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Las palabras tienen peso y densidad por sí mismas (aquello del sí, sí; no, no del Evangelio), pero nuestra tendencia suele ser la de inflarlas como globos a fuerza de añadidos por detrás o por delante: podría parecer que eminente, reverendo o ilustre son ya de por sí términos lo suficientemente graves y respetables como para no necesitar más complementos, pero nos gustan más convertidos en superlativos (eminentísimo, reverendísimo, ilustrísimo…), convencidos de que esos añadidos los revisten de mayor prestigio y predicamento. Y puestos a ello, ya que existen los archipiélagos y los archiduques, por qué no vamos a tener nosotros archidiócesis, archicofradías, arciprestazgos y archimandritas.
En este afán de pompa y circunstancia, vamos a contracorriente de algunos políticos que en sus congresos arengan a sus seguidores al despojo de la humildad, con la misma gallardía con que los Guardias Suizos enarbolan sus picas. También las marcas se suman a esta corriente y las que esgrimían antes la incorporación de vitaminas y minerales a sus productos, propagan ahora los beneficios inefables de todo lo SIN: sin gluten, sin alcohol, sin lactosa, sin colorantes, sin conservantes, sin grasa, sin azúcares añadidos... Posiblemente no lo pretendan, pero están en sorprendente coincidencia con los siiiiin de las recomendaciones que hacía Jesús a los suyos al enviarlos en misión: tenían que ir sin alforja, sin bastón, sin túnica de repuesto, sin dinero, sin otro par de sandalias.
“Solo hay una sola cosa necesaria” decía él, y por eso caminó entre nosotros sin un domicilio fijo donde reclinar la cabeza; sin barca ni cabalgadura propias para desplazarse; sin una parcela de su propiedad donde retirarse a rezar; sin un local particular para juntarse a cenar con sus amigos; sin la seguridad de una póliza de enterramiento por si le sorprendía la muerte.
Lo único necesario lo llevaba dentro y algo parecido, en talla minor, debía pasarle a Francisco de Asís: ninguno de los dos necesitaba añadiduras.
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