Nos sentimos aludidos al escuchar en el Deuteronomio: “Mi padre fue un arameo errante…”
Erráticos
Nos sentimos aludidos al escuchar en el Deuteronomio: “Mi padre fue un arameo errante…”
Leo la noticia de que la mayoría de los norteamericanos cree que Trump se ha vuelto “errático” con la edad. Como soy mayor que él y mi comunidad también lo ha leído, las imagino atentas a mi comportamiento por si empiezo a presentar síntomas de conducta errática. Y no es por escurrir el bulto pero me parece que no son solo los años los causantes de ese tipo de conductas que, según la RAE, describen “lo que se mueve sin rumbo fijo”: pasa, sin ir más lejos, con los vaivenes meteorológicos y por eso sus caprichosos imprevistos ocupan más atención en los telediarios que los desvaríos de los políticos. A éstos se les nota una trayectoria bastante errática y tampocoa los obispos resulta siempre fácil pillarles el hilo de sus declaraciones.
Tenemos la disculpa de que las explicaciones que recibimos cuando hacemos preguntas, suelen ser confusas. Por poner algún ejemplo: por más que he tratado de que me expliquen por qué se llevan tan mal los chiitas y los sunitas, cuál fue la causa del apagón del año pasado o por qué sube y baja irracionalmente el precio del kilovatio de la luz, las respuestas que he recibido han sido bastante erráticas.
Me consuela pensar que, en realidad, esa condición la llevamos en el ADN porque pertenecemos a un colectivo que se siente aludido al escuchar en el Deuteronomio: “Mi padre fue un arameo errante…” (Dt 26,5). Y por eso nos conmueve mucho esta imagen de un salmo: “Tú que tienes presente mi vida errante, guarda mis lágrimas en tu odre” (Sal 56,9). Si nuestros antepasados invirtieran cuarenta erráticos años en recorrer el trecho que va del mar Rojo a la tierra de Canaan , no podemos esperar vivir mucho más orientados.
Leyendo el Evangelio da la impresión de que Jesús caminaba con bastante determinación y es sujeto de muchos verbos de movimiento: ir, llegar, marchar, atravesar, desembarcar, cruzar, salir, entrar, levantarse, seguir, recorrer… No solía caminar de forma errática, más bien parecía tener casi siempre un destino fijo en sus desplazamientos: “se retiró a Galilea” (Mc 4,12), “fue a Nazaret donde se había criado…” (Lc 4,16); “bajó a Cafarnaúm” (Lc 4,31); “volvió a Betania” (Mc 11,11), “camino de Jerusalén, recorría ciudades y aldeas…” (Lc 13,22).
A veces caminaba sin un destino programado y en ese espacio se producían encuentros decisivos: paseando al borde del mar vio a los que van a ser sus primeros discípulos (Mt 4,18); saliendo de Jericó va a encontrar a Zaqueo (Lc 18,35) y a Bartimeo (Mc 10,46); al entrar en una aldea le salen al encuentro diez leprosos (Lc 17,12).
A lo largo de sus años de vida itinerante solía ser él quien tomaba la iniciativa, pero eso acaba en los inicios de los relatos de la pasión: al final de la cena, cuando estaban a punto de salir hacia el huerto de los Olivos, anuncia a sus discípulos que algo va a afectar su camino: “Todos vosotros vais a tropezar esta noche por mi causa. Como está escrito: ‘heriré al pastor y se dispersarán las ovejas’…” (Mc 14,27). Se lo anuncia sin culpabilizarles ni regañarles, estaba ya más que acostumbrado a su inconsistente fragilidad.
Era consciente de que su trayectoria vital iba a interrumpirse y de que iba a acabar herido y derribado. “El Hijo del hombre se va…”: el verbo griego hypago evoca el caminar de alguien que ya no es dueño de sus destino sino que camina bajo la autoridad de otro. Por eso en la Pasión los verbos de movimiento están todos en pasiva: “lo condujeron” (Mc 14,53), “lo llevaron” (Mt 27,2), “lo ataron y lo condujeron” (Mc 15,1)”, “lo sacaron” (Mt 27,31), “lo descolgaron, lo envolvieron, lo depositaron” (Lc 23,53).
En su anuncio de la cena había dicho a los suyos que iban a convertirse en un rebaño disperso y errático, pero que podían contar con su promesa de que, cuando él fuera de nuevo puesto en pie, iría delante de ellos a Galilea. Les ofrecía la seguridad de que la iniciativa volvería a ser suya y les citaba en el lugar donde había empezado todo entre ellos.
Allí les esperaba y allí se reunieron con él. No había perdido sus hábitos de caminante, ni tampoco el de ponerse delante a la hora de afrontar el peligro y defender a costa de su propia vida la de sus amigos.
Por eso, más que nunca en esta Pascua, marcada por lo errático y trágico de nuestro mundo, necesitamos el silbo del Pastor que nos sigue citando en Galilea.
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