15 de septiembre: Nuestra Señora de los Dolores

Nuestra Señora de los Dolores
Nuestra Señora de los Dolores

La festividad de la “Madre Dolorosa”, o simplemente “La Dolorosa”, data del siglo XI y trata de conmemorar el sufrimiento de María en los angustiosos episodios que jalonan la vida de una madre que vivió por y para el Hijo.

A través de los evangelistas sabemos que la Madre de Dios fue protagonista de escenas desgarradoras y éste es el momento de reflexionar sobre ellas, con lágrimas en los ojos y con el corazón abierto.

En un principio se rindió culto a los cinco episodios angustiosos de María, que estaban representados por la profecía de Simeón, la huida a Egipto, la pérdida de Jesús en el Templo, el encuentro con Jesús camino del calvario y el seguimiento en vivo y en directo de la crucifixión en la Cruz de su Hijo Amado, a los que posteriormente se unirían dos más: el descendimiento de la cruz y el Santo Entierro, hasta completar el total de los siete dolores de Ntra. Señora, que como siete espadas atravesarían su sagrado corazón de madre y que han venido siendo, bien en su conjunto o por separado, objeto de una singular devoción popular y fuente de inspiradas creaciones artísticas, como “La Dolorosa” de Cristóbal de Villalpando en pintura o “La Pieta” de Miguel Ángel en escultura. Por lo que respecta a la música, el tema de “La Dolorosa” ha sido uno de los más prolíferos, siendo innumerables los compositores de primera línea que nos han dejado obras inolvidables, entre las que cabe señalar “Stabat Mater” deSarlatti, Pergolesi, y de Rossini, sin olvidarnos de la Zarzuela titulada “La Dolorosa” del maestro Serrano.

No es casual que esta festividad se celebre el 15 de septiembre, al día siguiente de la Exaltación de la Cruz. Con ello, lo que pretende la renovación litúrgica posconciliar, es establecer una relación mística entre los sufrimientos del Hijo y de la Madre. La festividad de Cristo Doliente y Ntra. Señora de las Angustias deberían ir juntas, para dar a entender que ambas forman parte de la obra redentora de la humanidad.

El camino de amargura de la Virgen-Madre comienza con la profecía del anciano Simeón en el templo de Jerusalén. Sus palabras, envueltas en un insondable misterio, eran lo suficientemente explícitas como para sembrar en su interior una angustiosa pesadilla, que le acompañaría toda la vida. Es como si a cualquiera de nosotros, en una de esas visitas rutinarias al médico, se nos anunciara que somos portares de un virus maligno, que de forma irremediable nos va a detrozar, convirtiendo nuestra existencia en algo insufrible. A María se le anuncia que una espada de dolor traspasará su alma. ¿Que habrá de suceder, cómo, cuándo, por qué? En un instante su espíritu queda sumergido en un tenebroso mar de incertidumbres.

Sin tiempo para recuperarse de este profundo shock, la joven madre ve peligrar la vida de su hijito y tiene que huir precipitadamente a Egipto, un viaje largo y peligroso, sin medios y sin recursos, expuesto a cualquier desgeacia. Una aventura arriesgada, que nadie podía estar seguro de que si acabara bien. Solo la confianza en Dios podía ser la estrella capaz de

conducir a la Sagrada Familia a buen puerto, pero la travesía hubo que hacerla y no fue nada fácil, igual que no lo fue tampoco su estancia en un país desconocido y posiblemente hostil.

El tercer sobresalto de María tuvo lugar cuando Jesús era ya un adolescente de 12 años. Fue entonces cuando se produjo lo que se conoce como la pérdida del niño Jesús, hallado en el templo. Tres días duró esta desaparición, en la que cada instante que pasaba parecía un siglo. Los más tétricos fantasmas atormentaron la mente de María, pensando qué es lo que le podía haber pasado al hijito salido de sus entrañas. Se necesita ser madre y haber pasado por este trance para poder dimensionar en su justa medida la angustia de su acongojado corazón. El suceso debió alcanzar límites de paroxismo, a juzgar por el reproche que María le dirige a Jesús. ¿Como has podido hacernos esto a tu padre y a mí? ¿Acaso no sabías que te estábamos buscando? En estas palabras se adivina un cierto desasosiego, aunque la bendita Virgen de Nazaret nunca llegara a perder la calma y paz interiores.

Los cuatro dolores restantes de Ntra. Señora, están íntimamente unidos a la pasión de Cristo. María desolada y afligida, recorre paso a paso la vía dolorosa, transida de dolor, sin desfallecer. Juan José Lorente, bellamente lo supo expresar en estos versos:

“Flor de azucena

que ha perdido el color

y en su pecho, lacerado,

se han clavado

las espinas del dolor.

Su cuerpo vacilante

se dobla al peso de la pena

pero sigue adelante…

Divina estrella

Sobre la huella

del humano dolor

Triste camina, camina llorosa

La madre dolorosa

Del Redentor “

El encuentro con su hijo camino del Calvario debió de ser un momento especialmente emotivo y desgarrador. Una despedida silenciosa, donde tan solo hubo un cruce de miradas penetrantes, ante las que los sentimientos más íntimos afloraron y se fusionaron sin mediar palabra alguna.

Ver como crucifican a un hijo debe ser uno de los peores suplicios para una madre. María pasó por este trago amargo, sin que nadie haya sido capaz, ni lo será nunca, de imaginar su infinita tristeza y lo más asombra del caso es la entereza con que lo soportó todo. Silenciosa, orando y de pie, siguió todo el proceso sin desmayo alguno. “Stabat Mater dolorosa juxta crucem lacrimosa dum pendebat Filius”. Quiero pensar que en medió de su inmenso dolor experimentaría un aliviador consuelo, en el momento en que Cristo, clavando sus ojos en ella, la proclamaba Madre de toda la humanidad y de este modo poder sentir la dicha de ser Corredentora junto a Él.

Por fin llegó el momento en que el Crucificado pronunció su última palabra: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” y acto seguido expiró; el drama del Gólgota se había consumado. Descansa dulcemente mi Jesús, miembros abatidos y descoyuntados, descansad dulcemente, felices tus ojos que se cierran al fin. La Madre Dolorosa espera ansiosa recibir en su regazo al Hijo yacente y entre sollozos se pregunta ¿Quién apagó la radiante luz de tu mirada? ¿Quién selló tus labios, de donde salían a borbotones palabras de vida eterna? ¿Quién mató a la vida? Que sea Ella, nadie más que Ella quien, con suave ternura cierre sus ojos, quien llene de caricias su rostro ensangrentado, rebosante de oprobios y escupitajos, quien con piadosa compasión lave con sus benditas lágrimas las llagas de su sagrado cuerpo.

Reflexión, a modo de súplica:

Madre de Piedad, que el recuerdo de tus “Siete Dolores” sea el consuelo de las conciencias atormentadas y sirva de ejemplo a los corazones afligidos. Cuando nos llegue el momento de partir, estate a nuestro lado y no te separes de nosotros. Bendita y alabada sea la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo, benditos tus dolores y lágrimas, dulcísima Madre; que sean ellos los que nos ayuden en el trance final.

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