la vida ha intentado convertirnos en víctimas.
Esta novela, escrita a finales del siglo XIX, me parece sorprendentemente actual y, en muchos sentidos, rompe nuestros esquemas mentales sobre la santidad.
En este sentido, la frase final adquiere una fuerza enorme. Después de todo lo que ha vivido, Clotilde podría decir que su gran tristeza es haber sufrido demasiado, haber sido pobre, haber perdido a quienes amaba. Pero no: para ella la única tristeza verdadera es no haber llegado a ser santa.
Y hay algo más que creo que vale la pena subrayar: Bloy no presenta la santidad simplemente como resignación pasiva ante la injusticia. Su lenguaje es violentísimo contra la pobreza, los poderosos y una sociedad que abandona a los débiles. La novela contiene simultáneamente cólera contra la injusticia y una profunda compasión por quien la padece.
Por eso la pregunta que nos deja Clotilde me parece mucho más incómoda y profunda que «¿cómo soportar el sufrimiento?» y yo agrego, ¿qué hacemos con aquello que nos ha tocado vivir para que no termine destruyendo nuestra capacidad de amar, de luchar, conservar la esperanza y de ser libres?
Mi resumen en el sentido profundo del libro sería así: Clotilde empieza siendo una mujer a quien la vida le quita todo y termina descubriendo que quizá la santidad consiste precisamente en no permitir que aquello que nos ha sido arrebatado nos quite la capacidad de amar. Y entonces entiendo de otra manera aquella frase que Léon Bloy pone en sus labios:
«Sólo hay una tristeza… y es la de no ser Santa ».
No una santidad de estampita.
No una santidad de mujeres obedientes y resignadas.
No una santidad que glorifique el sufrimiento.
Sino una santidad entendida como transformación de la vida, como dignidad, como libertad interior, como capacidad de amar y como resistencia a que el mal tenga la última palabra.
Tal vez por eso una novela escrita hace más de un siglo puede hablarnos hoy con tanta fuerza y, seguramente en este último tramo de mi existencia, después de preguntarme a qué aspiro antes de hacer el último viaje, puedo decirlo sin miedo y sin sentir que traiciono la teología feminista que he abrazado: aspiro y aspiremos a ser profetas, místicas y santas.
¡Todas somos Clotilde!
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