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Creo que la forma en que viví presentó muchos retos no solamente para mí sino también para muchas de las mujeres que decidimos seguir al Rabboni.
Viví en una cultura donde pasar la niñez hasta el momento de casarse, era estar bajo la dependencia y el constante escrutinio del padre; mientras, observar la total sumisión de la madre. Las mujeres niñas éramos relegadas con relación a los niños varones en cualquier aspecto; cuando éramos solteras, solo se nos permitía estar en nuestras habitaciones interiores; otras, las que vivían con un marido no tenían voz ni voto fuera de la puerta de sus casas y con la continua zozobra de que en cualquier momento podían ser repudiadas, dictárseles el divorcio, y quedar desamparadas. No podíamos expresar ni siquiera nuestros pensamientos y menos nuestros deseos; no obstante, teníamos que servir a nuestros hombres tanto en la mesa como en la cama y estar dispuestas a ser sometidas de cualquier forma. Pero el ultraje mayor era cuando no concebíamos enseguida de iniciar la vida conyugal; se nos decía estéril. Era tan denigrante porque se nos decía que él ya había puesto la semilla y nosotras estábamos vacías, por lo que la alegría de dar a luz y salir con vida se perdía si era una niña pues eran consideradas desde pequeñas como una carga difícil de tolerar; mientras que cuando alumbrábamos a un varón se nos concedía un tanto de alegría, aunque sabíamos que apenas pasados unos años nuestros niños dejarían de estar a nuestro lado y serían educados por nuestros maridos. Con eso, a mí me tocó vivir y tuve que aprender de ello para poder sobrevivir.
Por eso, cuando tuve la voluntad para decidir, escuchar y asumir la invitación del Rabí, es como comencé realmente a vivir. Fue muy laborioso y peligroso en muchos aspectos, tuve que asimilar el ser menospreciada, ser muy mal vista y ser constantemente criticada y difamada tanto por mujeres como por varones conocidos y extraños. También, tuve que aprender a llevar la cabeza en alto sin mirar o responder a las formas ofensivas en que otros lo hacían para conmigo, o a que muchos me señalaran poniéndome de mal ejemplo y vergüenza para las demás. Estuve a punto de perder la vida cuando algunos atrevidos aventaron piedras a mi paso. Aun entre los varones seguidores del Maestro, fui señalada, ignorada y mal vista. Ese fue el precio que tuve que pagar por decidir pensar y experimentar la libertad que Jesús me invitó a tener. Tuve miedo muchas veces, otras, estuve insegura; y muchas más, también lloré cuestionándome si acaso no era una locura que me llevaría al ostracismo social y quizá hasta la muerte. Pero en todos esos momentos de fragilidad hubo siempre la palabra de alguna otra seguidora de Jesús, que experimentando las mismas situaciones me sonrió y secándome las lágrimas, me ayudó a reflexionar para perseverar. Qué esperanza podríamos tener si de muchas formas se nos hacía a un lado, qué ilusiones podríamos albergar si ni siquiera éramos tomadas en cuenta; crecí en ese mundo donde solamente los varones podían opinar.
Ni aun los varones seguidores de Jesús estaban seguros de que estuviéramos las mujeres cercanas a ellos fuera lo adecuado; en muchos instantes groseramente nos apartaron o ignoraron; pero también es cierto que era parte de la cultura con que habíamos sido educados, aunque eso no significaba que doliera menos. Al contrario, la rebeldía que alguna de nosotras, sentíamos en nuestro interior iba creciendo de forma que en cualquier momento podía estallar y con eso nos exponíamos a que fuéramos rechazadas o excluidas y tal vez hasta muertas. Por lo que tuvimos que aprender a trabajarla y expresarla de otra manera mientras que los hombres incautos o tontos pensaban que ni siquiera la experimentábamos. Por eso cuando Jesús me llamó por mi nombre sabiendo quien yo era, primero me entró desconfianza, pues no estaba acostumbrada a que se dirigieran a mí con respeto y menos con ternura. Ante mi incredulidad, él no dejó de sonreír, diciéndome que me iba a enseñar qué tanto Dios me amaba. Como estaba tan enojada y desilusionada con la vida me permití creerle por su manera de dirigirse a mí, ya que su presencia me pareció que me circundaba protegiéndome. Al paso del tiempo y ante la convivencia continua con Él y atenta a sus enseñanzas mi vida se empezó a transformar, enfrenté muchos avatares, pero no me ahogue en ellos.
Seguirlo era ir contra corriente, pero por cada enseñanza donde prevalecía el amor digno con que habíamos sido creados se contraponía la lucha continua en el diario vivir. Para encontrar la fuerza divina que constantemente nos invitaba a restablecernos indicaba hacerlo sostenidos en la oración. Fue muy laborioso, pero como estaba en mí su enseñanza, entonces confiando en su Palabra y creyendo en mí, lo iba realizando, aunque también me dijo muchas veces, que sería rechazada y hostigada y que solamente de mí dependería si perseveraba o no. Sabes es muy fácil hacer una promesa, pero qué difícil, es sostenerla. Solo puedo decir que hacerlo demandó de mí, interés y entereza; tuve que aprender a saber y a confiar de y en mi fuerza interna. También necesité salir de las lágrimas desesperantes, emergiendo calma y esperanza para testimoniar lo que el Rabí me había enseñado; por eso te digo a ti mujer del ahora, sí puedes, sigue.
Hay que reemplazar la vulnerabilidad con que hemos vivido y hacer oír conscientemente nuestra voz femenina a tiempo y a destiempo. Confiando y esperanzadas en que el seguir las enseñanzas del Rabí es lo adecuado. Para ya internalizado, poder después compartirlo con otras y más.
María de Magdala
https://www.archivosagenda.org/es/la-mujer-judia-en-tiempo-de-jesus
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