#sentipensares2026
Sumergirse para comenzar de nuevo
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Sumergirse para comenzar de nuevo
Queridas hermanas de camino. Nos reunimos hoy alrededor del agua y de la Palabra para recordar un gesto que, durante siglos, ha sido leído como algo secundario: el bautismo de Jesús en el Jordán. Muchas veces se ha dicho que fue solo un gesto de obediencia o el inicio formal de su vida pública. Sin embargo, cuando lo miramos con atención, descubrimos que se trata de un gesto profundamente subversivo.
Jesús no aparece enseñando ni bautizando. Aparece haciendo fila. Se coloca entre la gente sencilla, entre quienes cargan con el peso del pecado estructural, de la pobreza, de la exclusión religiosa y social. No se sitúa por encima ni se separa. Se sumerge en la realidad herida de su pueblo.
Desde una hermenéutica feminista, este detalle es decisivo. Jesús no inaugura su misión desde el poder, ni desde el privilegio, ni desde una autoridad legitimada por las instituciones religiosas. La comienza desde abajo: desde los cuerpos vulnerados, desde las vidas marcadas por la culpa impuesta, por el silencio forzado, por la obediencia exigida. Desde ahí y solo desde ahí comienza el Reino.
El bautismo de Juan no era un rito de pureza individual. Era un gesto profético de conversión colectiva, un llamado a cambiar de rumbo en una sociedad injusta. Juan es la voz que grita en el desierto, una voz incómoda que denuncia y prepara el camino para un Dios que ya está llegando. Hoy esa voz sigue resonando en mujeres que alzan la palabra contra la violencia, en madres que buscan a sus hijas e hijos, en defensoras del territorio, en comunidades empobrecidas que se niegan a aceptar la injusticia como destino.
Juan no utiliza agua estancada, sino el río Jordán, agua que fluye, que corre, que no se deja controlar. Las mujeres lo sabemos bien. El agua es vida cotidiana: sirve para cocinar, limpiar, cuidar, refrescar, sostener la vida. Es símbolo, sí, pero también experiencia corporal, trabajo invisible, resistencia diaria.
Juan no propone un lavado parcial. Propone una inmersión total del cuerpo: sumergirse para comenzar de nuevo. Por eso el bautismo es una sola vez: es una decisión radical. Ya no es cada quien se purifica a sí misma; es otra persona quien acompaña ese paso. Juan no se adueña del gesto: es mediación, es don. Y todo ocurre fuera del templo, al margen del control religioso. Para las autoridades, esto es un escándalo. Para quienes han sido excluidas, es una buena noticia.
Cuando Jesús llega al Jordán, el escenario es conmovedor. No hay escribas ni sacerdotes. Hay prostitutas, recaudadores, gente empobrecida, personas que reconocen que algo en su vida y en la sociedad necesita cambiar. Jesús, al aceptar ese bautismo, asume la crítica de Juan. Reconoce que el Reino de Dios no comienza con héroes solitarios, sino con pueblos que despiertan.
Aquí el feminismo nos permite ver algo más profundo: Jesús no “salva” desde fuera, sino que se deja afectar. Entra al agua renunciando a la imagen del mesías fuerte, dominante, incuestionable. Elige la vulnerabilidad como lugar teológico.
Y es precisamente ahí no en el templo, no en el sacrificio, no en la ley donde ocurre la experiencia de Dios. El cielo se abre y la voz no consagra jerarquías, sino relaciones:
“Tú eres mi Hijo amado”.
No se trata de poder, sino de vínculo. No de superioridad, sino de amor que reconoce. En una historia que ha negado la palabra, la autoridad y la experiencia espiritual de las mujeres y de tantos cuerpos disidentes, este momento es profundamente liberador: Dios no legitima funciones, afirma identidades.
El Espíritu la RUAH no desciende como control, sino como fuerza vital. No domestica, desborda. No manda callar, impulsa a hablar. No refuerza el miedo, despierta el deseo de vida plena.
Para Jesús, el bautismo es un punto de quiebre. No vuelve a Nazaret. Deja seguridades, familia, trabajo. Comparte con Juan la urgencia de despertar esperanza en un pueblo herido. Pero cuando Juan es silenciado por el poder y su proyecto parece fracasar, Jesús no abandona la esperanza: la radicaliza.
Comprende que el tiempo del desierto ha terminado. Ya no convoca a sumergirse en el agua, sino a sumergirse en la vida. Deja de bautizar y comienza a sanar. Cambia el lenguaje del juicio por el de la misericordia. Sustituye el ayuno por el banquete, el miedo por la confianza, la amenaza por la buena noticia.
Jesús anuncia que Dios no llega como juez, sino como Amigo de la vida. No se impone: invita. El perdón ya no requiere templo, sacrificios ni ritos de purificación. Se hace visible cuando se curan cuerpos heridos, cuando se toca a quienes nadie tocaba, cuando se abraza a las niñeces, cuando se devuelve dignidad a quienes fueron expulsadas de la mesa.
Desde una hermenéutica feminista, el bautismo se enlaza con las historias de tantas mujeres bíblicas: Agar junto al pozo, las parteras que desobedecen para salvar vidas, la mujer samaritana que habla de agua viva, la hemorroísa que toca y es sanada, María que canta un Dios que derriba poderes y levanta a las humilladas. Todas ellas saben lo que significa sumergirse para comenzar de nuevo.
Hoy, esta celebración nos interpela:
¿En qué aguas estamos sumergiendo nuestra fe?
¿En aguas estancadas de culpa, control y miedo,
o en ríos que fluyen hacia la justicia, el cuidado y la vida compartida?
Seguir a Jesús bautizado en el Jordán es atrevernos a desaprender privilegios, a escuchar las voces silenciadas, a comprometernos con las luchas concretas por la dignidad, especialmente de las mujeres y de quienes han sido expulsadas de la mesa religiosa.
Porque ahí en la vida cotidiana, en los cuerpos heridos, en la esperanza que no se rinde el cielo vuelve a abrirse y nos dice. ¡Tú eres mi hija amada!
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