"No es tiempo de rendirse", dice el Papa, que pide a los obispos no actuar nunca "sin el mundo" Francisco trata de sacudir el desánimo de la Iglesia en Portugal: "Reavivemos la inquietud por el Evangelio, no conviertan la Iglesia en una aduana"

Francisco, en su encuentro con los miembros de la Iglesia en Portugal
Francisco, en su encuentro con los miembros de la Iglesia en Portugal RD/Captura

"Se acentúa por la desilusión y la rabia que algunos alimentan en relación a la Iglesia, en algunos casos por nuestro mal testimonio y por los escándalos que han desfigurado su rostro, y que llaman a una purificación humilde y constante, partiendo del grito de dolor de las víctimas, que siempre han de ser acogidas y escuchadas"

"No es tiempo de detenerse y rendirse, de amarrar la barca en tierra o de mirar atrás; no debemos evadir este tiempo porque nos da miedo y refugiarnos en formas y estilos del pasado"

"También nosotros estamos llamados a sumergir nuestras redes en el tiempo en que vivimos, a dialogar con todos, a hacer comprensible el Evangelio, aun cuando para hacerlo podamos correr el riesgo de alguna tormenta"

"Si no hay diálogo, corresponsabilidad y participación, la Iglesia envejece. Quisiera decirlo así: jamás un obispo sin su presbiterio y el Pueblo de Dios; jamás un sacerdote sin sus compañeros; y todos unidos como Iglesia —sacerdotes, religiosas, religiosos y fieles laicos—, nunca sin los otros, sin el mundo. Sin mundanidad, pero no sin el mundo"

Inyección de esperanza a una Iglesia con la tentación de caer en "las redes de la resignación y del pesimismo". Eso fue lo que esta tarde trató de inocular el papa Francisco en su encuentro para el rezo de las vísperas, en el emblemático Monasterio de los Jerónimos, con los obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados y consagradas, seminaristas y agentes de pastoral, muy consciente de que "en nuestro camino eclesial, podemos experimentar un cansancio -'temo al cansancio de los buenos', improvisó- cuando nos parece que entre las manos sólo tenemos redes vacías", un sentimiento "bastante difundido en los países de antigua tradición cristiana, afectados por muchos cambios sociales y culturales, y cada vez más marcados por el secularismo, por la indiferencia hacia Dios y por un creciente distanciamiento de la práctica de la fe".

Un desánimo -prosiguió en otro discurso lleno de calado, tras el interpelante ofrecido a las autoridades a mediodía- que "a menudo se acentúa por la desilusión y la rabia que algunos alimentan en relación a la Iglesia, en algunos casos por nuestro mal testimonio y por los escándalos que han desfigurado su rostro, y que llaman a una purificación humilde y constante, partiendo del grito de dolor de las víctimas, que siempre han de ser acogidas y escuchadas".

Reconoció Francisco algo que a nadie se le escapa: "Lo que vivimos es ciertamente un tiempo difícil", pero puso delante de los presentes lo que "el Señor hoy pregunta a esta Iglesia": “¿Quieres bajar de la barca y hundirte en la desilusión, o dejarme subir y permitir que sea una vez más la novedad de mi Palabra la que lleve el timón? ¿Te conformas sólo con el pasado que tienes detrás o te atreves a echar nuevamente con entusiasmo las redes para la pesca?”.

Encuentro del Papa con los representantes de la Iglesia en Portugal en los Jerónimos
Encuentro del Papa con los representantes de la Iglesia en Portugal en los Jerónimos RD/Captura

Y la respuesta a esta pregunta, continuó Francisco, es que "lo que nos pide el Señor" es "que reavivemos la inquietud por el Evangelio. Y podemos decir que esta es la inquietud 'buena' que la inmensidad del océano les entrega a ustedes portugueses: ir más allá de la orilla, no para conquistar el mundo, sino para animarlo con la consolación y la alegría del Evangelio".

"No refugiarnos en estilos del pasado"

Por ello, el Papa invitó a la Iglesia lusa a "echar de nuevo las redes y abrazar al mundo", porque "no es tiempo de detenerse y rendirse, de amarrar la barca en tierra o de mirar atrás; no debemos evadir este tiempo porque nos da miedo y refugiarnos en formas y estilos del pasado. No, este es el tiempo de gracia que el Señor nos da para aventurarnos en el mar de la evangelización y de la misión".

Pero, para ello, les alentó a "tomar decisiones", y él les ofreció tres "inspiradas en el Evangelio": la primera, la de 'remar mar adentro'; la segunda la de tener una 'pastoral conjunta', y la tercera, la de 'ser pescadores de hombres'.

