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Orar por lo que no se ve

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Oremos, pues, por la salud mental.

#traslashuellasdesophía (1)
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Mayte Olivares Cruz
11 oct 2026 - 00:22

Orar por lo que no se ve

Tenía diez años cuando mi maestra de primaria nos habló de las enfermedades más graves que enfrenta la humanidad. Cada quien nombró las que conocía de cerca. Yo conocía el cáncer, porque lo vivía en mi familia; otros hablaron de la diabetes de sus abuelos. Todas eran enfermedades del cuerpo. Nadie mencionó una sola de la mente.

Durante mucho tiempo, hablar de depresión, ansiedad o de un diagnóstico clínico como TDAH o trastorno límite de la personalidad fue un tabú. ¿Los niños se pueden deprimir? ¿De qué? Eso es imposible. Eso escuchaba de mi abuela entonces, y lo sigue diciendo hoy. Ella, que a sus más de noventa años aún carga con las secuelas del maltrato doméstico, vive en un dolor continuo que nunca tuvo nombre.

El mes pasado, el papa León XIV exhortó a la Iglesia a orar por la salud mental. Me parece un acto necesario y, además, urgente. Cada vez escuchamos más casos de depresión, ansiedad y estrés extremo que merman la calidad de vida de quienes los viven. No hace falta una enfermedad del cuerpo para que a una persona le cueste desplegarse en plenitud.

Vivimos en una sociedad que mide el valor de cada individuo por lo que produce, por cuántas publicaciones felices comparte o por el poder que ejerce sobre otros. En un mundo así, la humanidad se va debilitando.

Oremos, pues, por la salud mental. Primero por la propia; luego por la de nuestros seres queridos, nuestros sacerdotes, pastores y terapeutas, y por quienes sirven en lo público. Un pueblo sano en todas sus aristas es un pueblo encaminado a la plenitud y a la abundancia.

Oración por la salud mental

Señor, tú que conoces lo que nadie ve,

mira a quienes hoy cargan un dolor sin nombre.

Sostén al niño que no sabe explicar su tristeza,

a la madre que sonríe mientras se agota,

al anciano que lleva décadas callando su herida.

Dales palabras cuando les falten,

y oídos atentos que no juzguen.

Danos la humildad de pedir ayuda

y la ternura de ofrecerla.

Cuida a quienes cuidan:

a nuestros sacerdotes, pastores y terapeutas,

a quienes sirven en lo público.

Que ninguno cargue solo lo que le confían.

Enséñanos a valer por lo que somos

y no por lo que producimos.

Sana lo que se rompió, acompaña lo que no tiene cura,

y haznos pueblo que se cuida.

Espíritu Santo, consuelo de los afligidos,

sé el descanso de quien ya no puede más.

Amén.

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