Comentario a las lecturas del domingo 24º A
"perdónanos como perdonamos"
Oración en medio del Covid
Eduardo de la Serna
Una vez, después de encontrarme con “M”, golpeada por su pareja, amenazada y aterrada, me preguntaba a mí mismo, ¿cómo puede “M” rezar?
Era, además, una continuidad y profundización de la pregunta, anterior en el tiempo, acerca de cómo puede rezar el o la que se levanta a las 4-5 de la mañana para salir a trabajar, viajar hacinado/a, ser maltratado/a por el patrón o empleador, cuando no acosado/a, y volver a su casa donde les hijes lo esperan con esto del colegio, que un compañero le pegó, que aquello del barrio, que la hija tiene un atraso, o el hijo no puede salir de la droga. ¿Cómo puede rezar?
Y eso contrasta con el cura, el religioso o la religiosa que serenamente puede entrar en oración y tiene tiempo para “rezar”. Casi pareciera que “por eso” al cura y a les religioses “Dios los escucha”, porque están “más cerca de Dios”.
Y lo primero que recordaba es que la Biblia no duda en repetir una y varias veces que Dios “escucha el clamor”. El clamor es el grito que nace del dolor, de los capataces y sus látigos, de la sangre del hermano asesinado, de la violencia… Me imagino que “M” en su llanto dirá “¡Ay, Dios!” y estoy convencido que ese grito es más escuchado por Dios que la oración mejor hecha, bien formulada y más estructurada de curas y monjas, como la mía. No digo que no sea buena esta, no digo que no sirva, no digo que no sea oración… digo que Dios se conmueve visceralmente ante el grito del dolor, y no puede (no que no sepa, no que no quiera, ¡no puede!) permanecer indiferente ante el “ay” de M, o de todo un pueblo.
Y relacionaba esto con las iglesias cerradas, y los que reclaman que se abran para rezar… Porque una comunidad abierta para la celebración comunitaria de la Eucaristía es una cosa (una cosa ciertamente deseable mañana pero inconveniente por ahora), y otra es el reclamo de un espacio abierto para rezar. Jesús hablaba (o Mateo, para ser más exactos) de encerrarse en lo secreto de tu aposento (Mt 6,6). No hace falta un lugar especial (menos aun un lugar sagrado) para el encuentro personal con Dios. No dejo de recordar, además, a Esteban, que es lo suficientemente escandalizador como para decir “Dios no está en el templo” hecho “por manos humanas” (no dice “Dios no está solamente en el Templo” sino “no está allí”; cf. Hch 7,48). Y, entonces, me viene la doble pregunta:
Mientras tanto, en un barrio atestado por el covid-19, “rodeados”, preocupados, creo que nuestra oración debería parecerse más al “ay” de “M” que a la liturgia bien preparada, organizada y pulcra; todo lo cual que me hace formularme la pregunta dolorosa: ¿qué Dios sería ese al que estamos rezando? El Dios de la Biblia parece bastante ajeno a todo eso.
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