No es un reproche sino una felicitación: menos mal que eres como eres, así de incompleto y de averiado
Una cosa te falta
Historia reciente de un convento: a la hermana sacristana, ya anciana, ha empezado a ayudarle una empleada joven que trabaja en la casa. Como es de esperar, no tiene ni idea de los utensilios litúrgicos, se hace un lío con los nombres que les da la monja y no sabe qué le está pidiendo que traiga, prepare, ponga o guarde.
Menos mal que es muy espabilada y ha discurrido una solución: hace una foto con el móvil a cada utensilio o vestimenta de la sacristía y escribe, junto al nombre “oficial”, su propia descripción para aclararse.
Algunos ejemplos: Alba: bata. Roquete: camisón con puntillas. Casulla: abrigo. Cíngulo: cordón. Estola: corbata. Corporal: mantelito cuadrado. Purificador: pañito alargado. Cáliz: copa. Patena: plato. Credencia: mesita. Portaviático: cajita redonda. Incensario: braserito con cadenas para echar el humo. Acetre: cubo pequeño con asa. Hisopo: varita con bola y agujeros.
Le queda mucho por aprender a esta chica, y eso que ha tenido la suerte de que estén ya en desuso (y bien que les pesa a algunos…), la dalmática, la capa pluvial, el amito, el manípulo, el conopeo, el paño humeral…, a más de otras vestimentas y capisayos con sus diferentes botonaduras, ribetes, tonos y texturas.
Jesús, que iba por la vida sin túnica de repuesto, invitaba a mirar los lirios que no necesitaban revestirse de nada. Debía fascinarle esa belleza simple que superaba en gloria al esplendor de la corte de Salomón.
Cuánto nos queda por aprender también a nosotros.
Dolores Aleixandre 21RS Febrero 2017
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