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Heroísmos y acrobacias

Hay tiempos que piden malabarismos de flexibilidad

El álbum de familia de cada una de nuestras congregaciones está lleno de nombres de gente excepcional: ahí está sor Albertina, en primera línea sanitaria cuando la crisis de ébola; fray Rosendo, si moverse de Ruanda durante el genocidio; sor Crescencia y sor Candelaria, más de 30 años entre los aborígenes de Nueva Zelanda; fray Fortunato, expulsado de Nicaragua por visitar prisioneros; sor Bernardina, trabajando desde joven en una leprosería de Tanzania… Otros muchos han vivido formas de heroísmo menos llamativas pero dignas de admiración: fray Evaristo,  a pie de fogón del convento  durante décadas; sor Higinia, enseñando animosamente matemáticas a adolescentes insufribles; sor Domitila, con incansable dedicación a paralíticos cerebrales; fray Matías, haciendo milagros con las maltrechas finanzas de su provincia…

Para muchos ha llegado la hora de volver de tierras lejanas, salir de su comunidad de inserción, abandonar el despacho, soltar la cocina o las llaves del coche, aceptar que sea un laico/a quien le reemplace. Llegan advertencias intempestivas: “necesitas apoyo”, “ya no tienes fuerzas para esta tarea”, “¿no va siendo hora de que prepares tu relevo?”, “en una residencia vas a estar mejor…”

Finalizado el tiempo de las gestas heroicas, llega el tiempo de la acrobacia: adaptarse a un ritmo lento, vencer la vergüenza de necesitar bastón o absorbente, aceptar la compañía del andador, renunciar al control de las pastillas, recibir la visita de doña Desmemoria y don Despiste…

Como siempre, volver a lo de “fijos los ojos en Jesús”: “Su libre donación- son palabras de Von Balthasar - es ‘hasta el fin’ (Jn 13,1), y el fin adonde llega su enérgica disposición es dejarse disponer y ser efectivamente dispuesto. La pasividad de la pasión es la expresión de una voluntad de entrega sumamente activa, que sobrepasa las fronteras de la autodeterminación y se convierte en un dejarse-determinar puro y sin límites”.

Habrá quien se resista, refunfuñe y opte por vivir con enfado la última etapa de la vida. Pero otros han decidido dejarse disponer con unos malabarismos de flexibilidad, que ya los quisieran para sí los acróbatas del Circo del Sol.

(Vida Religiosa,  Octubre 2026)

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