El jesuita español Benjamín González Buelta es un hombre de sabiduría serena. Un ser de luz, si se me permite la expresión.
En Santiago de los Caballeros habita un místico y poeta español
El jesuita español Benjamín González Buelta es un hombre de sabiduría serena. Un ser de luz, si se me permite la expresión.
En La Edad de Oro, de José Martí, hay un relato titulado Los tres héroes que comienza con la imagen de un viajero que, recién llegado a Caracas y sin quitarse el polvo del camino, se dirige a contemplar la estatua de Simón Bolívar. Parafraseando esa escena, diría que todo amante de la escritura espiritual que pase por Santiago de los Caballeros debería hacer algo similar: buscar al jesuita Benjamín González Buelta. Allí encontrará a un poeta místico y a un hombre de sabiduría serena. Un ser de luz, si se me permite la expresión.
Benja —como le llaman quienes le conocen de cerca— no escribe poesía por oficio, sino por espiritualidad. Acude a ella cuando el lenguaje habitual ya no alcanza para nombrar la experiencia. Entonces emerge otra palabra: “más simbólica, más abierta, más capaz de rozar lo inefable”. Lo conocí en Cuba, durante la presentación de uno de sus libros, y todavía me sorprende la sencillez que habita en alguien leído por miles de personas en el mundo.
Su modo de estar es contemplativo. Camina la realidad sin estridencias, como quien no necesita hacerse notar para comprender. Sostiene que no es necesario abrazar la fama para sentir el pulso de la vocación, allí donde los deseos más hondos se encuentran con las necesidades de los otros. Esa “mística de los ojos abiertos” que propone no es teoría: lo ha llevado a insertarse en barrios, a escuchar en silencio, a aprender desde dentro. A pintar en palabras el lienzo de esos lugares donde Dios le sale al encuentro.
Sobre su escritura, afirma: “no pretendo hacer una poesía muy elaborada, que respeto y leo con gusto, pero que pocas personas pueden entender. Me inspiro en la poesía de los salmos y en los libros sapienciales de la Biblia. Algunos textos tienen mayor densidad poética; otros son más mistagógicos. Al expresar esta dimensión profunda, la vida cotidiana se ilumina. Uno siente que roza algo que no es banal ni perecedero”.
En un mundo atravesado por fracturas, su voz propone un horizonte distinto: “a pesar de todas las fisuras, existe una profundidad desde la que todo puede rehacerse. La dimensión más honda del ser humano permanece abierta al Espíritu de Dios, que ama este mundo con un amor indestructible y una imaginación inagotable. A Dios no se le ha ido el mundo de las manos”.
“Desde ahí —añade— nace tanto la indignación frente a los abusos como la posibilidad de imaginar caminos nuevos. Porque ese Espíritu no actúa solo en las personas, sino también en las culturas, alentando toda búsqueda de utopías posibles que dignifiquen la vida y cuiden la creación”. Ojalá este artículo anime a otros a leerle, les aseguro, disfrutarán cada palabra.
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