Asistentes al rezo de vísperas con Francisco en los Jerónimos de Portugal
Asistentes al rezo de vísperas con Francisco en los Jerónimos de Portugal RD/Captura

Y para ese navegar mar adentro yechar nuevamente las redes al mar, "es necesario dejar la orilla de las desilusiones y del inmovilismo, tomar distancia de esa tristeza dulzona y de ese cinismo irónico que nos asaltan frente a las dificultades. Es necesario hacerlo para pasar del derrotismo a la fe", dijo ante los representantes de las principales instituciones eclesiales del país.

Contra la pastoral de la nostalgia y los lamentos

Entonces, añadió, se supera la tentación de llevar adelante una “pastoral de la nostalgia y de los lamentos y se tiene la valentía de navegar mar adentro, sin ideologías y sin mundanidad, animados por un único deseo: que el Evangelio llegue a todos", porque "también nosotros estamos llamados a sumergir nuestras redes en el tiempo en que vivimos, a dialogar con todos, a hacer comprensible el Evangelio, aun cuando para hacerlo podamos correr el riesgo de alguna tormenta".

Pero también en la Iglesia, advirtió, "tiene que haber lugar para todos: todos los bautizados están llamados a subir en ella y a echar las redes" -'que la Iglesia no sea un aduana para seleccionar quienes entran, sino todos, todos, todos', enfatizó Francisco, improvisando-, especialmente en los contextos en que los sacerdotes y los consagrados están cansados porque, mientras las exigencias pastorales aumentan, ellos son cada vez menos", lo que es "una ocasión para involucrar, con impulso fraterno y sana creatividad pastoral, a los laicos", señaló Francisco, en una reivindicación de la Iglesia sinodal en su deseo de "una segunda decisión", la de "llevar adelante juntos la pastoral".

Interior del Monasterio de los Jerónimos, en Portugal
Interior del Monasterio de los Jerónimos, en Portugal RD/Captura

En este sentido, afirmó el Papa, "si no hay diálogo, corresponsabilidad y participación, la Iglesia envejece. Quisiera decirlo así: jamás un obispo sin su presbiterio y el Pueblo de Dios; jamás un sacerdote sin sus compañeros; y todos unidos como Iglesia—sacerdotes, religiosas, religiosos y fieles laicos—, nunca sin los otros, sin el mundo. Sin mundanidad, pero no sin el mundo", enfatizó Francisco. 

Finalmente, sobre la "tercera decisión", la de "ser pescadores de hombres", les exhortó a navegar por encima de "la incertidumbre", para sumergirse en el mar de hoy, de este mundo "sin señalar con el dedo, sino llevando a las personas de nuestro tiempo una propuesta de vida nueva, la de Jesús: llevar la acogida del Evangelio a una sociedad multicultural; llevar la cercanía del Padre a las situaciones de precariedad y de pobreza que aumentan, sobre todo entre los jóvenes; llevar el amor de Cristo allí donde la familia es frágil y las relaciones están heridas; transmitir la alegría del Espíritu allí donde reinan la desmoralización y el fatalismo".

Ornelas, presidente del Episcopado luso, dirigió unas palabras  al Papa
Ornelas, presidente del Episcopado luso, dirigió unas palabras al Papa RD/Captura

Toda una declaración de intenciones para una Iglesia que pasa -como la de toda Europa- por tiempos de tribulación, noqueada por una secularización que la castiga donde más le duele -con la indiferencia- y ante la que ha de bajar la mirada, avergonzada y timorata, por los casos de abusos, que también la laceran allí.

Frente a todo ello, con los nuevos pertrechos que les ofreció el Papa a quienes rigen la Iglesia lusa, les brindó también, finalmente, un motivo contundente para volver a hacerse a la mar: "¡Soñamos la Iglesia portuguesa como un “puerto seguro” para quienes afrontan las travesías, los naufragios y las tormentas de la vida!". Y una última y encaracida petición: "No tengan miedo a echar las redes y no conviertan la Iglesia en una aduana".

Obispos de Portugal
Obispos de Portugal RD/Captura

HOMILÍA DEL SANTO PADRE

Vísperas con los obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados y consagradas, seminaristas y agentes pastorales

Lisboa, Monasterio de los Jerónimos, 2 de agosto de 2023

Queridos hermanos obispos,

queridos sacerdotes y diáconos, consagradas, consagrados y seminaristas,

queridos agentes pastorales, hermanos y hermanas: Boa tarde!

