Me gustas cuando callas
“Como él era tan santo, cada palabra que le decíamos le abría a él una nueva puerta”. Lo escribía una carmelita de Beas hablando de san Juan de la Cruz y leerlo me ha dejado muy descolocada al ver lo lejísimos que estoy de esa actitud de “apertura de puertas” que acoge novedad en los decires ajenos. Qué inquietante el poder de esa metáfora para cuestionar las suficiencias que bloquean el intercambio franco entre iguales.
Pero yendo más allá de la conversión personal, me parece asombroso cómo se estaba adelantando el santo a ese talante sinodal de conversación espiritual que ahora tratamos de aprender. Lo sorprendente y novedoso del tipo de santidad de aquel “medio fraile” como le llamaba Teresa, consistía en que, más allá de predicar y enfervorizar a aquellas monjas, lo que hacía era escucharlas dispuesto a aprender de lo que decían. Sin rastro de la costumbre clerical de hablar de arriba abajo y con ese tono de paternal condescendencia que adopta quien se siente por encima de un colectivo de inferiores.
Ya sé que no hay que medir el pasado con la sensibilidad de hoy, pero la realidad es que, si me pongo a hacer memoria de la infinidad de prédicas, sermones, homilías, ejercicios, retiros, conferencias, consejos, advertencias o amonestaciones escuchadas a lo largo de mi vida, solo en contadas ocasiones he detectado invitaciones al intercambio recíproco, interés por lo que yo podía pensar o disposición al mutuo aprendizaje.
Ya sé que sigue siendo difícil: hay demasiadas bisagras necesitadas de aceite y a muchos les crujen las suyas al tener que sentarse en círculo y escuchar, después de tanto tiempo presidiendo y disponiendo de la palabra. Y también hay demasiadas voces silenciadas, por atrofia de las cuerdas vocales por falta de uso, o porque resulta más cómodo seguir en silencio.
“Me gustas cuando callas”, decía Neruda dirigiéndose a una mujer. Qué dichosa ventura cuando podamos intercambiarlo en doble dirección dentro de la Iglesia.
(Vida Nueva, Mayo 2026)