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Estoy segura de que al novicio Jorge Maria Bergoglio le leyeron en su tiempo de formación el Ejercicio de Perfección y Virtudes Cristianas del P. Alonso Rodríguez SJ, un clásico en los noviciados preconciliares. A lo largo de densos capítulos y lenguaje del s. XVI, cada virtud era encomiada con enjundia y pesantez, pero al final aparecía esta frase para alivio de los oyentes: “Donde se confirma lo dicho con algunos ejemplos”. A veces nos hacían reír por lo inauditos y otras nos daban que pensar por su oportunidad e ingenio.
Algo así me ha pasado con la frase “Basta con abrir una rendija” de la meditación de Francisco que, por sí sola, tiene más densidad espiritual que cualquier capítulo del P. Rodríguez. Creo que la rendija se lo debe a estar emparentada con la mostaza, la levadura, la sal o el candil: si ella consigue que lo hermético se abra y lo impenetrable se vuelva transitable, es que posee esa misma secreta energía de transformación que empuja a crecer, levantar una masa, condimentar un alimento o iluminar la oscuridad.
Afirmar que “basta abrir una rendija”, supone también participar de la terca confianza de Jesús en el poder de lo pequeño frente a lo grandioso, de lo callado frente al griterío, de la mansedumbre frente a la dominación. Y ya tenemos melodía para irla silbando mientras caminamos hacia el “Plan para resucitar” de Francisco.
Ahora vienen los ejemplos para confirmar lo dicho y no hay que irse muy lejos porque, para experto en abrir rendijas, el propio Jesús:
En su encuentro con la cananea, fue él quien dejó abierta una rendija para los “perritos” y ella aprovechó (“el genio de las mujeres”), para colarse por ella y ensancharla. Y para cuando él quiso reaccionar, ya habíamos entrado en tropel los gentiles y no le quedaba ni rastro de sus argumentos algo ultras del principio.
Conclusión: lo de “abrir rendijas” funciona. Debe ser por la infalibilidad pontificia.
Dolores Aleixandre Vida Nueva, 16 Abril 2020
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