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No sé si ir a confesarme o empezar una terapia. El asunto es que hace tiempo me aqueja una rara modalidad de fotofobia , consistente en una resistencia casi patológica al visionado de fotos. Desde siempre me ha aburrido mirar tanto las propias como las ajenas, pero la llegada del móvil y sus efectos secundarios de cámara + galería incorporadas, acentúa mi problema hasta niveles alarmantes.
Si me llegan vía whatsap, y el clip-vigía me anuncia: “Precaución: ¡Fotos!”, la solución salvo raras excepciones, es un sencillo click de envío a la papelera; pero si la demanda de exhibición es en vivo y en directo (míralas-tú-misma-en-mi-móvil o te-va-a-encantar-verlas), me encuentro pillada entre el deseo de que no se moleste el demandante de visionado y el de ejercer esa asertividad que tanto se nos recomienda hoy.
Lo de no-me-he-traido-las-gafas no suele darme buen resultado porque, si el interlocutor/a es más o menos de mi edad, me ofrece las suyas y se me cierra esa vía de escape. Si las voy viendo a toda mecha sin preguntar por ej. : “¿Quién es la que está sentada en el suelo?”, “¿En qué restaurante estabais?” o “¿Qué tiempo tiene el bebé?”, el efecto suele ser contraproducente: mi evidente desgana provoca en el exhibidor una renovada solicitud por explicarme cada foto para que mi distracción no me prive de su disfrute.
Atrapada sin remedio en este frenesí de intercambios fotográficos y víctima del acoso “compártelo con tus amigos”, me agobio a veces pensando si esta apatía será pecaminosa, a pesar de que en general me gusta la gente y me interesan casi siempre sus historias, sus relatos, su conversación y su proximidad.
Una escena del evangelio (Mc 13,1-2 un poco amañado, eso sí), me tranquiliza bastante: “Le dijeron sus discípulos: - ‘Maestro, fíjate qué construcciones tan espectaculares’. Pero él, sin levantar los ojos del suelo, les dijo: -‘Paso de mirarlas, chicos: a todo ese tinglado le quedan tres telediarios’”. Y siguió jugando a las canicas con un grupo de niños.
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