Un santo para cada día: 8 de julio Sta. Priscila (Mujer perteneciente a la primitiva comunidad cristiana de Corinto. Ejemplo de hospitalidad )

Catacumba de Priscila
Catacumba de Priscila

Nos encontramos en la Roma del emperador Claudio a mediados del siglo I, la semilla del cristianismo había comenzado a esparcirse por diversas provincias del Imperio. Eran tiempos de relativa calma, en los que judíos y cristianos venían a ser una misma cosa, hasta el punto de que gozaban de los mismos derechos y deberes estatales; ambas religiones podían ejercer libremente sus actos litúrgicos y estaban exentos de rendir culto a los dioses paganos y al emperador. Todo iba razonablemente bien hasta que en el seno de la Comunidad Judía en Roma comenzaron a surgir discrepancias y enfrentamientos, motivados por las diferencias mantenidas entre los grupos referentes al tema del mesianismo.  Fue entonces cuando el emperador Claudio temió que esto fuera a más y llegara a alterar la paz general, por lo que pensó que lo mejor sería expulsar de Roma a todos los judíos, al menos por un tiempo, hasta que se serenaran los ánimos y así lo sancionó en un decreto del año 49, noticia de la que se hace eco el historiador Suetonio, cuando dice “expulsó de Roma a los judíos, pues provocaban desórdenes a causa de Cresto (entiéndase Cristo)”

Por este tiempo vivían en Roma un tal Aquila procedente de Anatolia, la actual Turquía, que se dedicaba a tejer tiendas de campaña y su esposa Priscila, conocida también con el diminutivo de Prisca, de nacionalidad romana y emparentada con un senador romano llamado Caio; se supone que en casa de este matrimonio es donde se hospedaba el apóstol Pedro. De pronto Aquila y Priscila se ven forzados a tener que salir de Roma, puesto que ellos, aunque no eran judíos sino cristianos, el decreto de Claudio les afectaba por entero, ya que unos y otros estaban metidos en el mismo saco.  En definitiva, que decidieron irse a Corinto.

 Allí el joven matrimonio tuvo que rehacer su vida y abrirse camino como buenamente pudieron, dentro de una gran ciudad  emplazada entre Oriente y Occidente con todo tipo de construcciones: teatros, templos, academias, anfiteatros, donde convivían hombres y mujeres de razas distintas; había que acostumbrarse pues a vivir con  gentes de mentalidades y lenguas bien diversas, lo bueno del caso es que en esta ciudad estaba pujante la industria del tejido y ello ofrecía oportunidades a Aquila, que conocía bien este oficio y  pudo aprovecharlo para montar un negocio próspero por cuenta propia. 

 Debidamente instalados, un día se presenta en su casa un forastero procedente de Atenas que llegaba abatido.  El personaje en cuestión lo recordaría posteriormente en sus epístolas diciendo: “me he presentado ante vosotros débil, y con temor y mucho temblor”. Priscila le recibió con gozo en su casa y no solo le dio hospitalidad, sino que le dio trabajo en el negocio de su marido, porque Pablo de Tarso era un experto en estos menesteres. Fácil es imaginar cuál sería el tema de conversaciones en la casa de Priscila, en las largas horas de trabajo y de descanso, con el tiempo dicha mansión se convertiría en un lugar de reunión (Ecclesia).

Sabemos que, en una ocasión, cuando estaban metidos en plena faena laboral, allá por el año 50, se presentaron en casa de Priscila dos varones para hablar con Pablo, eran Timoteo y Silas, trayendo malas noticias: los cristianos estaban siendo objeto de persecución en Tesalónica; esto disgustó enormemente a Pablo, que inmediatamente se dispone a escribirles una epístola para reconfortarles en su fe.  La casa de Priscila se fue convirtiendo en centro de concentración de estos primeros cristianos, a los que ella atendía solícitamente y se involucraba en sus asuntos. Las conversiones y los bautismos de personajes relevantes iban siendo cada vez más numerosas, Tercio, Ticino, Estéfanas, etc.  y con ellos gente de toda condición, hombres, mujeres, pobres, ricos… Una vez puesta en marcha, la Comunidad Cristiana en Corinto, hacia el año 52, Pablo vio la necesidad de partir a Éfeso y Priscila junto con su marido, Timoteo y Silas, deciden acompañarle en el viaje. 

 Después de una penosa travesía llegaron a Éfeso y allí se establecieron. Pablo no pasaría aquí mucho tiempo, pronto le vemos viajar a Siria; en cambio Prisca permanecería aquí una larga temporada, durante la cual tuvo ocasión de conocer a Apolo, diminutivo de Apolonio, hombre conocedor de las Escrituras, con él que entabló cierta amistad y tanto ella como su marido se esforzaron en darle a conocer que Jesús era el Cristo. Apolo tardó poco tiempo en abrirse a los misterios de la fe en Jesucristo y pidió el bautismo. Cuando Prisca se enteró que su amigo se disponía a viajar a Corinto le faltó tiempo para recomendarle a las Comunidades Cristianas de esta región, que le recibieron con los brazos abiertos, porque era un hombre de excepcional valía.  Por lo que se refiere al ejemplar matrimonio muy probablemente, al menos Prisca pudo regresar a Roma, donde seguramente murió.   

 Reflexión desde el contexto actual:

Benedicto XVI nos anima a expresar nuestra gratitud a estos primeros cristianos laicos, como Priscila y Aquila, pues gracias a su compromiso apostólico, el cristianismo ha llegado hasta nosotros. Se mire por donde se mire, estos primeros cristianos laicos representan el humus de la fe. Hemos podido ver cómo la casa de esta cristiana ejemplar se convirtió en una pequeña iglesia, lugar acogedor, donde reinaba el más auténtico sentido cristiano y esto no dejará nunca de ser edificante. Hay que volver a esos tiempos de los primeros cristianos en los que todos vivían como una gran familia. 

Volver arriba