Me siento feliz de estar entre ustedes para vivir junto a tantos jóvenes la Jornada Mundial de la Juventud, pero también para compartir vuestro camino eclesial, vuestros cansancios y esperanzas. Agradezco a Mons. José Ornelas Carvalho las palabras que me ha dirigido; deseo rezar con ustedes para que, como ha dicho, podamos ser, junto con los jóvenes, audaces en abrazar “el sueño de Dios y encontrar caminos para una participación alegre, generosa y transformadora, para la Iglesia y la humanidad”.

Me rodea la belleza de este país, tierra de paso entre el pasado y el futuro, lugar de antiguas tradiciones y de grandes cambios, adornado por valles exuberantes y playas doradas que se asoman a la hermosura sin límites del océano, que bordea Portugal. Esto me evoca el entorno de la llamada de Jesús a los primeros discípulos, a orillas del mar de Galilea. Quisiera detenerme en esta llamada, que pone de manifiesto lo que acabamos de escuchar en la Lectura breve de Vísperas: el Señor nos ha salvado y nos ha llamado no por nuestras obras, sino por su gracia (cf. 2 Tm 1,9). Esto sucedió en la vida de los primeros discípulos cuando Jesús, pasando, «vio dos barcas junto a la orilla del lago; los pescadores habían bajado y estaban lavando las redes» (Lc 5,2). Entonces Jesús subió a la barca de Simón y, después de haber hablado a la multitud, cambió la vida de aquellos pescadores invitándolos a remar mar adentro y a echar las redes. Vemos inmediatamente un contraste: por una parte, los pescadores bajan de la barca para lavar las redes, es decir, para limpiarlas, conservarlas bien y volver a casa; por otra parte, Jesús sube a la barca e invita a echar de nuevo las redes para la pesca. Resaltan las diferencias: los discípulos bajan, Jesús sube; ellos quieren guardar las redes, Él quiere que se echen nuevamente al mar para la pesca.

 En primer lugar, están los pescadores que bajan de la barca para lavar las redes. Esta es la escena que se presenta ante los ojos de Jesús y Él se detiene precisamente allí. Hacía poco que había comenzado su predicación en la sinagoga de Nazaret, pero sus compatriotas lo habían empujado fuera de la ciudad e incluso habían intentado matarlo (cf. Lc 4,28-30). Entonces Él salió del lugar sagrado y comenzó a predicar la Palabra entre la gente, en las calles donde las mujeres y los hombres de su tiempo se afanaban cada día. A Cristo lo que le interesa es llevar la cercanía de Dios precisamente a los lugares y las situaciones donde las personas viven, luchan, esperan, a veces teniendo entre las manos fracasos y frustraciones, justamente como esos pescadores que durante la noche no habían sacado nada. Jesús mira con ternura a Simón y a sus compañeros que, cansados y amargados, lavan sus redes, realizando un gesto repetitivo, pero también lleno de fatiga y resignación: no quedaba más que volver a casa con las manos vacías.

A veces, en nuestro camino eclesial, podemos experimentar un cansancio similar, cuando nos parece que entre las manos sólo tenemos redes vacías. Es un sentimiento bastante difundido en los países de antigua tradición cristiana, afectados por muchos cambios sociales y culturales, y cada vez más marcados por el secularismo, por la indiferencia hacia Dios y por un creciente distanciamiento de la práctica de la fe. Y esto a menudo se acentúa por la desilusión y la rabia que algunos alimentan en relación a la Iglesia, en algunos casos por nuestro mal testimonio y por los escándalos que han desfigurado su rostro, y que llaman a una purificación humilde y constante, partiendo del grito de dolor de las víctimas, que siempre han de ser acogidas y escuchadas. Pero, cuando uno se siente desanimado, el riesgo es bajar de la barca y quedar atrapados en las redes de la resignación y del pesimismo. En cambio, confiemos en que Jesús continúa tendiendo la mano y sosteniendo a su amada Esposa. Por eso, llevemos al Señor nuestras fatigas y nuestras lágrimas, para poder afrontar las situaciones pastorales y espirituales, dialogando entre nosotros con apertura de corazón para experimentar nuevos caminos a seguir.

