#MaríaMagdalena2.0
María Magdalena 2.0
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—Magdalena, me agrada verte por acá. Soy Martha Eugenia.
—Me recuerdas a una conocida llamada Marta.
—Sé a quién te refieres, he buscado sus decires y haceres desde que alguna vez un fraile amigo, me preguntó si sabía el significado de mi nombre e hizo referencia a ella. De la misma forma en que a partir de saberte, desde el feminismo teológico, eres otra fuente de inspiración en mi vida, de tal forma que has trascendido y en mi presente formas parte de mi quehacer como MUJER de fe.
He leído y escuchado de ti, de varias formas. De algunas, elogiándote, de muchos, con apreciaciones desagradables. Pero en todos con un acento acerca de tu importancia, que puede o no reconocerse, ya sea alabándote o desprestigiándote.
Entre las MUJERES que en la actualidad estamos en el ámbito de la teología feminista, has cobrado una relevancia que nos permite, reagruparnos con valentía siguiendo tu testimonio y también responsabilizándonos por conocer más de la relación entre ti y tu Rabboni.
Me gustaría interpelarte acerca de qué fue lo que te motivó primero a creer en Él y luego a seguirlo. Te cuento, en mi caso al igual que tú estabas en un marasmo emocional impresionante. Mi vida era un desierto donde la esperanza no cabía y las pocas fuerzas que tenía, estaban a punto de terminar. Recuerdo que la situación que vivía, me confrontaba con la cercanía con la muerte. Por supuesto que quería vivir, tenía por quiénes hacerlo, pero yo estaba desfalleciendo. No obstante, el Maestro conociéndome, me atrapó por donde a mí me gusta, el conocimiento. Esa vez, la catequista en ese primer semestre de Introducción a la Biblia, preguntó después de leer el pasaje de Ex 3, 3-14. Qué persona de la Santísima Trinidad le habló a Moisés. Pensé, en Antiguo Testamento, quien habla es el Padre, y ella dijo, no es así. Les dejo de tarea que lo piensen. Por situaciones personales abrumadoras ya no pude concluir el semestre, así que la pregunta me motivó a cuestionarme cuál de las tres era. Ya que enseguida y por los dos meses siguientes, mi vida peligró, hasta que salí avante, gracias a la respuesta amorosa a mi petición que hice a Dios: “Dame vida para conocerte, quiero saber más de Ti”, pues recordaba el cuestionamiento sin saber la respuesta, de la última clase. Me la concedió y desde hace ya 36 años sigo en ese proceso de saber más de tú y mi Rabboni, agradeciendo el don de la vida continuamente.
Ha sido un largo caminar, ahora he aprendido a dirigirme como Imma/Abba a mi Dios creador, pudiendo decir que lo siento más cercano y su misericordia inunda mi ser.
¿Al Rabboni tuviste la oportunidad de verlo y mirar su expresión directa y franca, de sonreírle y Él devolverte la sonrisa, de sentirte envuelta en su ternura al estar en sus brazos sostenida cuando estabas derrumbada? Porque a mí me pasó y hasta ahora, desde la fe.
¿Cómo te habló, qué hizo que tú como MUJER, confiaras en el hombre, que te respetaba, te veía y trataba con la grandeza con que fuiste creada?
¿Acaso alguna vez te miró con extrañeza tan profundamente como cuando uno viendo no hubiera visto antes y en ese momento advierte que a quién se ve se le mira descubriendo la grandeza de su ser? Porque me imagino que no solamente a ti, sino también a otras MUJERES, las iba descubriendo como amadas de su Imma/Abba creador y situación que también le costó trabajo ir entendiendo y sintiendo, hasta llegar a albergarlas en su corazón de manera plena e igualitaria como a cualquier varón.
