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Algo está revolucionando hoy el mundo de relacional entre hombres y mujeres: muchas de ellas han decidido romper el silencio y sacudirse el peso de violencia con el que cargaban y se ha provocado un inesperado tsunami.
La situación me hace pensar en otra “revolución” femenina, la provocada en la Palestina del s. I por la inaudita novedad de la actitud de Jesús hacia las mujeres: por fin alguien las miraba de frente, las escuchaba, dialogaba con ellas, no rehuía su contacto, ni sus perfumes ni su afecto; hablaba del reino de Dios como de un espacio sin dominación, anulaba las pretensiones de superioridad masculina, no se interesaba por cuestiones de sexo o de pureza, actuaba con asombrosa libertad.
Ellas entonces comenzaron a comportarse de forma inesperada, dejando atrás los estereotipos establecidos: tomaban la palabra, decían lo que pensaban, intervenían, empujaban, insistían, realizaban gestos atrevidos y rompedores. María de Betania se sentaba a sus pies como discípula, algo prohibido a las mujeres; una pecadora irrumpía en un banquete al que no había sido invitada y le ungía llorando; una samaritana lo reconocía como Mesías y hablaba de él a todos; una mujer encorvada se enderezaba al contacto de sus manos; otra sorprendida en adulterio, volvía a su casa erguida y libre. Algunas se le acercaban buscando algo pero otras no pedían nada y lo ofrecían todo: su casa, sus bienes, su escucha, su presencia, sus perfumes, su fe sin condiciones.
No sabemos el alcance que tendrán movimientos como el #Me too. Lo incuestionable es que el iniciado por las mujeres del Evangelio sigue abierto para nosotros: es el camino de la cercanía y la proximidad con Jesús, el de fluir en un mutuo entendimiento, el de practicar una apasionada afinidad con su Evangelio.
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