En efecto, apenas los apóstoles bajan a lavar los instrumentos utilizados, Jesús sube a la barca y luego los invita a echar nuevamente las redes. Él viene a buscarnos en nuestras soledades y en nuestras crisis para ayudarnos a recomenzar. También hoy pasa por las orillas de la existencia para reavivar la esperanza y decirnos también a nosotros, como a Simón y a los otros: «Navega mar adentro, y echen las redes» (Lc 5,4). Hermanos y hermanas, lo que vivimos es ciertamente un tiempo difícil, pero el Señor hoy pregunta a esta Iglesia: “¿Quieres bajar de la barca y hundirte en la desilusión, o dejarme subir y permitir que sea una vez más la novedad de mi Palabra la que lleve el timón? ¿Te conformas sólo con el pasado que tienes detrás o te atreves a echar nuevamente con entusiasmo las redes para la pesca?”. Esto es lo que nos pide el Señor: que reavivemos la inquietud por el Evangelio. Y podemos decir que esta es la inquietud “buena” que la inmensidad del océano les entrega a ustedes portugueses: ir más allá de la orilla, no para conquistar el mundo, sino para animarlo con la consolación y la alegría del Evangelio. En esta óptica se pueden leer las palabras de uno de sus grandes misioneros, el Padre António Vieira, llamado “Paiaçu”, padre grande. Él decía que Dios les ha dado una pequeña tierra para nacer; pero, haciéndolos asomarse al océano, les ha dado el mundo entero para morir: «Para nacer, poca tierra; para morir, toda la tierra; para nacer, Portugal; para morir, el mundo» (A. Vieira, Homilías, Vol. III, Tomo VII, Porto 1959, p. 69). Echar de nuevo las redes y abrazar al mundo con la esperanza del Evangelio: ¡a esto estamos llamados! No es tiempo de detenerse y rendirse, de amarrar la barca en tierra o de mirar atrás; no debemos evadir este tiempo porque nos da miedo y refugiarnos en formas y estilos del pasado. No, este es el tiempo de gracia que el Señor nos da para aventurarnos en el mar de la evangelización y de la misión.

Pero, para poder hacerlo, también necesitamos tomar decisiones. Quisiera indicarles tres de ellas, inspiradas en el Evangelio.

En primer lugar, navegar mar adentro. Para echar nuevamente las redes al mar, es necesario dejar la orilla de las desilusiones y del inmovilismo, tomar distancia de esa tristeza dulzona y de ese cinismo irónico que nos asaltan frente a las dificultades. Es necesario hacerlo para pasar del derrotismo a la fe, como Simón que, aun habiendo trabajado en vano toda la noche, afirmó: «Si tú lo dices, echaré las redes» (Lc 5,5). Pero, para confiar cada día en el Señor y en su Palabra, no son suficientes las palabras, se necesita mucha oración. Sólo en adoración, sólo ante el Señor se recuperan el gusto y la pasión por la evangelización. Entonces se supera la tentación de llevar adelante una “pastoral de la nostalgia y de los lamentos” y se tiene la valentía de navegar mar adentro, sin ideologías y sin mundanidad, animados por un único deseo: que el Evangelio llegue a todos. Ustedes tienen muchos ejemplos en este camino y, visto que estamos rodeados de jóvenes, quisiera recordar a un joven de Lisboa, san Juan de Brito, que hace siglos, en medio de muchas dificultades, partió hacia la India y empezó a hablar y a vestirse del mismo modo de los que encontraba con tal de anunciar a Jesús. También nosotros estamos llamados a sumergir nuestras redes en el tiempo en que vivimos, a dialogar con todos, a hacer comprensible el Evangelio, aun cuando para hacerlo podamos correr el riesgo de alguna tormenta. Como los jóvenes que vienen aquí de todo el mundo para desafiar las olas gigantes de Nazaré, también nosotros vayamos mar adentro sin miedo; no tengamos miedo de afrontar el mar abierto, porque en medio de la tormenta y de los vientos contrarios, Jesús viene a nuestro encuentro y nos dice: «Tranquilícense, soy yo; no teman» (Mt 14,27).

