No es un reproche sino una felicitación: menos mal que eres como eres, así de incompleto y de averiado
Una cosa te falta
No es un reproche sino una felicitación: menos mal que eres como eres, así de incompleto y de averiado
Qué majo chico, qué gusto verle venir hacia Jesús tan ágil, tan deportista, tan sano, tan educado, tan hakuna, tan alegre. Bueno, alegre no del todo, por culpa de esa insatisfacción fastidiosa que le gustaría superar, a ver si ese Maestro de tanta fama le ayuda a quitársela de encima.
Se dirige a él desde sus propias claves: qué debo hacer, cómo heredar, por qué si me paso la vida cumpliendo lo mandado, no estoy contento del todo. Antes de contestarle, Jesús se toma tiempo para abrazarle con la mirada, para hacerle sentirse aceptado y querido. Solo después, y en lugar de decirle por qué le ha caído tan bien, le sorprende con algo inquietante: te falta una cosa. Lo que me gusta de ti no es tu integridad, ni tu rectitud, ni tu condición de intachable, sino algo que se esconde debajo de tu apariencia: y es eso que te falta lo que hace que te haya tomado tanto cariño.
No es un reproche, es más bien una felicitación: menos mal que eres como eres, así de incompleto y de averiado, qué suerte la tuya por estar sintiendo esa brecha y ese vacío, por darte cuenta de que “algo no va bien” y por preguntarte: “¿Era esto lo que buscaba?”. Da la bienvenida a esa insatisfacción porque solo ella te empujará a moverte, a desear, a salir, a seguir inquieto.
No intentes reparar esa brecha, ni colmar esas carencias: se trata de soltar todo eso que te prometía una existencia sin sobresaltos: “vivir en regla”, “hacer lo de todos”, cumplir”… Si sales de ahí, ya no entenderás lo de “hasta aquí”, “un poco”, “suficiente”, “ya es bastante”: esas medidas se vuelven inútiles ante la relación sin orillas que te ofrezco y que puede encender tu vida y desbordarla.
La escena no acaba bien porque el chico echa cálculos: por un lado, el riesgo de seguir a un desconocido que no tiene donde reclinar la cabeza: por otro, la seguridad de “lo de siempre y sin pasarme”. Elige lo más sensato y se vuelve abrazado a su tristeza.
Ojalá se le presentara, lo mismo que a nosotros ahora, una Cuaresma que le invitara e a darse la vuelta, correr sin aliento hacia el Maestro y decirle: - “He sido un estúpido, perdóname. Gracias por esperarme. Voy contigo a donde sea”.
(Vida Religiosa, Marzo 2026)
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