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Por dos veces se lo recordaba Pablo a los de Corinto: “No os pertenecéis. Habéis sido comprados a un alto precio” (1Cor 6,20) “A un alto precio habéis sido comprados, no os convirtáis en esclavos” (1Cor 7,23).
El verbo está en pasiva para que los Corintios se enteren bien de que ellos no han hecho gran cosa: solo permanecer expuestos en la plaza del mercado y haber tenido la suerte de que apareciera un Comprador que, al descubrirlos, ha decidido hacer una inversión desmesurada y empeñar su propia vida en esa adquisición. La palabra “redentor” tomada del mercado de esclavos y desgastada hoy por el uso, vuelve a brillar si la cambiamos por comprador o inversor y si nos visualizamos a nosotros mismos llevando la etiqueta vendido/a. Hemos sido sellados como propiedad de Dios, no de Google, ni de Netflix, ni del Black Friday. Tenemos otro Dueño y esa buena noticia tiene consecuencias: ya no estamos a la venta, hemos quedado “fuera de mercado”:
Eso le pasó a Leví, el publicano, que vivía sentado a la mesa de sus transacciones (compro, vendo, reclamo, exijo…), sin imaginarse, ni de lejos, que Jesús iba a decidir invertir en él y considerarle una pieza que le interesaba adquirir (“- Pero ¿qué habrá visto el Maestro en semejante sinvergüenza?”, murmuraron los otros discípulos…”De otras cosas entenderá, pero en selección de personal, solo comete errores…”).
Pero Leví estaba ya fuera de aquel mercado que le había resultado antes tan lucrativo, se había sentado en la mesa de la gratuidad (entrego, regalo, no mido, no calculo…) y daba un banquete en su casa a sus colegas y otras gentes de mal vivir para que probaran junto a Jesús, a qué sabían la libertad y la amistad y la alegría. Aunque no cotizaran en bolsa.
Sobre el alto precio pagado – Su propia sangre-, la Pascua que se acerca nos da la oportunidad de entender algo de ese amor inexplicable y desmesurado que nos ha convertido en posesión suya.
21 RS, Enero 2022
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