Una segunda decisión: llevar adelante juntos la pastoral. En el texto Jesús confía a Pedro la tarea de navegar mar adentro, pero después habla en plural, diciendo «echen las redes» (Lc 5,4). Pedro guía la barca, pero en la barca están todos y todos están llamados a echar las redes. Y cuando recogen una gran cantidad de peces, no creen que puedan hacerlo solos, no administran el don como posesión y propiedad privada, sino que —dice el Evangelio— «hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que fueran a ayudarlos» (Lc 5,7). Así llenaron dos barcas, no una. Uno significa soledad, cerrazón, pretensión de autosuficiencia, dos significa relación. La Iglesia es sinodal, es comunión, ayuda recíproca, camino común. A esto tiende el Sínodo en curso, que tendrá su primer momento asambleario en el próximo mes de octubre. En la barca de la Iglesiatiene que haber lugar para todos: todos los bautizados están llamados a subir en ella y a echar las redes, comprometiéndose personalmente en el anuncio del Evangelio. Es un gran desafío, especialmente en los contextos en que los sacerdotes y los consagrados están cansados porque, mientras las exigencias pastorales aumentan, ellos son cada vez menos. Sin embargo, en esta situación podemos ver una ocasión para involucrar, con impulso fraterno y sana creatividad pastoral, a los laicos. Las redes de los primeros discípulos, entonces, se convierten en una imagen de la Iglesia, que es una “red de relaciones” humanas, espirituales y pastorales. Si no hay diálogo, corresponsabilidad y participación, la Iglesia envejece. Quisiera decirlo así: jamás un obispo sin su presbiterio y el Pueblo de Dios; jamás un sacerdote sin sus compañeros; y todos unidos como Iglesia—sacerdotes, religiosas, religiosos y fieles laicos—, nunca sin los otros, sin el mundo. Sin mundanidad, pero no sin el mundo. En la Iglesia nos ayudamos, nos sostenemos mutuamente y estamos llamados a difundir también fuera un clima constructivo de fraternidad. Por otra parte, san Pedro escribe que somos las piedras vivas empleadas para la construcción de un edificio espiritual (cf. 1 P 2,5). Quisiera agregar: ustedes fieles portugueses son también una “calçada”, son las piedras valiosas de ese suelo acogedor y resplandeciente sobre el cual el Evangelio necesita caminar; ni una piedra puede faltar, de lo contrario se nota inmediatamente. ¡Esta es la Iglesia que, con la ayuda de Dios, estamos llamados a construir!   

Por último, la tercera decisión: ser pescadores de hombres. Jesús confía a los discípulos la misión de navegar en el mar del mundo. Con frecuencia el mar, en la Escritura, está asociado al lugar del mal y de las fuerzas desfavorables que los hombres no logran dominar. Por eso, pescar personas y sacarlas del agua significa ayudarlas a salir del abismo donde se habían hundido, salvarlas del mal que amenaza con ahogarlas, resucitarlas de toda forma de muerte. El Evangelio, en efecto, es un anuncio de vida en el mar de la muerte, de libertad en los torbellinos de la esclavitud, de luz en el abismo de las tinieblas. Como afirma san Ambrosio, «los instrumentos de la pesca apostólica son como las redes; en efecto, las redes no causan la muerte del que queda atrapado, sino que lo guardan con vida, lo sacan de los abismos a la luz» (Exp. Luc. IV, 68-79). Hay muchos abismos en la sociedad de hoy, también aquí en Portugal. Tenemos la sensación de que falta el entusiasmo, la valentía de soñar, la fuerza de afrontar los desafíos, la confianza en el futuro; y, mientras tanto, navegamos en la incertidumbre, en la precariedad económica, en la pobreza de amistad social, en la falta de esperanza. A nosotros, como Iglesia, se nos ha confiado la tarea de sumergirnos en las aguas de este mar echando la red del Evangelio, sin señalar con el dedo, sino llevando a las personas de nuestro tiempo una propuesta de vida nueva, la de Jesús: llevar la acogida del Evangelio a una sociedad multicultural; llevar la cercanía del Padre a las situaciones de precariedad y de pobreza que aumentan, sobre todo entre los jóvenes; llevar el amor de Cristo allí donde la familia es frágil y las relaciones están heridas; transmitir la alegría del Espíritu allí donde reinan la desmoralización y el fatalismo. Uno de vuestros poetas escribió: «Para llegar al infinito, y creo que se puede llegar allí, es preciso que tengamos un puerto, uno sólo, firme, y partir de él hacia lo Indefinido» (F. Pessoa, Livro do Desassossego,Lisboa 1998, 247). ¡Soñamos la Iglesia portuguesa como un “puerto seguro” para quienes afrontan las travesías, los naufragios y las tormentas de la vida!

Les agradezco de corazón, hermanos y hermanas, vuestra escucha; les agradezco todo lo que hacen, vuestro ejemplo y constancia. Muito obrigado! Y los encomiendo a la Virgen de Fátima, a la custodia del ángel de Portugal y a la protección de sus grandes santos; especialmente, aquí en Lisboa, de san Antonio, apóstol incansable, predicador inspirado, discípulo del Evangelio atento a los males de la sociedad y lleno de compasión por los pobres; que interceda por ustedes y les alcance la alegría de una nueva pesca milagrosa. Y, por favor, no se olviden de rezar por mí.

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