Fíjate Magdalena, que a mí al igual que a ti, me costó creer en que me amara tanto, al grado de aceptarme tal cual soy. He tenido que aprender a sentirme no solo amada, sino preciada a sus ojos. Me pongo a pensar, las veces en que fuiste criticada, relegada, humillada por algunos, ya fueran hombres o MUJERES. No obstante, ante su confianza y amor, superaste paulatinamente esas heridas y con la fuerza que poseías dada por la Ruah divina, lograste no solo creer en Él, sino aprender de sus decires que te restauraban para luego compartir y contagiar a otras especialmente y también con otros, de poner su confianza en su Buena Nueva.
—Martha Eugenia, diferentes circunstancias, pero la misma naturaleza humana. Déjame decirte que la Resurrección fue más allá del sentido que hoy le dan. Ese viernes, las lágrimas que me brotaban, llevaban no solo el dolor por saber lo que había pasado, cómo Él lo había vivido, de cuántas formas fue humillado, la manera en que fue dejado solo por el miedo a vivir lo que Él, y, al fin y al cabo, aunque fuerte porque Él me había enseñado a restaurar mi ser, los varones, sus seguidores que me rodeaban, pusilánimes escondidos estaban y con su muerte degradante como la que se les daban a los malditos, nosotras las MUJERES, perdíamos nuevamente valía. Nos lo hicieron saber, sentir. Pero yo, la Magdalena, aun con el corazón destrozado, emergí de mi dolor y convoqué primero a otras, para que juntas compartiéramos nuestro padecer y nos consoláramos. Había que acompañar a María, la madre. Ella silente, miraba a lo lejos, como si en ese gesto pudiera recordar a Jesús vivo. El dolor hacía que sus manos temblaran y las lágrimas como raudales sosegados e interminables estuvieran. Pero su mirada, jamás fue inundada de enojo, ira o desesperación. No obstante, el dolor parecía rodearla inmisericorde, más su silencio era dolorosamente reconfortante. Así que, siguiendo su ejemplo, externamos nuestro pesar mientras caudales de llanto, permitían el alivio a nuestra tristeza. Entonces, recordé como si lo estuviera escuchando como cuando me llamaba por mi nombre, y en consecuencia supe que la mejor forma de consolarnos, estaba en recordar sus enseñanzas. Empecé a hablar en voz baja, y conforme lo hacía, los ojos de todas iban quedando secos, como si los decires del Rabboni, limpiaran nuestros desconsuelos, pues si dejábamos que el dolor permaneciera, entonces se irían borrando las enseñanzas que nos dio. Así que una tras otra, expresaba lo que recordaba de nuestras convivencias caminando mientras nos dirigíamos de un lugar a otro en su compañía. O de sus palabras cuando sentadas junto con los varones al calor de la fogata, nos instruía diciendo lo que Dios le había revelado. Su mensaje surgía como bálsamo que restañaba nuestro dolor. Hasta que por fin las lágrimas habían cesado y fuimos con los varones a recordarles la Buena Nueva, que nos había dado muchas veces. Por supuesto que no nos quisieron escuchar, pero con voz firme les hablé y mirándome con enojo, quisieron callarme, más no lo permití, hasta que el ambiente se sintió ya sin temor, como si las palabras recordadas mitigaran su miedo y les permitiera claridad de pensamiento; así que Martha Eugenia, el mensaje del Maestro emergió glorioso sobre sus temores, para que la reflexión, la calma y la esperanza empezara a llenar mentes y corazones.
—María de Magdala, no sabes cuánto agradezco tu compartir. Siento como si la presencia de tú y mi Rabboni, estuviera aquí. Y eso me permite, no solo saberme amada y conducida por Él, sino con la fuerza interna de participar a otras y otros. Ahora Magdalena, a eso le llamamos sinodalidad, y a hermanarnos con otras, sororidad. Actualmente, sé que, a la manera de tu ejemplo, también puedo ser una apóstola real del Maestro. Démonos un abrazo.
Cuando abrí los ojos, estaba sola en la cocina sentada a la mesa, la otra silla estaba ligeramente fuera de su lugar, mientras un pequeño tarro de aceite, ardía.
Martha Eugenia,
Mujer Mariposa.
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